
Hace exactamente 34 años un oscuro teniente coronel inició del proceso de destrucción de lo que hasta ese momento se había considerado la economía más próspera y la democracia más estable de América Latina. La eficiencia con que se llevó a cabo el proyecto destructor ha llamado la atención del mundo entero.
Pero el suceso quizás era la consecuencia inevitable de la cultura rentista de las élites venezolanas.
El país, como todas las naciones nacidas de lo que hoy es España, comparten la condición histórica de que las riquezas del subsuelo no pertenecen a quien posea el terreno sino al Estado. Porque las instituciones establecidas por la entonces corona de Castilla y Aragón eran feudales. Y dentro de un régimen feudal, la tierra es el elemento que determina el poder relativo de los dirigentes.
Como quiera que el ejercicio colonizador tenía como principio aumentar la riqueza de España de manera que esta pudiera actuar con libertad en un escenario europeo donde el proceso de formación de los estados nación significó muchas guerras de conquista y ocupación. Se aseguraba vía este principio la preeminencia política de España y sus representantes.
El dominio español de América Latina duró aproximadamente tres siglos, abarcando desde las conquistas iniciales a finales del siglo XV y principios del XVI hasta los movimientos independentistas que concluyeron en gran medida entre 1810 y 1824. Gracias a ello se creó en la región una cultura rentista cuyos líderes extraían las riquezas del subsuelo para enviar a la corona y enriquecerse personalmente. Surgió así una élite panregional que derivaba su sustento de la extracción de la renta del Estado.
La independencia no cambió el modelo toda vez que el modelo rentista financió los procesos de separación de la metrópoli. Continuó la región dentro de un esquema que claramente frenaba el desarrollo del potencial económico de cada nación.
En el caso de Venezuela la explosión en 1914 de pozo Zumaque I trajo la mayor riqueza del subsuelo del mundo. El petróleo era el factor dinámico del desarrollo y comenzó a transformar el soñoliento país agrícola que dependía de las exportaciones de café, cacao y ganado. El Estado era pobre y se mantenía gracias a los impuestos, los aranceles y la participación en la explotación de oro y diamantes. Pero a partir de ese momento el Estado venezolano se hizo rico y fuerte convirtiéndose en el eje de la modernización y el crecimiento. De manera que del control del Estado dependía el bienestar de cualquier líder venezolano.
Surgió una clase empresarial que, financiada por el petróleo y protegida por una pared arancelaria, no necesitaba innovar y mucho menos competir.
El país entero se convirtió en un subproducto del petróleo. Y mientras la población se mantuvo por debajo de diez millones de almas, el petróleo alcanzó para financiar el proceso de urbanización y desarrollo de los servicios públicos, incluyendo universidades. Pero al alcanzar 20 millones de almas se hizo evidente que si no ocurría un cambio de modelo la pujante clase media iba camino del empobrecimiento.
Surgió el descontento y con él vino la elección de Carlos Andrés Pérez, a quien se veía como la persona que iba a llevar los precios del petróleo a la estratósfera de modo de resolver el estancamiento. Pérez, sin embargo, había pasado los años fuera del poder estudiando los secretos del desarrollo y estaba convencido de que si no se cambiaba el modelo, Venezuela jamás sería una nación desarrollada.
Pero el cambio de modelo tenía el pequeño inconveniente que obligaría a los empresarios a crear riqueza; a los partidos políticos a desocupar la administración pública para limpiarla del clientelismo y hacerla eficiente, y a los militares a concentrarse en el combate al crimen organizado.
La respuesta negativa no se hizo esperar. Se produjo una alianza entre empresarios, militares y políticos para deshacerse del gobierno, que en lugar de comprometer la riqueza de las generaciones futuras les exigía un cambio radical en su conducta para alcanzar el desarrollo. Y de las entrañas del partido de gobierno salió la conspiración que abrió los caminos a Hugo Chávez para hacerse con el poder.
Posteriormente, cuando la situación lejos de mejorar empeoró, esas mismas élites intentaron salir de Chávez en el 2002, pero la ausencia de estatismo llevó el levantamiento a concluir con el regreso de Chávez y la entrega de Venezuela a la estrategia de Fidel Castro, quien al igual que Chávez destruyó a Cuba aun cuando la hazaña le tomara más tiempo.