Una noche cualquiera, en la mágica y misteriosa Buenos Aires, un Astor Piazzolla de seis voces y mil recursos reconstruye su vida al compás de esa música que de tan intrépida y desafiante se hizo inmortal. El escenario del Teatro Colón es el ambiente ideal para la redención definitiva de una obra que se animó a desafiar al presente para diseñar un futuro en permanente construcción, con los riesgos que eso implica. “Yo no cambio el tango, lo hago crecer”, dice en un momento, cansado de los ataques y los desprecios, conocedor de su talento y dispuesto a hacerse escuchar a pesar de todo.
La frase sintetiza la vida, la obra y el pensamiento de Astor Piazzolla y es una muestra acabada de esa mezcla de militancia y obstinación sostenida en el tiempo. Y de alguna manera acompaña cada paso de Astor, Piazzolla Eterno, el musical de manufactura artesanal y resultado for export, que brilla en el Teatro Colón y que aporta una aproximación tan fiel como disruptiva a uno de los artistas más importantes de la historia argentina. Una puerta de entrada a su obra extraordinaria y un paseo por nombres esenciales como Carlos Gardel, Aníbal Troilo, Amelita Baltar y Horacio Ferrer.
Para abordar la vida y la obra de un mito con infinitas aristas posibles, la coproducción del Teatro Colón con RGB, la productora de Gustavo Yankelevich, destinó el trabajo en tres cabezas independientes que pusieron su conocimiento y espíritu colectivo al servicio del producto final. La puesta en escena y dirección es de Emiliano Dionisi, la dirección musical de Nicolás Guerschberg y la dirección artística de Tato Fernández. En charla con Teleshow, los directores desandan este camino de relojería desde aquellas charlas en la que todo estaba por hacerse hasta el orgullo de ver la obra ya realizada, en el escenario más emblemático de la cultura argentina y que recibió aplausos y elogios del público y la bendición de la familia del bandoneonista.

Cada uno llegó a la obra de Piazzolla por caminos diferentes y eso también empieza a explicar la dinámica del espectáculo. Emiliano se impregnó de su música como ocurre con los clásicos: “Lo conocí de manera casi inconsciente, es como Romeo y Julieta, hasta el que no la leyó más o menos sabe de qué se trata. Después, el tango me llega por mi viejo, que le gustaba mucho Julio Sosa. Y ya en lo laboral, soy diplomado en Artes del Circo, en la Universidad San Martín, y la música de Piazzolla se utiliza mucho para el circo contemporáneo, porque es una música muy teatral, con mucho corazón y con mucho desarrollo”, explica.
En cambio, para Nicolás se volvió casi una obsesión en su carrera de músico, sea como intérprete, estudioso o arreglador. Giró por el mundo con el Quinteto Astor Piazzolla y hace 27 años formó Escalandrum con Pipi Piazzolla, uno de los nietos de Astor, el sexteto de jazz que entre tantas vertientes recrea a su manera la obra del genio. “Todo eso me acercó a Astor de diferentes maneras, desde su obra hasta su vida y su familia, y me convertí en una especie de devoto de este gran hombre”.
Responsable de la puesta de Rocky, uno de los tanques del musical por estos días, y de fenómenos pop como Nicki Nicole y Bizarrap, Tato Rodríguez completa este improvisado cómo conocí a Piazzolla y, sin ponerse de acuerdo con sus compañeros, ofrece una tercera posición. “La primera vez fue escuché algo de Piazzolla fue en el cine, cuando fui a ver 12 monos. Escuché ‘Suite Punta del Este’ y me voló la cabeza. Era adolescente, es lo que más me acuerdo de la peli, y eso que es excelente”. En resumen, tres diferentes maneras de acercarse al hombre y al mito. Un aperitivo ideal para adentrarnos en la cocina del show que se presenta en el Colón de Buenos Aires hasta el 16 de febrero.

