
Traductor, ensayista y narrador, Andrés Barba es el nombre detrás de una obra singular de la literatura contemporánea en español y de una de las prosas más sobrias y a la vez asombrosas en esta lengua. Para los lectores, el placer con sus libros se da, a la manera de los clásicos, tanto a partir de lo que cuenta como del modo elegante y natural con que lo hace. Barba nació en Madrid en 1975, actualmente vive en la provincia de Misiones, en Argentina y se convirtió recientemente en ciudadano argentino. Su esposa y madre de sus dos hijos es la escritora Carmen Cáceres, ganadora del último Premio Filba Medifé por su novela La ficción del ahorro.
Aunque ya había publicado varios libros, la consagración de Barba llegó con el premio Herralde (2017) que recibió por su novela República Luminosa, una historia inquietante sobre infancia y violencia. Es un autor que apuesta a diversos géneros y formatos y entre sus libros se encuentran La hermana de Katia, Ha dejado de llover, Muerte de un caballo, La ceremonia del porno (ensayo coescrito con Javier Montes y Premio Anagrama de ensayo), El libro de las caídas, La risa caníbal, Vida de Guastavino y Guastavino y El último día de la vida anterior (qué resultó ganadora del Premio Finestres).
Su última novela se llama Auge y caída del conejo Bam (Anagrama) y es una propuesta absolutamente original y disruptiva.
Primera sorpresa: se trata de una novela sin humanos entre los protagonistas. Segunda sorpresa: vamos a leer una historia sobre conejos en la que hay reflexiones filosóficas, teoría política y también una mirada sobre el presente crítico, los liderazgos y las instituciones en un tiempo sin brújula.
El escenario es la Gran Madriguera, el narrador se llama Copito (los nombres tienen gran importancia en la trama) y el gran protagonista es Bam, maestro, líder y gurú, cuya leyenda a partir de su muerte se agiganta en el tiempo. Muchas de las grandes inquietudes actuales se encuentran en la fábula, en la que podemos ver a partir del universo animal cuestiones centrales de la humanidad como el amor, la verdad y la felicidad.

Lo que sigue es la transcripción de una charla que mantuvimos con Andrés Barba días atrás por zoom, en la que por supuesto hablamos de su novela pero también de pensamiento de Hannah Arendt y su mirada visionaria sobre este siglo, de la carencia desoladora de pensamiento crítico, de las características inquietantes y fascinantes de algunos líderes políticos (como el Donald Trump centennial por naturaleza), de lo que Barba supone que es el agotamiento de la literatura del yo (“la gente dejará de leer por aburrimiento”) y también de una orgía inolvidable que el autor de Auge y caída del conejo Bam considera la mejor de la literatura y a la que, a su manera, le ha rendido homenaje.
— Quería que me contaras brevemente el origen de la novela, que tiene una forma narrativa sorprendente, en cierto sentido anacrónica o fuera de moda. ¿Qué te llevó a contar una historia con animales como protagonistas?
— Yo creo que lo primordial del origen de Auge y caída del conejo Bam es algo parecido a lo que le ocurrió a George Orwell (Rebelión en la granja), que es no solo una desorientación total acerca de la actualidad política, en nuestro caso, sino la sensación de que las viejas herramientas para leer lo político están empezando a fallarnos. Y ese deseo de comprender, y esa especie de tratar de apaciguar el miedo hacia el tsunami imaginado que está por venir, nos lleva a abandonar primero las viejas estrategias narrativas y, luego, a buscar narrativas simplificadas que nos ayuden a entender los mecanismos políticos. Y la fábula es una forma de narrativa simplificada. Era como cuando el profesor de matemáticas agarraba una ecuación muy complicada y la ponía con números simples y entonces entendías, o sea, se perdía el vértigo de los números grandes y veías la simplicidad de la estructura de la frase matemática. Entonces, por eso la fábula animalística se convirtió en la herramienta perfecta de la pedagogía y los ilustrados franceses dijeron este es nuestro género por antonomasia, ¿no? Y le añadieron esa coda tan molesta de la moraleja, que es, en el fondo, una especie como de resumen moral, digamos, de despolitización de la enseñanza moral de la fábula.
