
Hay un momento, alrededor de los veinte años, en el que tomamos una cantidad enorme de decisiones sobre cómo va a ser nuestra vida adulta. Dónde queremos vivir, de qué queremos trabajar, qué tenemos que estudiar, cómo imaginamos nuestra situación económica y cómo vamos a sostenerla. Con quién queremos compartir nuestros días, si vamos a tener hijos o no. Las respuestas pueden ir cambiando, podemos fracasar en los intentos, pero sabemos que la vida adulta se diseña. Son decisiones que se toman cuando todavía somos muy jóvenes y que, por décadas, marcarán casi todo nuestro recorrido.
Durante mucho tiempo se creyó que ese camino proyectado llegaba más o menos hasta la jubilación, alrededor de los sesenta o setenta. Después, descanso, retiro, cierre. Pero algo cambió.
Hoy nos dicen —y los datos lo confirman— que después de ese punto de llegada, se abren nuevos caminos. Vamos a vivir casi otra vida adulta completa: treinta, cuarenta años más. Una etapa entera que no estamos pensando, ni diseñando, ni preparando con la misma seriedad con la que pensamos la primera.
¿Por qué dedicamos meses a planificar un viaje, una boda o una fiesta importante y no invertimos tiempo ni energía en pensar cómo queremos que sea el período de nuestra vida que, de ahora en adelante, puede convertirse en el más largo de todos? Si vamos a vivir más, ¿no deberíamos también vivir mejor esos años?
Estas no son respuestas cerradas ni fórmulas mágicas. Son algunas reglas de oro —once, porque los decálogos son parte del siglo XX— que no pretenden ser definitivas. Todo está en construcción, todo se sigue pensando, porque la nueva longevidad es un descubrimiento cotidiano. Pero de algún lado hay que empezar.
Y tal vez este pueda ser un buen punto de partida.

1. Elegí cómo querés vivir
Llegar a esta etapa es haber aprendido algo fundamental: el tiempo es finito y la energía también. Elegir cómo querés vivir hoy no es un gesto grandilocuente, es una forma de inteligencia vital. Supone aceptar que no todo merece el mismo esfuerzo, que no todas las batallas valen la pena y que decir que no —a veces— es una forma de cuidado.
Durante gran parte de la vida estuvimos disponibles para otros. Para el trabajo, la familia, los hijos, las urgencias ajenas. La empatía, la compasión, la generosidad y la gratitud pueden seguir siendo motores potentes, pero ya no al precio de desaparecer. Elegir cómo querés vivir esta etapa implica permitir que esos valores convivan con algo igual de importante: reconocerte como protagonista de tu propia historia, no solo como sostén de la de otros.
Afinemos la brújula. Es el momento de prestar más atención a qué hacemos con nuestro tiempo, a pensar qué vínculos y actividades te dejan con más aire y cuáles te drenan. Elegir cómo vivir no es cambiar todo de golpe, sino empezar a habitar tus días con más conciencia: sabiendo que cada gesto construye un relato y que ese relato, con los años, se vuelve identidad.
2. Cuidá tus amistades: la red te sostiene
Estar sola o solo puede ser una elección valiosa. La soledad no deseada es otra cosa: nadie registra tu ausencia, el mundo sigue sin vos y a nadie le hace ruido. En la vejez, esa invisibilidad no siempre llega de golpe; suele instalarse de manera silenciosa, a medida que los vínculos se debilitan o se postergan.
Las amistades y los grupos no son un complemento emocional, son estructura. No hace falta la pareja ni la amiga o el amigo de toda la vida. Solo esa persona querida, ese conocido, esa vecina, que sostienen la conversación, el humor, la ayuda práctica, la mirada que nos devuelve quienes somos. En una vida larga, la red no es un lujo: es una forma de salud.
La red se sostiene con presencia, con contacto regular, con espacios compartidos que no dependan solo del ánimo del día. Vivir esta etapa con otros no significa estar acompañados todo el tiempo, sino saber que hay alguien que está. Y es también una manera de seguir estando en el mundo, de no quedar reducidos al espacio privado de la casa.

