
La Antártida, ese vasto y gélido continente en el extremo sur del planeta, ha fascinado a exploradores, científicos y aventureros durante siglos. Su corazón, el Polo Sur, permanece como uno de los sitios más inhóspitos de la Tierra: temperaturas que pueden superar los -60 °C, vientos cortantes y una monotonía blanca que puede quebrar incluso la voluntad más férrea.
Sin embargo, fue precisamente este escenario el que se convirtió en el escenario de la mayor hazaña de la exploración polar: la llegada de Roald Amundsen al Polo Sur en 1911, convirtiéndose en el primer ser humano en lograrlo.
El nacimiento de una vocación polar

En Noruega, los inviernos son tan largos y fríos que forjan el carácter. En ese ambiente, el joven Roald Amundsen creció con una obsesión inusual: dormía siempre con la ventana abierta, imaginando los paisajes polares más extremos. La decisión de convertirse en explorador llegó pronto, pero su destino quedó sellado cuando, a los dieciocho años, asistió a una conferencia de Fridtjof Nansen, el gran héroe nacional que había cruzado Groenlandia y soñaba con conquistar el polo norte. “Aquel encuentro lo marcó para siempre”, señaló National Geographic.
Desde entonces, Amundsen dedicó cada segundo de su vida a la exploración polar, pasando de la imaginación a la acción al enrolarse en barcos que surcaban los territorios desconocidos del Ártico y la Antártida.
Su primera experiencia real llegó en 1897, cuando se unió a la expedición del ballenero Bélgica, dirigida por Adrian de Gerlache. El barco quedó atrapado en los hielos antárticos durante trece meses, sumiendo a la tripulación en la desesperación. No obstante, Amundsen y el médico Cook mantuvieron la moral, estudiando soluciones y planificando, convencidos de que cada minuto allí representaba una lección para futuras misiones. “Todo lo que aprendí en ese encierro fue crucial para lo que vendría después”, escribió el explorador en sus memorias.
Del Noroeste al sueño polar

Tras regresar de la Antártida, Amundsen se propuso un desafío que había frustrado a exploradores durante siglos: cruzar el Paso del Noroeste, la ruta marítima que conecta el Atlántico con el Pacífico a través del Ártico canadiense. El 16 de junio de 1903, partió en el pequeño velero Gjoa. Durante más de dos años, la expedición luchó contra los hielos, pero finalmente, en agosto de 1906, lograron completar el paso. La llegada a Nome fue apoteósica y Amundsen se consagró como explorador de primera línea.
Sin embargo, la ambición de Amundsen no conocía límites. Su nuevo objetivo era el polo norte, y para ello necesitaba el legendario barco Fram, utilizado por su ídolo Nansen. Gracias a la generosidad de este último, Amundsen obtuvo el navío y logró financiar la expedición tras una agotadora gira de conferencias por Europa. Pero antes de zarpar, una noticia sacudió el mundo de la exploración: el Dr. Cook —su antiguo compañero en el Bélgica— y Robert Peary reclamaron la conquista del polo norte. Amundsen, frustrado, vio cómo su sueño de ser el primero se esfumaba.
“¿Por qué no intentas el polo sur?”, le sugirió el propio Cook. Así, en un giro silencioso, Amundsen cambió de planes y mantuvo el secreto sobre el verdadero destino de la expedición incluso ante su propia tripulación. Solo en la isla de Madeira, tras zarpar rumbo a lo desconocido, reveló la verdad: el Polo Sur sería el objetivo. Los hombres aceptaron el desafío y la carrera contra la expedición británica de Robert Scott estaba en marcha.
La conquista del Polo Sur: una hazaña sin precedentes

El 18 de enero de 1911, mientras los británicos de Scott terminaban de instalar su base,Amundseny los noruegos desembarcaban en laBahía de las Ballenas, el punto de partida de una ruta larga y peligrosa. “Todas las decisiones tomadas por Amundsen fueron acertadas, desde el punto de inicio, la base invernal, la elección de perros y esquíes, hasta el cálculo exacto de provisiones”, subrayó National Geographic.
La expedición noruega avanzó con eficiencia. El uso de perros, la organización de depósitos de provisiones y la adaptación de vestimenta de pueblos esquimales marcaron la diferencia. La travesía hacia el sur fue tan brutal como monótona, expuesta a temperaturas extremas y una soledad abrumadora. Pero el equipo mantuvo el ritmo y la moral.
El 14 de diciembre de 1911, Amundsen y su grupo alcanzaron el Polo Sur, plantando la bandera noruega en uno de los lugares más inhóspitos del planeta. Casi un mes después, Scott y su equipo llegaron solo para descubrir, desolados, que habían sido superados.
En su diario, Scott escribió: “¡Dios santo! Es un lugar espantoso, y más para nosotros que hemos sufrido horrores para llegar hasta aquí sin obtener la recompensa de ser los primeros”.
Mientras tanto, Amundsen reflexionó en sus memorias sobre el logro con una sinceridad inusual: “Seguramente nunca un hombre se ha enfrentado, como me pasaba a mí, al hecho de haber alcanzado algo diametralmente opuesto a aquello con lo que ha soñado. Las regiones del polo Norte —sí, el mismísimo polo Norte— me habían atraído desde mi juventud, y heme aquí, en el Polo Sur, ¿Cabe imaginar mayor despropósito?”.
El legado de Amundsen

Tras su hazaña en la Antártida, Amundsen no detuvo su búsqueda de nuevos desafíos. Intentó conquistar el polo norte nuevamente, esta vez por aire. En mayo de 1925, una expedición en hidroavión fracasó a solo 250 kilómetros de la meta, pero la perseverancia del noruego se mantuvo intacta.
Finalmente, el 12 de mayo de 1926, Amundsen, junto al ingeniero italiano Umberto Nobile, sobrevoló el polo norte en dirigible, convirtiéndose en el primer hombre en haber estado en ambos polos de la Tierra.
La última gran aventura de Amundsen ocurrió en 1928, cuando desapareció en el Ártico durante una misión de rescate para salvar a Nobile, cuyo dirigible había sufrido un accidente. “Sólo deseo que la muerte me llegue de una forma digna, mientras cumpla una gran misión, rápidamente y sin dolor”, confesó poco antes de su desaparición.