Raimunda Torres y Quiroga, Ada María Elflein, Eduarda Mansilla y Juana Manuela Gorriti

El libro Las que moran en las sombras, compilado por el docente Ever Oroná y editado por el sello Minotauro, reúne relatos de diversas autoras que exploran facetas del terror y lo siniestro. Dentro de este volumen, la selección ofrece una mirada al vínculo entre lo gótico, lo ancestral y la construcción de monstruosidad en la literatura escrita por mujeres.

Se incluye a Juana Manuela Gorriti, cuya obra conecta lo andino y mágico, evocando historias atravesadas por la colonización; Eduarda Mansilla, que desafía límites de género y ficciones dentro del fantástico y la ciencia ficción; y Ada María Elflein, cuyas narrativas exponen la violencia velada en la vida cotidiana. El libro presenta a Raimunda Torres y Quiroga como símbolo de venganza espectral en el siglo XIX, encarnando la figura de la mujer demonio.

En el conjunto de historias seleccionadas, lo monstruoso y la real se confunden, destacándose la frase: “El monstruo es la realidad”. A continuación, el prólogo, a cargo de Oroná.

“Las que moran en las sombras“, editado por Minotauro y compilado por Ever Oroná

Las que moran en las sombras

Por Ever Oroná

No conocía a ninguna de las mujeres que habitan las páginas de este libro. Nunca había escuchado sus nombres. No aparecían en los manuales de primaria. En la secundaria, jamás se mencionaron sus obras. En el profesorado nadie hablaba de ellas ni de sus libros. Si se trataba el tema de la literatura argentina del siglo XIX, leíamos a José Hernández, a Esteban Echeverría. También, por supuesto, se mencionaba a José Mármol, a Estanislao del Campo. Se remarcaba que el propio Sarmiento, «padre del aula» y, por tanto, de la educación, era el autor de Facundo y Recuerdos de provincia, entre otros títulos renombrados de las letras del suelo nacional. Me formé con la idea de que la Argentina del siglo XIX demandaba dos condiciones para ser escritor: trabajar el género realista y ser varón.

La pugna de la alta y baja literatura es una vieja conocida en el campo intelectual, los estrados académicos no veían con buenos ojos las producciones fantásticas y sus derivaciones. Claro que había hombres dentro del género no mimético, pensemos, por ejemplo, en las figuras de Eduardo Holmberg, Carlos Monsalve y tantos otros que Carlos Abraham menciona en La literatura fantástica argentina en el siglo XIX.

Incluso Esteban Echeverría publica, antes de su emblemático El matadero, la obra gótico-fantástica Elvira o la novia del Plata, hoy condenada por muchos al ostracismo del canon. La literatura del primer siglo de la patria, la que perdura como emblema histórico-cultural de nuestro país es la mimética.

Juana Manuela Gorriti, una de las escritoras oscuras.

En la literatura del siglo XIX escrita y producida por mujeres, la descalificación masculina, la estigmatización por lo romántico en términos amorosos, la falta de posibilidades para la formación académica y la maternidad vinculada como un elemento indisoluble a lo femenino, son factores que se yuxtaponen a la dicotomía de lo fantástico/realista.

A pesar de contar con el apoyo de Domingo Faustino Sarmiento, la figura política de la época que más se ocupó y preocupó en acortar la brecha que alejaba a las mujeres del campo en cuestión, la historia y el canon literario no mostraron respeto ni consideración con el trabajo de estas escritoras. Pasaron del cuestionamiento a una aceptación recategorizada: existía la literatura, la verdadera, la realista, la de los hombres, y otra, la menor, la de los géneros populares, la literatura femenina.

Más tarde pasaron al olvido, sus nombres se redujeron a investigaciones de grado que circulaban solo en reducidos espacios académicos.

Una de las figuras indiscutidas de la primera mitad del siglo XX es la de Alfonsina Storni. Cristina Peri Rossi solía compartir una anécdota en la que contaba cómo le explicaba un varón de su familia, a través de la figura de Alfonsina, la idea de la mujer loca que escribe y se quita la vida por amor. ¿Cuántos conocimos a Alfonsina por la canción que (de alguna manera) fagocita esta teoría? ¿Cuántos la conocimos por su extensa obra en prosa, por sus obras de teatro, por su labor en el campo feminista?

Otro apellido que aparece, si se piensa en ese vínculo entre la mujer y la literatura argentina, es el de las Ocampo. Quizás, el más importante para la circulación literaria de su tiempo, una época que consideró a Victoria y Silvina como esas otras que moraron a la sombra de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, los varones de la literatura (a secas, sin adjetivos).