— Sí, casi como una coda religiosa, ¿no?
— Exacto. Pero si tú piensas en el origen la fábula con animales lo más interesante son dos cosas: una es crear narrativas simplificadas que nos ayuden a comprender situaciones complejas, por un lado. Y, luego, habilitar a través de los animales poder decir cosas que en los humanos serían intolerables. Esa es el otro de los grandes gérmenes de la literatura animalística en la literatura universal. Por eso, la literatura con animales, El asno de oro, todo ese tipo de novelas, son el preludio de la novela picaresca. Porque el pícaro es un semi animal digamos. El pícaro no es un hombre del todo, no es un ser humano del todo. Es alguien que está medio dentro y medio fuera de la sociedad y por estar medio dentro y medio fuera está habilitado a hablar con franqueza. Entonces, yo creo que los conejos habilitaban a hablar con franqueza, simplificar la ecuación, digamos, y al verla trasladada a un lugar simplificado era más fácil saber cuáles eran los mecanismos.
— ¿Ya de entrada pensaste que que el modelo de los animales iban a ser los conejos o habías pensado otra cosa y cambiaste?
— No, no, desde el minuto cero. Y yo creo que ahí la intuición de los conejos se parece a la intuición de Edgar Allan Poe de elegir un cuervo para el poema, y no otro animal. O sea, sin saber por qué, para mí era evidente que sólo podían ser conejos. A posteriori, es como que tu intuición narrativa o literaria va como siempre tres pasos por delante de tu inteligencia analítica Entonces luego te das cuenta de por qué. Y te das cuenta de que el conejo es un animal muy apropiado para relatar esas dos velocidades contemporáneas: la velocidad histérica y la velocidad estática. Nosotros no tenemos velocidad intermedia como cultura. Una de las cosas que caracterizan al siglo XXI es que, como no hay velocidad intermedia, no hay pensamiento crítico, tampoco. Solo está la velocidad de la emoción, que es la velocidad del huir hacia adelante, del pavor, relacionado con el miedo, casi siempre; y luego la velocidad narcisista, la velocidad estática, que también es una velocidad inmóvil. El pensamiento crítico se produce en la estabilidad y, como ninguna de esas velocidades es estable, estamos condenados: tenemos una especie de política sin pensamiento crítico. Esa es una de las condiciones naturales de la política populista del siglo XXI.
El líder y nosotros
— Decías recién que “las viejas herramientas para leer lo político están empezando a fallarnos” y no puedo más que coincidir. Nos seguimos moviendo con herramientas del siglo XX para cuestiones de este siglo y entonces no logramos entender. Y, de pronto, hay gente que es más grande que nosotros, como Donald Trump, y que entendió mucho más rápido los nuevos códigos o los códigos de la gente más joven.
— En teología había una cosa que se llamaba alma naturaliter cristiana, ¿sabes lo que es eso?
— No. Te recuerdo que estás hablando con una judía, así que no (risas).
— En la teología se habla de un tipo de perfil que se llama alma naturaliter cristiana, que son ese tipo de personas que son cristianos sin la noción del cristiano, digamos. Que, incluso si hubiesen nacido en un mundo sin cristianismo, sus condiciones y valores mentales serían los de un cristiano. Trump es un alma naturaliter centennial. O sea, es impresionante. Es como que su estructura mental, sentimental, volutiva, política, es centennial. Por eso funciona tan bien. Es un centennial puro.
— Me interesa lo que estás diciendo y me interesa el modo en que tratás en la novela el tema del populismo y el liderazgo. También leí en algunas entrevistas y aparece en la novela reflexiones acerca del concepto de verdad. Ese concepto, tal como lo conocimos, se está desintegrando ante nuestros ojos. En general estamos centrando la preocupación en la mentira, hace rato venimos hablando de lo fake, pero a mí me interesa mucho cómo se está convirtiendo en evanescente la idea de verdad.
