La felicidad de Roberto Moldavsky en Buenos Aires, en pleno reestreno de su espectáculo en el teatro Apolo (Gustavo Gavotti)

Roberto Moldavsky era un comerciante como tantos otros del barrio de Once cuando se anotó en un curso de stand up y empezó a grabar videos para eventos familiares. Lo hacía en colaboración con su hijo Eial, con quien sigue trabajando hasta hoy, sin saber del todo bien lo que quería. Pero al ver la reacción de la gente se dio cuenta de que algo pasaba. Nosotros no estamos lejos de los medios, del teatro, de todo eso, lo que pasa es que nadie nos vio”, repetía, entre el optimismo y la resignación. No pasó demasiado tiempo y estaba estrenando su unipersonal en el teatro Apolo de calle Corrientes. Y antes de que se abriera el telón, Eial lo miró y largó la frase que sintetiza todo este tiempo: “Bueno, nos vieron…”.

A casi diez años de aquella escena, Roberto Moldavsky recibe a Teleshow en un enero porteño y ciclotímico. Entre asfaltos bochornosos, notorios descensos de temperatura y lluvias que gambetean a los pronosticadores, el actor vive su propio microclima al compás de Salud, Moldavsky y Amor, el reestreno de su espectáculo en el Apolo de siempre. Durante, al menos, los próximos tres meses, y con funciones de jueves a domingo, su foco pasará por la relectura de un ciclo en permanente construcción, permeable a correcciones de último momento. “Como sabrán, en los últimos días pasaron algunas cosas en el mundo, así que el show va a estar bastante variado”, explica sin perder ironía. Y no se trata de un truco de un vendedor del Once. La caída de Nicolás Maduro en Venezuela no puede quedar afuera de alguien que, como pocos, supo surfear la grieta del humor político. Y esa es apenas una de las puertas de ingreso a su espectáculo.

Moldavsky se presenta de jueves a domingo en el teatro Apolo (Gentileza Prensa)

Mientras Roberto construye con su equipo casi en tiempo real, ya piensa en lo que vendrá. El show se sostiene en un esqueleto sólido que permite una ventana a la improvisación y a una versión libre de la observación participante. “Cada función es distinta”, asegura, y acá el vendedor se fusiona con el sociólogo de la mirada aguda. Cuando las luces se apagan, Moldavsky está escondido, escudriñando el lenguaje gestual de su público. “Sabemos qué pareja tiene su primera cita y cuáles son matrimonios que llevan años”, dice, revelando algunos trucos, desoyendo la máxima de los magos, sabiendo que en este ejercicio no tiene competencia.

Es que en el relato zigzagueante por su vida que propone el humorista –por momentos apasionado, por otro más reflexivo- uno cae en la cuenta de que en el escenario, como en la vida, conviven todos los moldavskys posibles. “El standapero tiene mucho de sociólogo, del tipo que trata de ver lo que pasa en las personas, los grupos o las parejas y transmitirlo de otra manera. Y el vendedor es un gran actor o actriz, que tiene que seducir a cada cliente, que además es un desconocido. Es un oficio que aprendí de mi viejo, a quien vi vender de todo”.

Así abre la puerta a la familia, otro de los pilares que aparecen en este recorrido. Sobre todo a sus hijos, Eial y Galia, su gran orgullo, quienes hace rato ya que vuelan con alas propias. Son apoyo y fuente de consulta –en él a la hora de armar y corregir un show, en ella como suerte de consejera generacional y feminista- pero también hábiles espadachines para poner a prueba el disenso. “En muchas cosas no pensamos distinto, y eso está bueno”, corrobora.