—¿De quién fue la idea de que haya un Piazzolla coral y no un intérprete único?
Emiliano: Estamos en la era de las biopics, y no quería imaginarme a un actor que hiciera de Piazzolla, con el bandoneón. Me propuse ser muy fiel a la personalidad de Astor que era un artista que todo el tiempo subvertía lo que se esperaba de él. Entonces, en vez de un Piazzolla hay seis cantantes que son Piazzollas, pero también dos bailarines que son Piazzollas y la orquesta entera es Piazzolla. Y me animo a decirte que el espacio es Piazzolla, esa propuesta para meterse en la cabeza de una persona que vibra con la música. La escenografía se mueve como si fuesen partituras musicales y todo vibra en el entorno piazzolliano. No podíamos hacer un espectáculo de Piazzolla sin sorprender, sin ir por donde nadie se lo esperaba.
Nicolás: Todo eso es de Emiliano, que hizo grandes obras y esto no hace más que confirmar su talento. Es un placer para mí estar trabajando con él desde el comienzo y fue muy hermoso cómo se dio todo de manera muy fluida. A él se le ocurrió esta manera tan original y única de contarlo, y yo me subí a este barco hermoso, con todas las puertas abiertas para proponer desde la música.
Tato: Emi tenía la propuesta del libro armado y sobre esa idea del multi Astor, armamos un no espacio, esa especie de exterior que puede ser un patio, o un café o la calle. Y lo mismo con la idea de usar una pantalla para generar ideas de lugares, no caer en la típica foto de la estatua de la libertad para hablar de Nueva York, sino más bien jugar con los recuerdos y el imaginario que rodea a las grandes ciudades. Como esas cúpulas locas y toda esa onda art decó que tiene Buenos Aires.

—¿El formato de musical surgió en esa construcción o venía de antes?
Emiliano: Siempre estuvo la idea del relato, y a partir de ahí hay un texto que naturalmente iba a tener música, porque estamos hablando de un músico con una creación extraordinaria. Por consecuencia, y por ese engranaje, cuando la gente lo ve, lo considera un espectáculo de teatro musical. Hay mucho prejuicio en pensar el teatro musical como esa cosa medio burlesque o de revista y entretenimiento, cuando puede ser un arma poderosísima, narrativa, absolutamente emotiva o despampanante. Y, sobre todo, cuando estamos narrando la historia de un tipo que su música te lleva a lugares tan extraordinarios.
—¿Cómo se trabajó para condensar una vida como la de Piazzolla en una hora y media de función?
Emiliano: Sabía de entrada que tenía que hacer un trabajo de condensación. Es la vida entera de una persona que además ha tenido una vida de momentos maravillosos, momentos más duros, momentos de pelearla y momentos de tocar el cielo con las manos. Y eso sin contar su música, que tiene una producción impresionante. En esa condensación sentíamos que estaba lo esencial para un relato que le resulte conmovedor y honesto para aquel que conoce a Piazzolla y que sea un viaje disfrutable para los que no saben tanto de su vida. En ese equilibrio estuvimos, con el suficiente arco emocional para que entres en la historia, te comprometas con ese personaje, llegues a lo más alto y a lugares también dolorosos y emotivos y fuertes.
Nicolás: No se sabe exactamente, pero dicen que tiene más de dos mil obras escritas, es una barbaridad. Desde lo musical, nos centramos en ciertas obras cumbres, representativas, que tengan cierta repercusión, no solamente los grandes hits, sino otras que van acompañando el cuento.

