
— ¿Te acordás que cuando eras adolescente hubo una época en la que yo viajaba mucho, una o dos semanas al mes? —me preguntó.
—Cómo olvidarme, si mamá te lo enrostró un millón de veces…
—En realidad no estaba de viaje. Me iba a una casa en Olivos en la que vivía con otra mujer de la que estaba perdidamente enamorado.
Me quedé helado. ¿Para qué me contaba esto mi padre? ¡Y en este contexto!
Hacía un buen tiempo que yo venía llevando, como podía, una doble vida. Estaba casado y tenía una familia hermosa, pero me había enamorado de otra mujer y todo se había ido a la mierda con rapidez. No pude evitar engancharme y después de un par de años de aguantar esa dualidad, decidí poner la verdad sobre la mesa y blanquearle la situación a mi esposa.
Me había callado hasta ese momento porque es lo que todos siempre aconsejan. Hablarlo, dicen, es destrozar la pareja. Lo que nadie pondera correctamente es que apenas uno decide ocultarlo, algo mucho más grave y silencioso empieza a pasar: nos vamos distanciando cada vez más. En el fondo, si no podemos hablar de lo que más nos importa o nos preocupa, ¿de qué hablamos?
Llegó un momento en el que yo había naturalizado no hablar de nada. Charlaba del clima, del colegio de los chicos y de cualquier otro tema que no nos involucrara emocionalmente. Lo que empezó con el afán de cuidar mi matrimonio —al menos hasta que la situación se enfriara o se resolviera de algún modo— nos fue alejando. A veces, proteger debilita.
Cuando llegué a mi Siberia emocional entendí que no podía seguir de esa forma. No podía seguir ocultando la verdad.
Después de pensarlo mucho, decidí contarle todo. Fue un terremoto. Yo estaba perdidamente enamorado de otra mujer, pero también sentía que estaba para pelearla con mi esposa. Eso fue lo que le conté a mi padre, que después de escucharme me blanqueó esta barbaridad.
—¿Para qué me contás esto ahora? —le pregunté.
Prendió un cigarrillo y su mirada se perdió por la ventana del bar. Después de un largo silencio, me dijo:
—Para que entiendas que enamorarse de otra persona estando casado no es algo excepcional, sino humano. También te diría que ser infiel es parte de la vida, aunque algunas personas no puedan entenderlo, y mucho menos aceptarlo. Van a seguir sosteniendo que la infidelidad es una traición, que de eso no se vuelve, y todas esas creencias equivocadas.
—¿Qué querés decir?
—Que si más de la mitad de las parejas se divorcian y según dicen varias encuestas, más del 75% de las personas fueron infieles alguna vez en la vida, hay algo en esa idea del amor que no está funcionando. Lo que falla no son las personas, sino nuestras creencias sobre la fidelidad y la pareja.
—¿No es una postura un poco cínica?
—Todo lo contrario. Madurar es dejar de creer en fantasías para poder relacionarnos con la realidad tal como es, no como querríamos que fuera. Lo demás son teorías que todo el mundo repite pero nadie vive.
Me costaba procesar lo que me estaba diciendo. Yo nunca antes había sido infiel. Había tenido una conducta matrimonial ejemplar durante toda mi vida, hasta que a los cuarenta y dos años irrumpió un amor que me llevó puesto.
—Suponiendo que fuera así, ¿por qué no me lo dijiste cuando yo tenía veinte años en vez de hacerlo ahora, cuando ya es tarde? No me sirve que me digas que maneje con cuidado después de haber destruido el auto.
Mi padre acusó el golpe.
—No pude. O no supe. Siempre creí que era un tema de tu vida en el que no tenía que meterme. Perdoname. También pensé que ibas a darte cuenta solo.
—¿De qué? ¿De que hay que seguir casado a cualquier precio? —le dije, enojado.