Verano porteño: Roberto Moldavsky durante la producción de fotos con Teleshow (Gustavo Gavotti)

Así, de entrecasa, en chancletas y con una amabilidad al servicio de cada detalle, Moldavsky se dispone a hablar de todo. «Confesiones del top top top del humor» podría ser un título tentativo, solo para ingresar a la charla a uno de sus mentores, Gustavo Yankelevich. Un apelativo que en un momento le daba pudor y que aprendió a hacerse cargo. Y aquí aparece la gratitud, otra línea innegociable en su vida. Una galería de ilustres desfilan también Jorge Schussheim, Fernando Bravo, Gerardo Rozín, Jorge Lanata, entre tantos otros.

“Yo soy convencido que a veces tenés que estar en el momento exacto, en el lugar exacto y necesitás suerte”, recapitula recostado en el sillón de su living. “Yo me crucé con Gustavo Yankelevich y me cambió la vida. Es verdad que tenés que aportar tu talento y trabajo, pero también tenés que tener la suerte de que pasen cosas inesperadas que te llevan a donde no pensabas”, dice el joven que vivía en un Kibutz y se enamoró de la Sociología casi por accidente. O el humorista de entrecasa que se permitió soñar a lo grande. O el vendedor que se sentía asfixiado en el frenético mundo del Once y sin saberlo se estaba preparando para conquistar la calle Corrientes.

—¿Por qué reestrenar ahora en Buenos Aires? Si bien ya no es la ciudad desierta de otra época y es también un destino turístico, tiene mucho menos movimiento. Late en otra sintonía.

—Nosotros hicimos esta aventura hace unos años, con la gente del Teatro Apolo con quien trabajo hace nueve años y tenemos una relación de hermandad. Como dice Riquelme, es el patio de mi casa. Hacíamos temporada en Mar del Plata o Punta del Este y un año surgió esta idea de probar en Buenos Aires con ese público que viene del interior, con el que por ahí no le dio para irse y quiere darse un gusto. Y nos fue increíble y ahora tengo muy buenas expectativas con lo que pueda pasar.

Roberto Moldavsky a solas con Teleshow: entre la reflexión y la pasión por su oficio (Gustavo Gavotti)

—¿Recordás cuál fue ese momento inesperado en el que te volviste masivo? Las biografías te ubican en la tele en 2016, diez años que parecen mucho o poco según se lo mire.

—Sí, en 2016 con Gerardo Rozin que me lleva a Morfi. Pero el primero que me ve es Jorge Schusseim, un genio. Yo era el último de doce de un video de stand up, mirá lo que vio el tipo. Y consigue mi teléfono y me llama. El segundo fue Gustavo Yankelevich, que dijo que lo mío era para calle Corrientes. También Seba Wainraich me iba a ver y me decía: “Dejá el Once y dedicate a esto”, así que siempre le echo la culpa a él. Pero ya lo estaba pensando. Tenía 50 años, dos hijos, un negocio que funcionaba. Tenía que encontrar el motivo para dejarlo y arriesgar. Y ahí aparece otro personaje clave, que es Fernando Bravo, que me lleva a la radio.

—¿Te costó tomar la decisión?

—Yo no lo tenía en mi radar. Sí necesitaba algo para salir del Once y olvidarme del comercio, del cheque rechazado, de la campera con una manga más corta que la otra, del cierre que no sube. Y en esa búsqueda, a veces sin querer, aparecen las cosas, como en este caso apareció un curso de stand up y después vino todo lo demás.

—No sé cómo lo veías vos, pero era un momento particular del humor. El auge del stand up, la reescritura de los códigos y los límites, la grieta política ya instalada. Y da la sensación de que vos transitaste bien esas aguas bastante tormentosas. ¿Hay una fórmula?

—Desde el punto de vista del cambio al nuevo mundo, imaginate que yo soy generación dictadura militar. Vengo una cabeza partida, de revisiones, de censura, de no ver ni hablar, de mucho machismo. Con esto no me excuso, pero tenés que hacer una movida con los años para ir entendiendo los cambios que se dan. En eso tus hijos te ayudan siempre, y siempre le pido a Galia que vea la primera función y me diga si tengo que tener cuidado con algo. Por otro lado, yo sé que no voy a hablar con la e. Yo no soy amigues, tengo una capacidad de adaptación hasta ahí. De todas maneras, como lo que está pasando me parece bueno, no me cuesta tanto acompañarlo y me puedo adaptar con gusto porque entiendo que el chiste de la suegra ya no va. Y está bueno que así sea.