— Bueno, ahí yo creo que en realidad han sido precisamente los filósofos judíos de la posguerra quienes han, digamos, entrado a sangre y fuego en el tema de la verdad, sobre todo Hannah Arendt, que yo creo que fue la filósofa más perspicaz no solo para comprender su siglo sino para anticipar las dificultades del siguiente. Estoy recordando un poco como todo de memoria, pero una de las cosas importantes que dice Hannah Arendt es que la relación entre política y verdad no es importante. Y ahí en realidad lo que hay que restaurar en política no es el concepto de verdad sino el concepto de opinión y su vínculo con los hechos. Y eso es muy fascinante porque básicamente dice: la política es consenso. Ahí Hannah Arendt está pensando con una cabeza del siglo XXI, directamente, ¿no? Ahora mismo salió en España un libro que seguramente te va a interesar de Máriam Martínez-Bascuñán que reseñé para El País donde utiliza toda la filosofía de Hannah Arendt para entender el tema de la posverdad y es fantástico (N. de la R. Se trata de El fin del mundo común. Hannah Arendt y la posverdad, publicado por Taurus). Es una chica que fue directora de Opinión de El País. Es un libro de una politóloga pero desde una aproximación filosófica. Y una de las cosas que recuerda es eso, como que Hannah Arendt dice: no, la relación entre política y verdad no es de dependencia total, el compromiso de la política es con el consenso, no con la verdad.
— Justamente una de las cosas que se nos terminaron son los consensos con los que todos nosotros crecimos. Todo eso se vino abajo. En estos días en los que uno de los grandes focos de las noticias es la obsesión de Trum con Groenlandia cobra nuevo sentido una de las frases de Bam, que se lee en tu libro, cuando dice: “Los lugares son de quienes los merecen, no de quienes los habitan”.
— Y es fascinante, ¿no? Como sus declaraciones en el Despacho Oval, cuando dijo: “Lo único que puede detenerme es mi propia conciencia”. Es fascinante…

— Pero, entonces, si hablamos de consenso y de liderazgo, ¿de qué estamos hablando? ¿A qué decirle que sí a todo lo que el líder diga?
— Claro. Este libro no es exactamente sobre el populismo, es un libro sobre las instituciones, la creación de las instituciones y la implicación entre la creación de las instituciones y la figura del líder y su comunidad. Es un triángulo complejo, sometido a muchas energías y gravedades que lo pueden transformar. Y cómo el líder es un catalizador de una energía natural de la comunidad a crear instituciones que garanticen su seguridad, que garanticen su identidad, en fin, bueno, todo lo que sabemos, ¿no? Alejados de las veleidades y los peligros naturales del exterior. Llámese el exterior como se llame. El problema es que, cuando otorgamos un poder total al líder, que ha sido como instrumentalizado para cumplir los deseos de la comunidad, el regalo de vuelta es que el líder puede de repente hacer literalmente cualquier cosa con nosotros. Y estamos atrapados en la institución que creamos para garantizar nuestra seguridad. Eso creo que es una paradoja natural de las instituciones y de las comunidades humanas. Lo nuevo que estamos viendo en este siglo XXI es precisamente que todo eso estaba trasversalmente cruzado por una noción de verdad extrínseca, que nos garantizaba que ante los delirios humanos de cualquier individuo podíamos referirnos a algo que era neutral, objetivo, y llegar a un consenso gracias a la neutralidad de esa cosa externa. Y eso ya no está más. O sea, estamos en tierra ignota política y estamos en tierra ignota filosóficamente e institucionalmente hablando. Y yo creo que las decisiones que estamos tomando hoy sobre la marcha a veces para resolver problemas circunstanciales e instantáneos van a quedarse con nosotros durante muchas décadas y van a determinar durante mucho tiempo lo que va a ser el futuro de las instituciones democráticas y nuestra libertad, esa palabra vapuleada.
— Claro. Vapuleada la libertad, vapuleada la palabra y vapuleado el sistema democrático. Un sistema que está en deuda con montones de personas y de cosas pero que hasta ahora considerábamos que era el mejor sistema político que conocíamos. Quería preguntarte si después de trabajar con esta novela, se te aclararon algunas ideas. Es una ficción, no es un ensayo, pero en definitiva hay montones de cosas en esta historia que tienen que ver con la seguridad, con la felicidad, con la libertad, con la propiedad. ¿Se te aclararon algunas ideas o surgieron nuevas contradicciones?
