
La fascinación por el sacrificio humano en la cultura occidental permanece vigente, traspasando fronteras religiosas, políticas y artísticas a lo largo de los siglos. El ensayo de Jonathan Sheehan, En el altar: Una historia del sacrificio desde lo sagrado hasta lo profano (“On the Altar: A History of Sacrifice from the Sacred to the Secular”), examina cómo esta noción ha modelado la vida intelectual del Occidente, desde los antiguos rituales hasta debates contemporáneos sobre la autonomía y la heteronomía.
Sheehan, profesor de historia en la Universidad de California Berkeley, sostiene que la idea del sacrificio nunca desapareció realmente de la historia occidental; solo adoptó nuevas formas en la imaginación política, religiosa y social. En palabras del autor, “los fastuosos ritos de la Biblia Hebrea” y “las ofrendas salvajes de griegos y romanos” subsistieron en un “mundo onírico” que nutrió creaciones religiosas y políticas. Esta perspectiva amplía el debate tradicional y confronta la visión secular representada por pensadores como Freud, para quien el sacrificio ritual era la raíz de la organización tribal.

La obra abarca una variedad sorprendente de fuentes y épocas: desde las Vidas de Plutarco hasta las pinturas del siglo XX como El Cordero de Paul Klee (1920) o El sacrificio de Isaac de Marc Chagall (1966). Sheehan ofrece análisis minuciosos de textos, obras de arte y esculturas; sus reproducciones visualmente logradas dotan al volumen de una cualidad casi enciclopédica.
Uno de los aportes más originales del libro reside en el acercamiento a las polémicas sobre el sacrificio. Los primeros escritores cristianos condenaron como bárbaros los rituales de pueblos como los galos —quienes inmolaban niños— o los taurios, que ofrecían extranjeros a sus deidades. Más tarde, la conmemoración del sacrificio de Jesús en la misa despierta enfrentamientos teológicos y bélicos entre protestantes y católicos en el siglo XVI. Sheehan también explora el impacto de la cultura del sacrificio azteca, enfrentada por los misioneros españoles. Destaca aquí cómo “el sistema de ritos de los aztecas constituía una cultura activa del sacrificio, en una escala y complejidad capaces de rivalizar con Grecia y Roma”.
Aunque con el avance de la ciencia y la industrialización los rituales sangrientos se volvieron relictos, la idea de sacrificio continuó impregnando la teoría política y social. En la república estadounidense y la francesa, el sacrificio pasó a representar la entrega ciudadana. Un pastor de Connecticut en 1784 describió a los soldados caídos como mártires cuya sangre debía “ser tratada por siempre como sagrada”. Del otro lado del Atlántico, Maximilien Robespierre afirmó: “Estoy dispuesto a trazar con mi sangre la ruta que debe llevar a mi país a la felicidad y la libertad”.

A fines del siglo XIX, la academia asume la tarea de descifrar el sacrificio en sociedades antiguas. En ese ámbito, surge un consenso —representado por Henry Sumner Maine—: “el sacrificio fue la base del orden social y la asociación política”. La jurisprudencia y la antropología, según subraya el artículo, se alimentaron de este paradigma, ubicando el rito en el centro de la génesis comunitaria.
Pese a la erudición y al catálogo de fuentes, Sheehan introduce conceptos que podrían alejar al lector general. En un artículo publicado en The Wall Street Journal, D. G. Hart advierte que la alternancia de épocas y personajes dificulta seguir la narrativa, pues “funciona más como una enciclopedia que como una monografía”. Además, algunos temas —como la oposición entre autonomía y heteronomía— derivan de la ética kantiana y pueden resultar abstrusos. Sheehan interpreta que la historia cristiana no fue un relato de autogobierno, sino de subordinación a “fuerzas que no controlamos”; un planteo que, según el artículo, resta claridad a los usos concretos del sacrificio.

El libro aborda también el rol de la imaginación como “el mobiliario ideacional que crea y da sentido al mundo”, definido por Sheehan como un mecanismo para recombinar legados y descubrimientos. Si bien este enfoque no resulta incorrecto, puede dejar a algunos lectores desorientados frente a la densidad interpretativa de las fuentes, observa D. G. Hart.
La reseña sugiere que mayor inclusión de referencias culturales contemporáneas, como la cita del tema rockero de Patti Smith —“Jesús murió por los pecados de alguien… pero no por los míos”—, habría facilitado el acceso a una obra tan vasta. Aun así, para quienes se acercan a On the Altar con algún conocimiento previo o interés en el sacrificio, el recorrido por este trabajo académico y ambicioso promete una experiencia enriquecedora.