Y si de las Ocampo hablamos, otra vez aparece el tío de Cristina Peri Rossi mencionando a Alejandra Pizarnik como esa otra prueba tangible de que la conjunción mujeres-literatura nunca llega a buen puerto.

En la segunda mitad del siglo XX, un cuerpo de escritoras entre las que se reconocen a Marta Lynch, Beatriz Guido y Silvina Bullrich se convirtieron en las más leídas del momento. En las librerías se agotaban sus ejemplares, las editoriales imprimían nuevas tiradas de éxito asegurado.

La crítica tomaba la posición de señalarlas como las más vendidas, las autoras best seller, entendiendo por esto que carecían del reconocimiento académico del que gozaban los escritores varones que vendían porque eran buenos, porque hacían literatura de verdad, de la pura, literatura y punto.

En esta segunda mitad también aparecieron los nombres de algunas (pocas) mujeres que trabajaron en terrenos del fantasy que llevaron a la cima a los varones de su tiempo. Angélica Gorodischer, Ana María Shua y Luisa Axpe fueron tres de las primeras autoras de su época en alcanzar un espacio que se entendía como privativo de los hombres. Todas ellas, publicadas por el sello editorial Minotauro.

El presente escenario de la literatura local se caracteriza por el protagonismo (nunca visto en la región) de escritoras mujeres que cuentan con el prestigio y el reconocimiento de la crítica nacional e internacional. Y a pesar de que todavía algunos insisten en hablar de un boom literario de mujeres o de movimientos literarios que las agrupen como una misma cosa, la alienación resulta imposible, son demasiadas, trabajan en varios registros, temáticas, géneros y estilos desde distintos espacios.

Mariana Enriquez, una de las escritoras con más reconocimiento (popular y académico), dictó hace algunos años un ciclo de charlas en las que mencionaba sus obsesiones como lectora. Es ahí donde se produce la magia, donde la idea del tiempo desaparece, donde se entrelazan las literaturas contemporáneas con las literaturas de otros tiempos para volverse una misma.

Juana Manuela Gorriti aparece trazando un mapa de regiones perdidas. Su figura se presenta como una prueba viva de la omisión y el olvido, como la resolución de que el tío de Cristina Peri Rossi estaba equivocado.

Con el viejo ejemplar de Sueños y realidades que había conseguido por internet, llamé a una amiga y le conté entusiasmado sobre la existencia de una mujer que había escrito literatura de género, de esa que nos gustaba tanto, dos siglos atrás. Recuerdo definir la obra de Gorriti en una cadena de sustantivos: fantasmas, crímenes, brujas, chamanes, momias, aparecidos, demonios.

Juana Manuela Gorriti fue la punta del iceberg, la matrioska que dio lugar a la búsqueda y aparición de todas las demás. En el siglo XIX surgieron un gran número de escritoras que trabajaron la palabra y que el canon decidió olvidar.

El génesis literario se sucedió, más o menos, de la siguiente manera: Juana Manuela Gorriti llevó, por oscuridad, a Raimunda Torres y Quiroga; Raimunda Torres y Quiroga llevó, por enemistad, a Eduarda Mansilla; Eduarda Mansilla llevó, por repetición, a Rosa Guerra; Rosa Guerra llevó, por desobediencia, a Juana Manso; Juana Manso llevó por convicción, a Agustina Palacio; Agustina Palacio llevó, por historia, a Ada María Elflein.

No son un número exacto, la lista no termina en la reciente enumeración. La matrioska literaria de escritoras argentinas del siglo XIX es infinita.

El presente volumen representa un compendio del mal, un plan urdido por y para amantes del arte de la oscuridad; comprende una minuciosa selección de autoras e historias que moran las sombras, lo siniestro, lo macabro. Raimunda Torres y Quiroga es la voz del más allá, la aparición de un fantasma que busca venganza.

El terror del siglo XIX tiene rostro de mujer demonio, de súcubo, de Willi. Juana Manuela Gorriti es lo gótico, lo andino, lo ancestral. Su literatura evoca la magia de un chamán que cuenta en su lengua la historia yacida en las grietas de una colonización blanca. Eduarda Mansilla plantea el conflicto, escribe ciento cincuenta años atrás y pregunta ¿qué son los géneros? ¿cuáles son los límites? La prosa de la heredera rosista desborda los márgenes del fantástico, recorre sinuosa los caminos de la ciencia ficción.

Ada María Elflein porta el poder de la escritura. Sus cuentos revelan la violencia que se oculta a la luz del día. La oscuridad es el hombre, la mujer, el niño. La realidad no puede eludir lo monstruoso porque el monstruo es la realidad.

Las cuatro protagonistas de esta antología toman la palabra. No es casualidad que lo hagan en este símbolo de la literatura popular que es Minotauro, la casa argentina de la fantasía.