— Es una buena pregunta. La respuesta es no, obviamente no llegué a ninguna conclusión. Pero sí ocurrió algo inesperado y es que el miedo se disipó un poco. Como sabes, el miedo tiene un papel muy importante en este libro. El miedo es el que genera la propia identidad de los conejos en un punto. El miedo es otra de las condiciones naturales.
— Como suele pasar, claro.
— Y la gasolina de la política, de la política populista del siglo XXI, es el miedo. El miedo es la gran gasolina. Si la posverdad y la desorientación absoluta acerca de lo que es verdadero es, digamos, su constitución, su condición es el miedo. Para que esto funcione la gente tiene que tener miedo. Si la gente no tiene miedo deja de funcionar. Entonces eso es clave para entender nuestro siglo. Los políticos necesitan que tengamos miedo. En el momento en que dejamos de tener miedo se crea inmediatamente una cosa para generar un miedo nuevo hacia adelante.
— La amenaza constante, digamos.
— Exacto. Yo ahora mismo acabo de traducir un libro para Taurus de una profesora de Oxford que se llama Carissa Véliz sobre inteligencia artificial. Y una de las cosas que más ha generado la existencia y creación de la inteligencia artificial es la predicción, son los sistemas predictivos. La profecía. Entonces, el libro hace una relación interesante entre toda la historia de la profecía y su vínculo con el poder, cómo los profetas eran aliados de los poderosos y cómo profetizar es invocar y producir en última instancia. En fin, todas esas cosas. Y habla mucho del miedo, el pánico, como uno de los grandes motores que nos hacen tratar de predecir el futuro y generar la inteligencia artificial para mesurar cada vez más datos posibles para anticiparnos. Y no hay nada más productivo para que se produzca aquello a lo que tenemos miedo que temerlo muy intensamente, ¿no?
— La profecía autocumplida.
— Exacto. Entonces, en el caso de los conejos el miedo es fundamental. Es fundamental y curiosamente eso fue un gesto desde el principio del libro, como cuando uno está tratando de contar algo en terapia y das desde la sesión cero con la palabra clave que ya te va ayudando de una manera que dices: ¿cómo es posible? Cómo es posible que en la primera sesión a los quince minutos de repente pum, yo tiro esto que no tenía ni pensado previamente tratar en la sesión y de repente esto es. O sea, yo creo que tenemos que fiarnos de nuestra intuición. Y si para algo me ha servido escribir este libro es algo parecido a lo que ocurre en terapia ¿no? Verbalizar. Tratar de comprender. Tratar de simplificar. Ha generado en mí una especie de apaciguamiento del miedo político en el que me sentía y que me impulsó, entre otras cosas, a escribir este libro.

— Hay un par de cosas que me interesan que tienen que ver con Copito, con el narrador. Una que tiene que ver con el “no sé” del final de sus frases. Y lo otro es aquello que asegura siempre acerca de que los que lo abandonaron (humanos) lo querían. Necesita señalar todo el tiempo que aunque lo dejaron, lo querían. Como la única certeza. Me interesa saber cómo surgieron esas cosas.
— El “no sé”, literalmente estaba desde el principio. O sea, cuando empecé a escribir las primeras páginas, que volaron, obviamente, el primer párrafo lo acabé con un “no sé”. En el segundo, estaba escribiendo el segundo párrafo y dije voy a poner “no sé” aquí como un juego retórico, ¿no? Y en el tercero puse “no sé” también y de repente dije: ¿y si acabo todos los párrafos con “no sé”? Y yo me reí y dije: “menuda pavada”, sabes. Insostenible. Y entonces, el poder del “no sé” funciona precisamente por su saturación. Por poner un “no sé” detrás de otro “no sé”, detrás de otro “no sé”.
— Porque lo convierte en estilo.