3. Diseñá una vida en comunidad
El lugar donde vivimos no es neutro. La casa, el barrio, el entorno pueden acompañar la vida o ir achicándola de a poco. Escaleras imposibles, distancias largas, calles vacías, rutinas cada vez más encerradas puertas adentro, terminan reduciendo el mundo, incluso cuando todavía hay ganas de estar afuera.
Diseñar una vida en comunidad no es resignar intimidad ni independencia. Es entender que el entorno también cuida. Vivir donde haya cruce humano, cercanía, posibilidad de encuentro. Una calle que se camina, un vecino que saluda, un espacio compartido, un barrio vivo. La comunidad no resuelve todos los problemas, pero amortigua los golpes y previene el aislamiento.
No es solo la casa: es también el entorno. El proyecto de vida se construye más allá de nuestras cuatro paredes. ¿Qué tan fácil es salir, encontrarse, pedir ayuda, volver? Diseñar comunidad no siempre implica mudarse, pero sí elegir conscientemente dónde y cómo habitar: acercarse a otros, abrir rutinas, formar parte de algo que no termina en la propia puerta.
4. Tomá decisiones económicas a tiempo
Hablar de dinero suele generar incomodidad, pero en la vejez el silencio tiene consecuencias. La falta de decisiones económicas claras no solo afecta el bolsillo: condiciona dónde vivimos, cómo nos cuidamos y cuánta libertad real tenemos. No se trata de tener mucho, sino de no quedar a merced de decisiones ajenas cuando el margen de maniobra se reduce.
Ordenar y planificar no es sinónimo de acumular ni de volverse experto en finanzas. Es asumir que el dinero también forma parte del proyecto de vida. Pensarlo a tiempo permite sostener la dignidad, evitar dependencias innecesarias y tomar decisiones con menos miedo. La autonomía económica no garantiza felicidad, pero la falta de ella suele traer angustia.
Es prioridad saber con qué se cuenta, qué gastos son estructurales, qué márgenes existen y cuáles no. Quiénes podrían sostenernos si necesitamos. Ordenar papeles, derechos, deudas, ingresos —modestos o no, da igual— cambia la relación con el futuro. Planificar no es preverlo todo, sino reducir la incertidumbre para que la vida no quede suspendida en el “después vemos”.

5. Entrená para moverte libre
Durante años se nos enseñó a mirar el cuerpo como algo que hay que corregir, disimular o mejorar. En la vejez, ese mandato pierde sentido. El problema no son las arrugas ni el paso del tiempo visible, sino perder movilidad, equilibrio y autonomía. Un cuerpo que no responde reduce el mundo; uno que responde lo expande.
Entrenar en esta etapa no tiene que ver con el aspecto. Tiene que ver con la libertad cotidiana: poder levantarse sin ayuda, caminar sin miedo, cargar bolsas, viajar, bailar, sostener la propia vida sin depender de otros. El cuerpo no está para agradar, está para acompañar.
Entrenar fuerza, equilibrio y flexibilidad permite que el cuerpo siga siendo aliado. No se trata de intensidad ni de rendimiento, sino de continuidad. Un cuerpo cuidado no promete inmortalidad, pero sí más autonomía y más mundo disponible.
6. Hacete cargo de tu bienestar
Se acabó el tiempo de dejarlo relegado al último lugar de la lista. Dormir poco, comer mal, vivir acelerado parecían parte del precio a pagar por cumplir. Ser productivos, ser eficientes, era más importante que sentirnos bien.
Hacerse cargo del bienestar no es un lujo ni una moda. Es entender que vivir más años exige otra relación con el tiempo, el descanso y el cuidado cotidiano. Dormir bien, alimentarse mejor, bailar, caminar. Reírnos. Reconciliarnos con la lentitud. Ya no hay urgencias, hay momentos que merecen ser disfrutados.
Hoy podemos desacelerar. Respirar conscientes, escuchar al cuerpo cuando pide pausa, respetar el sueño —es un pilar, no un premio—, comer para nutrirse y no solo para llenar. Vivir más lento no es resignarse: es elegir un ritmo que permita disfrutar lo que todavía está vivo.

