
La señora está embarazada, embarazadísima, pero esta noche se va con el marido al teatro. Están en la ciudad de Mar del Plata. Él la pasa a buscar en moto, llegan puntuales a la función de Cuando un pobre se divierte, el sainete de Alberto Vacarezza. Pasan los minutos y, cuando los artistas están cantando el tango La copa del olvido, la señora, que se llama Asunta Manetti, siente los dolores del parto: a correr. Salen del teatro, se suben a la moto, van entre enloquecidos y cuidadosos. Hay que llamar a la partera. El reloj pasa las 12 y ya es el 11 de marzo de 1921: entre tango y corridas ha llegado al mundo Astor Piazzolla. Esto cuenta el periodista Marcelo Gobello en su reciente Astor Piazzolla, música en estado de revolución, una biografía a cargo de alguien que conoce bien al músico.
Vamos unos años más adelante: Piazzolla vive en Nueva York con sus padres, Nonino y Asunta. Nonino ha insistido mucho para que el muchacho no se quedara con la escuela y nada más, que estudiara música, que hiciera deportes, que fuera más allá de lo obligatorio. Un día, Nonino va a comprarle patines al nene a una casa de empeños. Pero en la vidriera, ah, ve un bandoneón. Ahí, en Nueva York, un bandoneón pequeño, como para un chico. No tiene nada que pensar: paga los 19 dólares y se lo lleva. El chico, Astor, se decepciona. Lo contará él mismo, muchos años después, y lo reproduce Gobello: “El primer bandoneón que tuve me lo regaló mi papá cuando tenía ocho años. Lo trajo envuelto en una caja, y yo me alegré, creía que eran los patines que le había pedido tantas veces. Fue una decepción, porque en lugar de los patines me encontré con un aparato que nunca había visto en mi vida. Papá se sentó en una silla, lo puso sobre mis piernas y me dijo: «Astor, este es el instrumento del tango, quiero que aprendas a tocarlo». Mi primera reacción fue de bronca. El tango era esa música que él escuchaba casi todas las noches cuando volvía del trabajo, y que a mí no me gustaba».
Estos son algunos de los momentos hermosos de la biografía de Gobello, pero no son los únicos. La visita, en Nueva York, a Carlos Gardel: Nonino ha tallado una escultura de un gaucho con guitarra y lo manda a Astorcito a llevársela. 13 años tenía el chico: se empilcha y va. El músico lo recibe en pijama pero el pibe, que encima toca el bandoneón, le cae bien. Lo convertirá -cuenta Gobello- en su guía en la ciudad. Hasta se irá un día a comer a lo de los Piazzolla. La biografía incluye una carta que Piazzolla escribió mucho más tarde y que publicó en el diario Clarín y que cuenta algo extraordinaio: por esas cosas de la vida, el chico termina tocando su primer tango en el piano y el que canta es Gardel: “Quizá llamándote Charlie te acordarás del pibe de 13 años que vivía en Nueva York, que era argentino y tocaba el bandoneón. ¿Te acordás cuando te llevé un muñeco de madera que había tallado mi viejo? (…) Jamás olvidaré la noche que ofreciste un asado al terminar la filmación de El día que me quieras. (…) Tuve la loca suerte de que el piano era tan malo que tuve que tocar yo solo y vos cantaste los temas del filme. ¡Qué noche, Charlie! Allí fue mi bautismo con el tango“.

Y el destino, otra vez: Gardel, impresionado, lo invitó a su orquesta. Se iban de gira. Los padres no lo dejaron, el sindicato tampoco. Por eso Piazzolla no estuvo en el avión del accidente fatal: “En vez de tocar el bandoneón estaría tocando el arpa”, decía en la carta.
Esas cosas ha escrito Gobello y ahora está, por videollamada y él también desde Mar del Plata, hablando para esta entrevista. De música quiere hablar, es lo que lo apasiona.
-Difícil una nueva biografía de alguien tan conocido. ¿Qué cosas nuevas pensaste que podías encontrar?
-Mi tío abuelo, eh, era José Gobello, el fundador de la Academia Porteña del Lunfardo. Y él era amigo de Astor. Fue el primer periodista que lo bancó cuando a él en el cincuenta y pico lo criticaban mucho. Pero yo crecí con los Beatles, con los Rolling, después con Led Zeppelin, con Yes, nunca tuve una grieta. Viví afuera y ahí lo que interes de nosotros no es Charly García, es Astor Piazzolla. Yo me encontraba con músicos de rock clásico, de grupos como Genesis, Yes, Emerson, Lake & Palmer, Deep Purple y terminábamos hablando de Piazzolla, casi que me terminaban ellos preguntándome: “¿Cómo era Astor?” “¿Lo viste tocar en vivo?” Yo tenía un contacto con la familia, un contacto muy fuerte con Daniel Hugo Piazzolla, depués con Laura, la esposa, y entre los dos fui viendo la historia.