La música, un elemento clave en el espectáculo de Moldavsky (Gentileza Prensa)

—¿Y con el humor político cómo te llevás? Trabajaste con Jorge Lanata por ejemplo, otro de estos nombres importantes que marcaron tu carrera.

—Sí, tuve la suerte de poder decir que laburé con Jorge. Cuando él ya hacía el programa en la casa, iba media hora antes para hablar de cualquier tema. Lanata arrancó en Página/12 y terminó en Radio Mitre, y esto lo hablé con él, porque muchos le echaban en cara esa vuelta periodística. Pero eso es lo rico de este tipo que conoció los dos lados del mostrador, y que como periodista era una bestia. Yo hago humor político y una vez me vino a ver Pinti y me dijo una frase que me quedó grabada: “Si de algún lado no te putean, estás haciendo algo mal”. Yo paso de kuka a gorila, a genocida por lo de Israel, pero me entra una idea y yo le pego a todos, no estoy esperando si tiene que ver con lo que yo pienso o no. Eso es el humor político.

—Contaste que te van a ver muchos políticos.

—Sí, es que el problema no son los políticos, son los seguidores, que son más papistas que el papa. Yo en una época la bardeaba a Patricia Bullrich con una cosa rarísima que había dicho de los aviones, y ella estaba en el teatro matándose de risa. Pero después un seguidor de Patricia, cuando escucha el spot en la radio, me escribe: “Kuka…” y viene la puteada. Y al revés pasa lo mismo.

—¿Y qué te pasa con Javier Milei y ese perfil histriónico, su pasado mediático? Te da mucha letra imagino.

—Siempre los que están en el poder te dan más letra porque actúan, hablan, tiran discursos. Pero Milei es una bendición. Ojalá que le vaya bien al país, que la gente le vaya bárbaro, pero sacando eso, este hombre y su banda de políticos trajeron una renovación. Los humoristas más grandes me dicen que desde Menem que no aparecía alguien que deje tanto material. Igual es un ratito del show, son unos minutos, porque me gusta y, como también me dijo Pinti, el humor es una manera de cerrar la grieta.

Roberto Moldavsky de cara a un nuevo desafío en Buenos Aires (Gustavo Gavotti)

—¿Cómo te llevás con las críticas y las agresiones?

—Siempre hay gente que te acomoda en la palmera. Una vez, durante un reportaje radial con Fernando Bravo y uno de los hijos de Tato Bores, yo me quejaba de los haters. Y él me dijo algo que me acuerdo bien claro: “A Tato le pusieron una bomba en la ventana de la casa, lo prohibieron los militares, y vos te calentás por 20 boludos anónimos que te putean?”. Esas cosas me van fortificando para entender que, por más que me pegan, tengo que seguir por ahí. La mayoría del show es sobre otros temas, pero me gusta ese rato donde descubro que la gente se ríe de lo mismo que votó.

—¿Tuviste que trabajar esa indiferencia?

—Hablé mucho del tema con otros famosos que te dicen que no hay que darle bola y después los veo contestar (risas). Lo que sí hay que hacer, y es algo que hablo mucho con mis hijos, es ver que la mayoría de la gente te trata bien. Se ha dicho mil veces lo mismo, te putean en las redes, pero después, cuando te ven en la calle, te dicen que sos un genio. Sí me llevó tiempo entender que no todos se tienen que reír de lo que yo digo, así como a mi no me da risa todo lo que veo. Otra cosa es el agresivo de las redes, el que te dice “gordo, judío”, ese no quiere hablar de tu trabajo, quiere tratar de herirte.