—Nicolás, más allá de los amplios márgenes que supone el sello del artista, venías interpretando a Piazzolla en formatos más convencionales.
Nicolás—Sí, y fue un gran desafío, porque ya de entrada no iba a ser un concierto, había algo diferente en lo teatral, lo musical y la puesta. Y es muy emocionante vivir cada día esta experiencia, hacer dos funciones diarias es fuerte, física, intelectual, emocionalmente, pero es una maratón hermosa. Y te vas con esos aplausos de un Colón colmado, el homenaje tan hermoso a esta figura que amamos y admiramos tanto. Todo eso te deja el espíritu lleno para encararlo el otro día.
—Es muy interesante cómo se cuentan y se cantan, todos los movimientos que hay en la vida de Piazzolla. Inmigraciones, desarraigos, exilios…
Emiliano: Yo de lo que estoy muy orgulloso es que casi sin darnos cuenta, no solo pusimos en escena la obra de un tipo extraordinario en su quehacer musical, sino que ponemos en un escenario como el Colón, que es sinónimo de validación en la Argentina, a un tipo que sufrió mucho el rechazo, que lo acusaron de ser “el asesino del tango”, que le dieron la espalda. Un tipo que cambió la forma de sonar de un país y al que le costó tanto validarlo, lo hace una especie de antihéroe perfecto para este escenario. Y eso me fascina.
—Cómo dialogan la música y la puesta en general con esa escenografía que sugiere más de lo que muestra, que no avasalla en ningún momento, aun en un ambiente tan imponente como es el Colón.
Emiliano: Fue hermoso el trabajo en colaboración con cada una de las áreas, la música, el sonido, el diseño del sonido, las imágenes, la iluminación, el vestuario, la coreografía, nunca nadie quiso invadir ni ponerse por delante del otro. Y sabíamos que teníamos que construir un espacio evocativo y onírico, y que se transformara como si realmente estuviésemos viendo la conciencia de una persona y no un espacio físico real. Y en esa conciencia aparecen espacios que se sugieren, que parecen conocidos, que cambian de color, que cambian de lógica, que se deforman o desaparecen. Yo estoy muy contento que hayamos logrado esta sintonía evocativa de un tipo que escribía al futuro.

Tato: Y también la idea de que las visuales se muevan con lógica de maquinaria teatral, tenemos creo que solo dos fundidos en toda la obra, el resto sucede a través de un elevador que se lo lleva o de un telón que se corre. Creo que nunca se había puesto una pantalla en el Colón, y esto de ser locos y disruptivos en un espacio como este, acostumbrado a las puestas descomunales, tiene que ver con la obra de Piazzolla también. El desafío era dialogar con la sala pero sin tanta escenografía, poner a los actores y músicos lo más adelante posible y que estén cerca de la gente, y jugar con las pantallas.
—Tato, cómo hiciste para administrar los recursos escénicos y no caer en la tentación de la tecnología?
Tato: Las visuales las hice yo mismo, es todo artesanal con la idea de que nade pase por encima de la música, pero sí que dialogue y aporte. No es un concierto, por eso quise armar un imaginario a la altura de la música de Piazzolla, por eso esa pantalla gigante, que no tiene principio de fin y que si la mirás de arriba, hasta tiene una curva y contracurva que se asemeja al bandoneón.
—Venimos hablando de una persona artísticamente revolucionaria, que rompía estructuras y forzaba límites todo el tiempo sobre quien paradójicamente se fue gestando cierto fundamentalismo alrededor de su figura. ¿Tuvieron esto en mente a la hora de pensar el espectáculo?
Tato: Así como a él le decían que era el asesino del tango, capaz algunos nos pueden decir a nosotros que somos asesinos de Piazzolla (risas). Es lo que nos vibró, y lo hicimos con mucho respeto, cuidado y amor.

Nicolás: En cualquier espectáculo va a haber gente que va a estar a favor y otra no. El caso de Piazzolla es un caso de un artista enorme, muy representativo, que vivió una vida de lucha y rechazo hasta que llegó la aceptación. Y todo esto es parte del juego a la hora de encarar un proyecto así. De todos modos, yo creo que lo que nosotros podemos hacer como artistas y como devotos de nuestro trabajo y de la obra de este genio, es hacerlo de la mejor manera, poder plasmar todo el esfuerzo y toda la ambición y el amor que le pusimos. Después, por supuesto, las repercusiones son inevitables, y eso quiere decir que realmente estamos haciendo algo. Si no, nos quedamos en nuestra casa
Emiliano: Podríamos haber tomado un camino más fácil y hacer un homenaje mucho más conservador, tocando sus temas y contando su historia, pero todos sentíamos de corazón que teníamos que ser muy honestos con el tipo de artista que estamos evocando, con un tipo que siempre se corría de lo esperado. Es más arriesgado, pero también es más genuino y tiene más corazón.
—¿Para vos, Nicolás, significó algo particular por estar más ligado a su obra, incluso a su familia?
Nicolás: No hubo incertidumbre ni miedo, pero sí compromiso para darlo todo y poder realmente representar esto de la mejor manera. Traté de estar muy atento a que la música represente lo que Emiliano quería decir. Y después, como director musical, seleccionar a un grupo que responda.
—Cuál fue la reacción de Pipi al ver el trabajo?
Nicolás: Yo tengo una amistad, una hermandad con Pipi y los muchachos de Escalandrum, hace 27 años que estamos juntos. Él supo antes que yo que lo iba a dirigir, y me dice “Escuchame, boludo, hacelo bien, ¿eh?, que te voy a matar”, esas cosas lindas de la amistad, pero siempre apoyando. Y cuando lo vio me dijo: “Es muy bueno lo que están haciendo. Estoy feliz. Mi abuelo estaría orgulloso, mi viejo también”. Vino Laura Escalada, la esposa de Astor, su nieto Daniel Villaflor Piazzolla, Pipi con su familia, mucha gente relacionada al entorno Piazzolla, y recibimos un apoyo muy lindo de toda la gente que lo quiere a Astor. Y eso, obviamente es un espaldarazo, porque es toda gente querida, y me da más fuerza para seguir trabajando.