—De que los que se tiran al mar encandilados con los cantos de las sirenas terminan ahogados. ¿O de qué pensás que hablaba Ulises en la Odisea? ¿Eran sirenas o sería un amor prohibido que quería vivir sin que destruyera toda su vida? Ulises sabía que la tentación era tan irresistible y fatal que mandó a todos los tripulantes a la bodega para que no escuchen el canto y se dejasen llevar, pero él, que quería experimentarlo sin tirarse al mar y morir ahogado en busca de sirenas inexistentes, se hizo atar al mástil. Vivió lo que quería sin destruir su vida en el camino.
Era una verdad demasiado cruda para escucharla toda junta, de golpe, en un momento en el que yo estaba en carne viva.
—¿Y en mi caso qué sería atarse al mástil?
—Permitirte vivir lo que necesitás vivir, sabiendo que dejar a tu compañera por este otro amor es una trampa de tus emociones. La mujer de la que estás enamorado es como el canto de las sirenas, una tentación irresistible que te hace creer que toda tu vida va a ser mejor si te vas con ella, dejando en segundo plano todo el dolor que les vas a causar a tu esposa y a tus hijos. Y lo peor es que si lo hacés, es muy probable que dentro de algunos años termines en un lugar muy parecido al que estás ahora, solo que con un divorcio a cuestas. Hace años, cada vez que las mujeres de nuestra familia recurrían desconsoladas a tu abuela en busca de consejos porque sus maridos las engañaban, ella las escuchaba con paciencia, las contenía, y su única devolución era una pregunta simple: “¿Vuelve?”. Con los años entendí la sabiduría que había en esa palabra. No era cinismo ni resignación, sino compresión de la realidad. Valorar al marido que, a pesar de estar fascinado por el canto de las sirenas de un nuevo amor, elige volver a su casa. Que sigue atado al mástil aunque esté desesperado por tirarse de palomita al mar creyendo que de esa forma va a ser más feliz. La determinación de no tirar todo por la borda, de sentir sin destruir, era lo que tu abuela entendía y valoraba a sus ochenta años, después de haber visto y vivido mucho.
Las palabras de mi padre no fueron suficientes. Era una verdad dicha a destiempo. Tendría que haberme enseñado todo esto mucho antes para que yo tuviera margen de desarrollar anticuerpos. Con las sirenas cantándome en el oído, me zambullí de cabeza.
Causé dolor, sufrí mucho, pero no me morí. Aprendí que el deseo puede nublar el juicio, pero la culpa tampoco es brújula.
Mi papá, al igual que una infinidad de hombres, cree que no tiene sentido dejar a nuestra mujer por otra, porque al final del día la situación con la nueva pareja será similar. La mayoría de las mujeres también creen que los hombres somos todos iguales. Básicos, infieles, con dificultad para conectar con nuestras emociones. No somos sensibles como ellas. Qué poco nos perciben. Además, como si ellas no fueran infieles: si solo los hombres son infieles y las mujeres tienen una conducta ejemplar, ¿con quiénes se acuestan los hombres?
En el fondo, todos nos aferrarnos a vínculos en los que somos fieles y que se terminan rompiendo solo porque no somos capaces de conciliar las inevitables tensiones de la vida. Y al final, por ese idealismo algo ingenuo nos perdemos lo mejor. Hoy estoy convencido de que es mucho mejor tratar de hacernos cargo de nuestras contradicciones que pretender ser “coherentes” y terminar saltando de una relación monogámica a otra: las buenas parejas no perduran porque no hayan tenido crisis, sino porque desarrollaron la capacidad de atravesarlas.
Alguien me dijo una vez que las personas sensatas tratan de adaptarse al mundo y que las insensatas pretenden adaptar el mundo a ellas. Creo que hombres y mujeres nos parecemos en esto. Pero también en que podemos elegir si queremos entregarnos ciegamente a los espejismos, una y otra vez, o si estamos dispuestos resistir las contradicciones de la vida, aun cuando sentimos que van a descuartizarnos.
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Ser fiel es elegir volver, no porque no haya dudas y dolor, sino porque comprendemos el valor de quedarnos.
Nos pasamos la vida buscando la relación perfecta y muchas veces destruimos lo bueno por no saber tolerar lo real.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli