
El desembarco de Axel Kicillof al frente del PJ Bonaerense parece ser un hecho. Hay un acuerdo de cúpulas para que el Gobernador reemplace a Máximo Kirchner en la silla presidencial del partido. Lo que resta definir es la estructura. Las vicepresidencias, las secretarias, los consejeros, la junta electoral y el congreso. La repartija marcará los vencedores y vencidos de la negociación justicialista.
Kicillof está decidido a aceptar la presidencia del partido, lo que resta es que estén dadas las condiciones para que lo haga. Después de decir que no, terminó cambiando de idea tras la propuesta de Kirchner, quien ejecutó una jugada de presión que, si todo sigue los carriles normales de las últimas horas, le terminará saliendo tal cual como la pensó.
En el Movimiento Derecho al Futuro (MDF) hay una decisión de jugar fuerte en el tramo final de la negociación para quedarse con la mayor cantidad de lugares en el partido. El argumento central es que el mayor porcentaje del peronismo bonarense, identificado en los intendentes, los movimientos sociales y los sindicatos, está detrás del liderazgo de Kicillof. Exigen tener más peso específico en los lugares estratégicos del PJ.
Para el Gobernador es un salto arriesgado el que tiene decidido dar. Porque tendrá que soportar una lluvia de interpretaciones políticas sobre el cambio de rumbo que pretende tomar. El porcentaje de lugares que queden a su nombre en el partido y la importancia de esos puestos, serán importantes para la presentación en sociedad de la renovación de autoridades. Esa puesta en escena será una muestra de qué tan fortalecido quedó el mandatario provincial en esta nueva negociación política con sus enemigos íntimos.

Kicillof trabaja en el fortalecimiento de su liderazgo. Lo hace con un estilo que pone muy ansiosos, y fastidiosos, a algunos intendentes que lo siguen. Son aquellos que esperan resoluciones más rápidas y concretas. Menos deliberación y más conducción vertical. Lo cierto es que el Gobernador tiene un estilo determinado, diferente al de los caciques del conurbano, y, hasta aquí, ha dado pasos hacia adelante. Más rápido o más lento, pero casi siempre para adelante. Cada uno con su librito.
Existe también una contraposición de fuerzas que, a medida que pasa el tiempo, va quedando más marcada. Kicillof gana terreno dentro del peronismo bonaerense, al mismo tiempo que Cristina Kirchner lo pierde. Su condena y su detención la aislan del sistema político y del electorado. Es una realidad que intenta combatir pero que va quedando configurada a medida que pasa el tiempo. La dirigencia que le responde disminuye y los conflictos que surgen tienen que ver con la reticencia a su conducción o, por carácter transitivo, a la de su hijo.
El cristinismo más duro parece estar en una etapa de resistencia en la provincia de Buenos Aires, mientras que el kicillofismo, aún con desencuentros internos, avanza hacia la ruptura del molde kirchnerista. Sea o no candidato a presidente, Kicillof puso en marcha un cambio de época en el peronismo. Iniciado desde la provincia que conduce pero que, en el tiempo que viene, tendrá un alcance nacional. Se animó a enfrentar a la líder más importante que tuvo el peronismo en los últimos años.
Los dardos contra CFK salen desde diferentes provincias. Desde Salta y Jujuy, donde los PJ locales están en conflicto, pasando por Córdoba, Entre Ríos y Mendoza, donde el peronismo local está empujando la renovación de una etapa. Los dardos salen también desde Chubut y San Luis. Hay una gran cantidad de dirigentes del interior del país que quieren tener mayor protagonismo este año en el armado nacional del peronismo, pero que esperan que haya una resolución más clara en la interna bonarense. La guerra de la familia kirchnerista afecta cualquier movimiento nacional.

Kicillof tiene en su hoja de ruta fortalecer el esquema de gobernadores de Unión por la Patria, como un polo de poder más firme y participativo en las decisiones del espacio político. Ese movimiento que tiene planeado es también una forma de federalizar su imagen, saltar el alambrado bonaerense y darle un marco de contención simbólica a la construcción del MDF en distintas provincias del país. Nacionaliza su figura y la impregna de un debate de temas que tiene que ver más con lo nacional que con lo provincial.
Hace tiempo que el peronismo está en un laberinto del que le cuesta salir. La interna bonaerense se convirtió en una historia interminable y no aparecen referentes potentes que marquen la cancha en la discusión nacional. “Lo de Cristina es un ciclo terminado, pero Kicillof no se anima a ser jefe”, le dijo a Infobae un gobernador peronista que huele las vicisitudes del poder a la distancia.
Esa frase es el reflejo de un pensamiento con el que se convive en el peronismo del interior. Es una mirada entre tantas que subsisten en el universo justicialista. La discusión está encerrada en la vida del kirchnerismo. A lo sumo, se expande hasta las vertientes menos K del peronismo bonaerense. Por el momento, no hay otros nombres propios que rompan ese cerco desde afuera hacia adentro. Que provengan del interior y logren correr el debate político interno hacia un lugar que no sea la provincia de Buenos Aires.
La llegada de Kicillof al PJ Bonaerense generará múltiples miradas sobre el lugar en el que va a quedar parado en este capítulo de la interna. Eb su vocación de construir un proyecto presidencial y edificar un liderazgo más sólido, está una de las claves para exprimir los beneficios de asumir al frente del partido.

Marcar la historia como un triunfo sobre La Cámpora por tomar el control del PJ, más que una derrota ante Máximo Kirchner, por aceptar las reglas del juego que impuso al pedir su cabeza para la presidencia partidaria. Habrá dos historias para contar sobre la conformación del PJ Bonaerense. La que cuenten en La Plata y la que esté legitimada en San José 1111. Con el tiempo perderán fuerza pero, mientras tanto, serán motivo de alguna factura anclada en el pasado.
Después, si se concreta la llegada de Kicillof, vendrán las fricciones por el perfil que tome el partido. El camporismo pedirá a gritos que el reclamo por la libertad de CFK esté en el tope de la agenda partidaria, mientras que el kicillofismo, sobre todos los intendentes, desean que la mirada sea hacia adelante, con una propuesta que enfrente a las políticas de Milei y sirva para pensar la fuerza opositora del 2027.
La unidad siempre será el argumento central para justificar cualquier movimiento dentro del partido. Un argumento a veces real y otras veces estirado y sobreutilizado frente las decepciones internas con las que convive el peronismo de la provincia de Buenos Aires.
A esta altura, lo único que puede romper la dinámica instalada esta semana es que se caiga el pre acuerdo para que Kicillof sea el presidente del PJ Bonaerense. Es una opción lejana pero no imposible. Sobre todo porque las negociaciones se dan un marco de tensión y desconfianza permanente. Aunque los delegados son profesiones del toma y daca, y saben hasta dónde pueden llegar con las pretensiones, las presiones y los reclamos.