— Exacto. Pero al mismo tiempo, la respuesta natural y sencilla sería decir que toda la verosimilitud y la credibilidad del discurso de Copito están en suspenso desde el mismo momento en el que él mismo lo está reconociendo. Pero, por otro lado, es también un reconocimiento filosófico de parte del propio Copito, que es un conejo muy perspicaz también para muchas cosas, de que puede ser de otra manera. Un “tal vez me equivoco”, entiendes.
— Sí. Que es lo que en general pasa con la reconstrucción del pasado. Con la construcción del recuerdo, que puede tener distintas versiones.
— Todo es una ficción. Todo lo humano, todo lo que atañe a lo humano es una ficción. Pero algunas cosas son más una ficción que otras. La política es una cosa que es la metaficción, ¿no? Y, sobre todo, la elaboración de la narrativa de los líderes es una ficción, siempre. Lo interesante no es reconocer o decir que es una ficción sino tratar de analizar cuáles son las cualidades particulares que tiene esa ficción del líder, que la diferencia de otras. Y eso es muy fascinante. Entonces, la necesidad, incluso después de haber sido vapuleado por alguien, de no renunciar al amor, a que el amor estuvo ahí, a mí me parece muy fascinante de la narrativa del líder. Incluso a pesar de que soy totalmente consciente de que Bam finalmente se convirtió en una especie de líder totalitario, yo no puedo dudar de su amor. Entonces ese vínculo amoroso es igual al tiene Copito con quienes lo abandonaron, al punto de que los llama “aquellos que sin dudas me querían”. Copito no es capaz de pensar un mundo en el que aquellos que le abandonaron no le quisieran. Igual que nosotros no podemos pensar un mundo en el que el vínculo con nuestros líderes no sea bajo alguna forma de amor.
— Ahora, la figura de Bam además de esta deriva totalitaria en algunos momentos tiene una cosa de pastor, tiene una cosa cristiana. Y ese líder que es narrado es Sócrates y Copito es un poquito Platón, ¿verdad? ¿Todo eso estuvo en la idea original de tu trabajo?
— Sí, sí, totalmente. Totalmente, sí.
— O sea, están los apóstoles contando a Cristo. Está Platón contando a Sócrates y está Copito contando a Bam.
— Sí, exacto. Está el Génesis, está Gandhi, está Perón, está todo, ¿no? Hay muchas cosas argentinas, ya habrás visto. Hay muchos guiños a la historia política argentina, también.
— Sí. Y te voy a decir que el “no sé” es muy argentino, también. Muy porteño, en realidad.
— Puede ser. No lo había pensado, puede ser.
La mejor orgía de la literatura

— ¿Vos leíste El entenado, de Saer?
— Sí claro, por supuesto.
— Porque en tu novela hay un homenaje hermoso a El entenado.
— Claro que sí. En esa novela se puede leer la mejor orgía de la historia de la literatura. Para mí realmente es la mejor orgía, es fascinante. A mí me parece como una escuela de escritura. Yo la releí obviamente varias veces para escribir esa escena y no tiene ningún guiño directo pero sí tiene como la temperatura.
— El espíritu, sí.
— El espíritu, totalmente.
— Luego de ese fenomenal apareamiento colectivo del que hablamos, está la escena del nacimiento de los gazapos, las crías de los conejos. Y ahí aparece la cuestión de la paternidad, que también sobrevuela en otros momentos. Por ejemplo, en la página 89, se describen los nacimientos de los gazapos, aparece una imagen que es muy hermosa en la que Copito dice: “Cómo habíamos hecho hasta ese día para sobrevivir cuando no estaban ellos. Cuando no existían esos gazapos. No sé.” Y me pareció que ahí, de alguna manera se trasladaba un poco lo que tiene que ver con tu propia paternidad. Sos padre de hijos chiquitos, se hace difícil que no transmitir algo de lo que le está pasando si uno habla de esas cosas.
— Sí. Eres probablemente la primera persona que me pregunta esto y ha sido un tema muy importante en la escritura del libro, ¿no? Porque utilizar animales, al margen de toda la dimensión política y de toda esa tradición animalística y tal, te permite conectarte con sentimientos muy primarios de ti mismo y proyectarlos. Es muy bonito; es cierto que, sobre todo, en ese episodio, cuando nacen todos los gazapos, hay una sensación de amor y angustia mezclada. Amor y miedo. Amor y pánico. Amor y odio, amor y desconocimiento y pérdida de identidad por completo, ¿no? Todas esas cosas.