7. Tomá decisiones sobre tu cuidado
La fragilidad no es una excepción en la vida larga: es parte del recorrido. A veces aparece como una enfermedad, otras como cansancio, una caída, una racha difícil. Negarla no la evita; solo hace que, cuando llegue, todo se vuelva improvisación, urgencia y culpa. Y eso suele recaer, casi siempre, sobre los mismos cuerpos. No queremos a nadie en nuestra casa, hasta el día que sea inevitable. Creemos que nunca vamos a tener que pedir ayuda, y de pronto sucede.
Organizar el cuidado es pensar con lucidez. Es asumir que cuidar y ser cuidado forma parte de la vida, y que decidir a tiempo preserva la dignidad propia y alivia a quienes nos quieren. El cuidado pensado no quita libertad; al contrario, la protege.
Hablemos del cuidado a tiempo, para diseñarlo. Poniendo en palabras preferencias, límites, acuerdos posibles. Aceptando que pedir ayuda no es fracaso, sino una forma adulta de sostener la autonomía. Organizar el cuidado es seguir estando en la escena, incluso cuando el cuerpo pide más apoyo.
8. Alivianá el equipaje
Vivir muchos años implica acumular: objetos, historias, mandatos, culpas, versiones de uno mismo que ya no encajan. Llega un momento en que todo eso pesa más de lo que abriga. No solo ocupa espacio físico, también ocupa energía mental y emocional.
Alivianar no es deshacerse del pasado, es ordenarlo. Elegir qué vale la pena conservar y qué puede circular o terminar. Soltar no empobrece la vida: la vuelve más liviana. Y la liviandad, en la vejez, es una forma concreta de bienestar.
Es la época de pensar con qué nos quedamos. Qué sirve, qué acompaña. Tomar decisiones que también alivien a los que alguna vez tendrán que hacerse cargo de lo que dejamos. Miremos lo acumulado —material y simbólico— y preguntémonos qué sigue teniendo sentido. Alivianar el equipaje es empezar a soltar aquello que ya no acompaña la vida que hoy querés vivir.

9. Sostené la curiosidad
Este poderoso motor de una vida larga no necesita grandes pasiones ni proyectos épicos: necesita preguntas. Ganas de aprender algo nuevo, de interesarse, de probar, de mirar el mundo con atención renovada.
Cuando la curiosidad se apaga, la vida se vuelve repetición. Los días empiezan a parecerse demasiado entre sí y el futuro se achica. En cambio, cuando se sostiene la curiosidad, aparece algo profundamente vital: el deseo de seguir estando en el mundo.
Mantengamos abiertas las preguntas. La curiosidad es un susurro permanente que nos da permiso para aprender, para empezar de nuevo. No exige talento ni resultados, sólo disponibilidad. Y esa disponibilidad, incluso en pequeñas dosis, mantiene viva la relación con la vida.
10. Poné la salud mental en el centro
Durante mucho tiempo se naturalizó que envejecer era volverse triste, apagado, irritable o solo. Como si el cansancio emocional, la angustia o la falta de ganas fueran “cosas de la edad”. No lo son. Son señales. Y cuando se confunden con el paso del tiempo, se dejan de escuchar.
La vida larga trae pérdidas, cambios, duelos visibles e invisibles. Personas que ya no están, roles que se terminan, cuerpos que responden distinto. Cuidar la salud mental no es dramatizar ni victimizarse: es reconocer que la cabeza también envejece, se cansa, se sobrecarga. Y que atenderla es una forma concreta de seguir viviendo mejor.
Es el momento de legitimar lo que nos pasa. Hablando de lo que duele sin vergüenza, pidiendo ayuda cuando hace falta, buscando espacios de escucha reales. No todo se resuelve con voluntad ni con buena actitud. Una mente cuidada no elimina los problemas, pero permite atravesarlos con más claridad, menos soledad y menos miedo.

11. Elegí cómo querés morir
Hablar de la muerte incomoda porque nos enfrenta a un límite que preferimos esquivar. Pero en una vida larga, no nombrarla no la hace desaparecer de la escena: solo la vuelve más caótica cuando llega. Elegir cómo querés morir no es una provocación ni una obsesión oscura. Es una forma de cuidar la vida mientras está ocurriendo.
Durante años tomamos decisiones importantes por otros y para otros. ¿Por qué dejar esta en manos ajenas, que deberán tomarlas a las apuradas, en contextos de miedo y dolor? Pensar el cierre con tiempo es una forma de soberanía: permite que el final no borre todo lo anterior y que la despedida no sea un desorden emocional para quienes quedan.
Pensemos la propia muerte como parte de la vida. Rompamos el tabú y pongamos en palabras lo que antes se evitaba. Dejemos por escrito qué sí y qué no, qué importa y qué no importa tanto. Decisiones grandes o pequeñas. No es un testamento: es una lista de deseos. Quién se quedará con tu libro preferido. Cómo queremos ser despedidos. Dónde están los documentos que facilitarán las cosas a los que te rodean. Qué decisiones médicas pueden tomar sobre tu cuerpo. Elegir cómo querés morir, lejos de adelantar el final, le quita peso.
Solo te queda disfrutar lo que viene.