-No te tocó la época en que los tangueros lo querían matar…
-Yo siempre tuve una mirada distinta de Astor por mi generación. Vos pensá que yo, Astor, la primera vez que, que lo vi en vivo fue en La Botonera, en 1976. Con el primer octeto electrónico, que era tan revolucionario que el propio Antonio Agri se fue después de un par de conciertos y él actor en vez de poner a otro violinista -no había otro que superara a Agri- puso a un viento que tocaba el saxo. Para mí impactante verlo con batería, con sintetizador. Yo tenía 17 años, era muy joven, pero ya la música era mi pasión.
-Se llama “La música en estado revolución” tu libro…
-Lo primero que le dije a Astor cuando lo entrevisté fue que veía cosas que se parecían a Emerson, Lake & Palmer. Y me dijo; “Sí, me gusta mucho Emerson Lake & Palmer porque ellos son fanáticos de Ginastera, que fue mi maestro. Siempre busqué por ahí salirme un poco del canon. Los viejos piazzolleros te decían: “A ver, pibe, te vas a meter con Piazzolla. ¿Cuál es el mejor grupo de Astor?» Se supone que si uno es medio wikipedico, va a decir “el quinteto”. Y no, los viejos piazzolleros te van a decir “el Noneto”, del 72. Ahí graba unos discos maravillosos y tiene un conjunto que es brillante, que es con el que primero va a viajar a Europa y con el que hace la famosa versión de Balada para mi muerte con Mina, la cantante italiana, que va a ayudar mucho para su difusión.
-¿Y cuál es tu grupo favorito?
-A mí siempre me gustó mucho el segundo octeto electrónico y hoy lo están revalorizando, durante años era mala palabra, pero realmente fue una de las cosas avanzadas. En realidad no hay una cosa mejor que otra. A mí me encanta la etapa de él con su orquesta típica en la década del 40. Me encanta el octeto Buenos Aires, que es el rompedor, me encanta lo que hizo en París. Y después vuelve y arma el Octeto Buenos Aires, donde incorpora la guitarra eléctrica y después se va y vuelve y hace el quinteto y después hace el noneto….
-En la biografía se destaca la figura del padre, al que conocemos por “Adiós Nonino. Cómo lo marca, lo hace estudiar, lo ve fuera de lo común.
-La figura de Nonino fue central en su vida. Vicente Piazzolla, el loco le decían, el loco Piazzolla, tenía una personalidad totalmente única para la época inclusive. Fijate que en la década del 20, acá todavía era la época de la inmigración y el tipo se va a Estados Unidos, no era tan común. También, como Astor nace con un defecto físico bastante pronunciado en un pie, Vicente puso en el hijo mucho empeño, que por ahí hoy no es políticamente correcto, porque en vez de cuidarlo como si fuera de cristal, inclusive en contra de lo que decían los médicos en la época, lo hacía correr, lo hacía entrenar, lo hacía boxear, lo hacía jugar al fútbol. Él veía que el hijo tenía algo, no sabía de dónde, porque la verdad que la música no se la había planteado para nada, pero veía que el hijo iba a ser distinto y que iba a ser un genio.

-Un observador…
-De hecho, él empezó a escribir una especie de diario cuando Astor era chico, un diario sobre el hijo. Y stor escucha la música de Bach, de la casa de un vecino y se enamora de la música. No del tango, que en su momento le parecía triste porque era lo que escuchaban los viejos en la pieza, donde alquilaban en Nueva York y lloraban todas las noches, sino la música de Bach. Y tambíen fue fundamental el padre por lo del bandoneón.
-¿A vos te parece que que él te discutiría algo de este libro?
-Es muy probable porque yo a él le discutí muchas cosas en el libro. Si él decía que el octeto electrónico había sido un error, yo digo que es uno de los de los mejores grupos que tuvo. Y así, mucho. No sólo los tradicionalistas le discutían. Todo el lío que tuvo Astor en su momento, con que decían que había sido el asesino del tango, que no era tango…
-¿Y no fue así?
-No solo no fue el asesino, sino fue el que rescata al tango, el que lo salva de alguna manera. Pero hasta los piazzollianos lo discuten: te dicen que Libertango es una porquería, y yo digo que es una joya.
-¿Piazzolla sigue siendo polémico o o ya está?
-La verdad, no creo que ya a esta altura siga siendo polémico. Ganó él, ganó por goleada.