— Hablando de la presencia del yo o de la biografía, leí en una entrevista que te hizo Daniel Gigena comentarios muy interesantes acerca de la autoficción o la literatura del yo. Tu propuesta es completamente diferente a esos géneros de los que se avizora un agotamiento, luego de la explosión. Incluso cuando practicás la biografía, como en Vida de Guastavino y Guastavino, en tu caso, hay claramente una voluntad de escritor de hacer algo distinto, ¿es así?
— Sí, o sea, primero por mi propia supervivencia como escritor. Quiero decir, no podría estar haciendo el mismo tipo de libro todo el tiempo porque moriría de tristeza. Moriría de profesionalismo, digamos. Me convertiría en un escritor profesional, que no hay peor cáncer en la literatura que el escritor profesional. Sería terrible. Perdería todo. Quiero decir, es curioso, la desconfianza en la ficción que se produjo ya en esta década y pico que llevamos de literatura del yo y de la autoficción y curiosamente yo pensaba que era un género que se iba a aniquilar a sí mismo antes y, sin embargo, lo que ha hecho es como estas especies invasoras. Es como en Madrid, por ejemplo, que hay una cotorra que no sé de qué país viene, centroamericano, es una cotorrita así verde, enana, que se ha merendado a todos los pájaros de Madrid, directamente. Ahora solo hay cotorritas de esas verdes. Son súper agresivas y tal. Entonces la literatura de la autoficción y la literatura del yo es como la cotorra esa, ¿no? Se ha merendado todo. Es como si no fuera posible hacer una narrativa que no estuviera vinculada a la literatura del yo o a la autoficción o tal ¿no? Las únicas escapatorias eran las literaturas de género: el género fantástico, la literatura de terror, en fin, la biografía. Todo ese tipo de géneros en mundos encapsulados.
— Ya abordaste la literatura de fantasmas también, en tu novela El último día de la vida anterior.
— Claro, fíjate, yo estoy huyendo, huyo de la muerte (risas).
— De la cotorrita (risas).
— La cotorra esa que come todo. Y, entonces, pues, es una forma de sobrevivir a esa literatura que me parece la muerte. Y aparte ya estoy totalmente aburrido de leerla, de leer libros iguales ¿no? Son todos iguales. Aparte ha sido un patrón generado por cánones gringos muchas veces, que se han transferido a Europa y a muchos autores latinoamericanos. Esa especie de literatura de autoficción que tiene como un poquito de ensayo, un poquito de ficción, un poquito… Ay, Dios. Están hechos a patrón, los libros. Una sensación de aburrimiento de saber todo el rato lo que viene todo a continuación.

— ¿Y sentís que esa tendencia en la literatura realmente se está agotando?
— No lo sé. Pero la gente al final dejará de leer por aburrimiento. No porque quiera dejar de leer sino porque realmente casi todo es como si no sintiéramos. De eso la prensa también es muy responsable, yo no era tan consciente.
— Explicame un poco cómo sería esa responsabilidad, es decir, como sería esa relación entre la prensa y la literatura del yo.
— Yo creo que la literatura del yo y la prensa han sido cómplices, como el mundo de las redes. Digámoslo así: nuestro siglo XXI ha favorecido mucho la literatura del yo porque genera una lectura morbosa. O sea, una lectura que no favorece ni el deseo de conocimiento ni el placer estético, sino el morbo. Y esa deriva hacia la morbosidad también es una deriva propia de la prensa del siglo XXI. Y creo que en eso se han retroalimentado y la prensa ha favorecido toda esa literatura que generaba un clickbait fácil, que tenía que ver precisamente con esa lectura morbosa y que genera también un tipo de velocidad morbosa, de consumo de la literatura, de la literatura como un bien comercial vinculado a ese sentimiento del morbo propiciado por la literatura del yo.