Emiliano: Amelita Baltar vino al estreno, me enteré después porque si no me hubiese agarrado un infarto. Si bien no se la imita en ningún momento, obviamente aparece en la historia desde la voz. Y me dijo: “Es la primera vez que desde la butaca me puedo ver en el escenario”. Y es hermoso porque no se la imita, no se hace una caracterización, y que ella se haya sentido representada significa que dimos con una tecla evocativa que funciona.
—No se la nombra a Amelita, eso también fue una decisión?
Emiliano: Es que el espectáculo es evocativo, por eso Astor es todo en el escenario, es el espacio, es el movimiento, es cómo se derrama la luz, son los músicos, es la respiración de un bandoneón. Nosotros buscamos evocar un personaje, y para eso no tenés que imitarlo.
Nicolás: Es algo vivo, que está presente, y uno se siente realmente parte de este viaje hermoso que es Astor Piazzolla eterno. De este clásico que se impuso como uno de los grandes compositores del mundo y tiró la pelota del tango y de la música argentina y de Buenos Aires para adelante. Que tenía la ilusión, parafraseando a Discépolo, que se lo escuche en el 3000 también.

—¿Creen que él fue consciente de eso? ¿Llegó a verlo?
Nicolás: No sé si se imaginaba tanto, porque realmente Astor luchó y llegó a ver la punta del iceberg de su reconocimiento, de su fama, pero se ha convertido en un músico planetario, con una obra y una influencia enormes.
—Jugando con esta idea de futuro que atraviesa su obra, ¿Qué estaría haciendo Astor en el contexto de la música actual?
NG: Haciendo música nueva. De hecho, siempre hablamos con músicos amigos de que él no paró nunca. En el final de su vida estaba escribiendo una ópera basada en Gardel, tenía encargos de orquestas, de cuartetos de cuerdas… Tenía mucha música, estaba en su apogeo y bueno, lamentablemente a veces la vida juega esas cuestiones. Y a él se lo avisaron un año antes, que si seguía tocando arriesgaba su vida. “Yo me voy a subir al escenario hasta el último día”, les dijo. Y así fue.
*Astor, Piazzolla Eterno: hasta el 16 de febrero en el Teatro Colón: Emiliano Dionisi: autor, puesta en escena y dirección. Nicolás Guerschberg: arreglos y dirección musical. Tato Fernández: dirección artística
Cantantes: Natalia Cociuffo, Federico Llambí, Belén Pasqualini, Rodrigo Pedreira, Nacho Pérez Cortés, Alejandra Perlusky
Bailarines: Alejandro Andrian, Victoria Rosario Galoto
Orquesta: Alejandro Guerschberg (bandoneón) Lucio Balduini (guitarra eléctrica) Serdar Geldymuradov (violín) Sara Ryan (violín) Paula Pomeraniec (violoncello) Daniel Falasca (contrabajo) Francisco Huici (Multi instrumento y efectos) Nicolás Guerschberg (piano y dirección)