—¿Y qué te pasa cuando son tus hijos los que reciben las agresiones? Que muchas veces tienen que ver con que son hijos tuyos más que por lo que dicen o hacen en sus respectivos trabajos.

—Justo lo hablamos el otro día en una cena. Cualquier cagada que se mande alguno de los tres, la pagamos los tres. O es “el boludo de tu papá” o son “los boludos de tus hijos”. Porque ahí se mezclan varias cosas, y hasta cierta envidia natural que pueda tener una persona. Yo conozco a mis hijos, son buena gente, que pueden hacer alguna cagada, pero gente de buen corazón. A veces, el contexto se arma para que vos quedes medio atrapado. Por ahí no dijiste nada, pero te ponen la música, te arman el recorte y es un combo fatal. O los programas tienen códigos internos que entienden los oyentes pero todos los demás no. Es muy complicado. En esa charla les dije: “Este es el pack. Decidamos si lo compramos o no, pero viene todo junto”.

Roberto Moldavsky con sus hijos Galia y Eial, sostenes y compañeros de vida

—Y están los tres de acuerdo en eso.

—Sí, viene todo. Y a ninguno nos gusta pasarla mal. Galia tuvo un tema cuando estaba en Blender, que se bajó de uno de los programas por los haters, que eran mayoría de chabones bardeándola. Lo que digo es que tampoco es gratis esto.

—¿Y aún en ese caso de Galia, que fue más grave que algún insulto ocasional, lograste mantener esa postura de no engancharte?

—Me da ganas de escribirle a uno: “Hijo de puta, te quiero ir a buscar y matar”. Claro que me da ganas, pero después ves que cuando los buscás a ver quiénes son, no tienen nombre. Son números. El tema de los haters se viene manejando a nivel político hace años y de distintos gobiernos, y parece que están todos esperando que el que votó distinto que vos se mande una cagada.

—Para volver al principio de la charla y al presente de tu trabajo, te quiero preguntar por el título de la obra. ¿Por qué Moldavsky ocupa el lugar del dinero en la típica frase del brindis?

—Nosotros lo planteamos desde el lugar de que salud y amor es lo que necesitás y el dinero es un comodín. Ponele lo que quieras. Puede ser dinero, como también sexo, viajes, familia, que cada uno elija su Moldavsky y arme la frase que quiera.

—Y en esta vida que acabamos de recorrer, con tantos vaivenes y reinvenciones. ¿Qué lugar ocupa el dinero?

—Cuando estudiaba Sociología, había una materia optativa que se llamaba así: El dinero. Y me abrió la cabeza. En ese momento vivía en un kibutz en Israel, que es como una sociedad cooperativa donde todos teníamos lo básico: casa, comida, luz, gas, pero no teníamos guita. Una especie de clase media, pero compartida. Entonces, aprendí una vida sin tanto componente material, porque se creó con la idea de que si le corrés la variable económica, la gente puede ser feliz. Yo te soluciono esta parte, vos laburá, sé creativo. Antes vivía en Argentina, una familia de clase media muy tranquila. Después en el negocio y en la vida me fue mejor. Pero salvo que no llegues a fin de mes, porque eso ya es otra cosa, sé que el dinero en sí no hace la felicidad. Conozco tipos de mucha guita, pero de mucha guita, que son unos infelices. A mí me parece que el dinero es un método de cambio, sirve para comprarte algo, para hacer un viaje, para ir a comer a un lugar, para ayudar a alguien, Pero en sí mismo no vale nada. Entonces, me llevo bien con la guita, me va bien, soy cuidadoso, pero la disfruto. Entiendo que no es un tema de guardarla eternamente o estar en una carrera detrás de no sé qué. Y eso es lo que aprendí en la universidad, porque venía de una sociedad muy cooperativa y después pasé al Once, donde el dinero era el único tema de conversación. Y llegué mejor armado.