
En un tablero lleno de pantallas, una torre de libros. Una librería grande, bien grande: una megalibrería. Se inaugurará a fines del mes de mayo, el día 28, en Montevideo, Uruguay. Las expectativas son altas por varios factores. El primero, el más inmediato: una apuesta por hacer negocios con el viejo objeto libro cuando la vida se digitaliza. El segundo, la magnitud: seiscientos cincuenta metros distribuidos en dos pisos dentro de un edificio (el edificio Pablo Ferrando) que es grado cuatro a nivel patrimonial. El tercero, los capitales: el grupo italiano Feltrinelli desembarca en América Latina.
Empezó con un rumor. Desde España, alguien comentó que el grupo quería invertir en la zona. Fue luego de comprar Anagrama. “Me había gustado que Anagrama no le vendiera ni a Planeta ni a Random. Entonces, dije: algo debe tener”, dice Pablo Braun del otro lado del teléfono, acaba de bajar del Buquebús. Braun, fundador de Eterna Cadencia y del Filba, mecenas de la literatura argentina, eslabón perdido de la aristocracia argentina, es uno de los socios. Lo acompañan dos libreros uruguayos: Alejandro Lagazeta, socio de Braun en Escaramuza, y Juan Castillo, propietario de Puro Verso.
Ahí, donde va a abrir la nueva librería, funcionó durante quince años Más Puro Verso, pero “agarró dos años de COVID, sin vuelos, sin transporte, sin turismo, con locales cerrados, después vino la crisis de Argentina que hizo que esté muy caro Uruguay para los argentinos… estaba de salida”, cuenta Lagazeta. Con el celular en la mano, bajo el sol montevideano, el librero de 45 años, dueño de Librería La Lupa y Criatura Editora, sostiene que “cerrar una librería para abrir un local de cosas de hogar o de ropa era una pérdida muy significativa. Queríamos recuperarlo en una dimensión internacional”.

En febrero del año pasado se encontraron con Carlo Feltrinelli, presidente del grupo, y Alessandra Carra, la CEO. Tienen más de ciento veinte librerías, diez editoriales y una historia a cuestas. Giangiacomo Feltrinelli fundó en 1954 la casa editorial que se convirtió en este gran emporio, pero también un guerrillero comunista, comandante del GAP (Gruppi d’Azione Partigiana), principal agente castrista en Europa según la CIA. Fue el primer editor de El doctor Zhivago de Boris Pasternak y el que publicó El Gatopardo de Giuseppe di Lampedusa. Su hijo Carlo lo narra en la biografía Senior Service.
“El edificio es patrimonial grado cuatro, que es el máximo para edificios privados en Uruguay”, dice Alejandro Lagazeta. “Tiene el ascensor en funcionamiento más viejo del Uruguay. Tiene un vitreo precioso. Se recupera un reloj antiguo. Tiene barómetro, una escalinata de mármol impresionante. Todo eso fue recuperación patrimonial. Y además se le agregó accesibilidad para que sea más inclusiva”, agrega. También tendrá buena gastronomía y una nutrida programación de actividades culturales: “hoy por hoy las librerías que funcionan mezclan eso para asegurar circulación, encuentro, intercambios”.
Va a llevar el nombre original. Sobre la peatonal Sarandí de la Ciudad Vieja, estará el cartel de Feltrinelli. Y eso es llamativo porque las librerías que el grupo tiene en Italia se llaman así, pero las demás, en España por ejemplo, son La Central. “Es la primera Feltrinelli fuera de Italia”, dice Braun, y agrega: “Más allá de que sean un grupo, mantienen ese costado bohemio. No son empresarios duros y puros que lo único que les interesa es vender libros. Tienen aprecio por los buenos libros, son lectores. Esto está buenísimo, me dije cuando los conocí”. Esa misma noche brindaron con whisky.

“La librería es preciosa”, dice Braun. “Si no hubiera estado Feltrinelli, a mí me entusiasmaba igual. De hecho, los Feltrinelli se sumaron un poco después. Yo ya había tomado la decisión de hacerme a cargo de la librería con mi socio. Me entusiasmó abrir una librería en un lugar icónico de Uruguay, en un lugar bellísimo”. Cuenta Lagazeta que “Montevideo tiene seis shoppings nomás. Son un montón, pero hace diez años había dos. Y en cada shopping hay tres librerías, y después hay calles enteras donde una calle tiene veinte librerías. El ecosistema de librerías funciona”.
“Montevideo tiene una escala muy humana que te permite el diálogo”, dice Lagazeta y Braun parecer acordar: “Es una ciudad calma, tranquila, ordenada. La izquierda y la derecha no se odian. Uruguay es un país que no tiene petróleo, ni altitud de montaña, la tierra es pura piedra, son tres millones viviendo ahí y uno y medio afuera… Y sin embargo, conversando con los pibes, no te digo que les va superbién, pero les va. Se puede charlar en Uruguay con alguien que piensa distinto. Acá, en Buenos Aires, y exagero, solo se puede hablar con la gente que piensa como vos”.

“Hay un escenario global por las plataformas tanto de entretenimiento como comerciales que están destrozando al comerciante. Eso es una tónica del sur y supongo que Europa también”, dice Lagazeta y agrega: “La industria del libro está desafiada. Tenemos que tratar de hacer cosas distintas para lograr interactuar con la gente: cuestiones tecnológicas y la velocidad que te pide una ciudad y un mercado. La presencia de Feltrinelli en Uruguay es parte de un ecosistema que busca agregar valor, porque vamos a favorecer la llegada de autores internacionales. Se pueden hacer muchas cosas”.
“Ahora claramente va a haber una retracción del consumo —arremete Braun—, más allá de que en la macro, como dice el presidente, le pueda ir bien o no haya déficit fiscal, pero todos sabemos que el consumo se está haciendo percha. Y los libros obviamente son de los que primero sufren. Sacando eso, yo sí creo que el libro está en una especie de encrucijada porque existe el teléfono inteligente y Netflix. El mundo del libro se está achicando. No creo que se mueran, pero pensar que en cuarenta años el libro va a tener la vigorosidad que tiene hoy… Para mí va a ser más chico el mercado, lamentablemente”.
“No soy demasiado optimista”, continúa el editor de Eterna Cadencia. “Va a haber gente que va a seguir leyendo. En algún punto puede significar ir en contra de la corriente, en vez de estar en el teléfono. El libro tiene una cosa espectacular que es que te abstrae, que te carbura la imaginación: hay un montón de cosas que pasan cuando leés que son espectaculares, más allá de que seas más culto o menos culto, que el cerebro se ejercita y que son más inteligentes. Cuanto más refinados sean los algoritmos y más nos hagan quedarnos mirando el reel de Instagram, el libro va a sufrir”, concluye.