En América Latina se ha instalado una paradoja peligrosa: mientras cada vez más países reconocen la existencia del Cartel de los Soles como una red criminal transnacional, todavía hay líderes políticos que se empeñan en negarlo, como si la negación pudiera borrar décadas de evidencia.
Hoy, cada vez más voces ven a Nicolás Maduro no solo como un dictador que se robó las elecciones, sino como el jefe del crimen organizado en la región. Y, sin embargo, muchos actores insisten en lavarle la cara y, lo que es todavía peor, en promover la narrativa de la dictadura.
La prestigiosa firma Insight Crime ha documentado hasta la saciedad la existencia del Cartel de los Soles: militares venezolanos —con “soles” en sus insignias— fueron señalados durante años por permitir el paso de cocaína a gran escala desde Colombia hacia puertos del Caribe. Con el tiempo, el esquema se sofisticó. La red no solo traficaba drogas: diversificó su portafolio criminal hacia la minería ilegal de oro y coltán, el contrabando de gasolina y la extorsión en la frontera. Lo que nació como un negocio ilícito de algunos oficiales se convirtió en un engranaje dentro del Estado venezolano, cuyo cabecilla principal es hoy Nicolás Maduro.
El peso de la evidencia
Casos judiciales sobran. Hugo “El Pollo” Carvajal, exjefe de inteligencia, enfrentó procesos en España y en Estados Unidos. Clíver Alcalá Cordones, exgeneral y mano derecha de Chávez, se entregó a la DEA. El Departamento de Justicia estadounidense acusó formalmente a Nicolás Maduro y Diosdado Cabello de dirigir esta red como un cártel más, señalándolos de aliarse con el ELN y las disidencias de las FARC para inundar de cocaína a Estados Unidos. Con expedientes, condenas y testimonios tan sólidos, resulta insostenible hablar de invención.
Ante la contundencia de la evidencia, Estados Unidos, Ecuador, Paraguay y Argentina dieron un paso más: declararon al Cartel de los Soles organización terrorista internacional. No se trata de un gesto semántico. Esa designación activa sanciones, congelamiento de activos, cooperación judicial reforzada y, sobre todo, una señal política inequívoca: Venezuela dejó de ser un Estado fallido para convertirse en un Estado mafioso. Ya no se percibe a Maduro únicamente como un dictador, sino también como el jefe de un cartel de drogas.
La recompensa de 50 millones de dólares por información sobre Maduro, anunciada por Washington, refuerza ese mensaje: la cúpula del chavismo ya no es vista solo como un régimen autoritario, sino como una organización criminal que amenaza la estabilidad hemisférica.
El costo humano del Cartel de los Soles
Pero más allá de expedientes y acusaciones, el Cartel de los Soles ha dejado un daño humano irreparable. Miles de personas mueren cada año en Estados Unidos por sobredosis de cocaína y fentanilo que viajan en las mismas rutas controladas por la red. En varias ciudades de América Latina, esa droga alimenta estructuras criminales locales que multiplican la violencia y la inseguridad. Y, como si fuera poco, el saqueo y la corrupción del Estado mafioso han empujado a más de ocho millones de venezolanos al exilio, convirtiéndose en una de las mayores crisis migratorias del planeta.
El Cartel de los Soles no solo enriquece a una cúpula: destruye vidas, corroe instituciones y expulsa pueblos enteros de su tierra.
El coro de los negacionistas
Y, sin embargo, en Colombia el presidente Gustavo Petro asegura que el Cartel de los Soles “no existe”. Que todo es una “construcción narrativa de la derecha internacional”. En Venezuela, incluso algunos supuestos opositores le hacen eco, cuestionando el expediente de Estados Unidos contra Maduro y afirmando cínicamente que no saben “quiénes integran el Cartel de los Soles”.
Resulta grotesco: mientras jueces en Nueva York reciben testimonios de exgenerales chavistas, hay líderes que prefieren taparse los ojos. Pareciera entonces que hay un Cartel de los Soles y un Cartel de los Sapos.
La negación no es inocente. Quien descarta la existencia del Cartel de los Soles está, en la práctica, legitimando a un régimen señalado de usar el narcotráfico como herramienta política. Y ese silencio no es solo complicidad: es la renuncia a cualquier límite moral y ético.
El Cartel de los Soles no es un fantasma inventado para justificar sanciones. Es la consecuencia de un Estado que convirtió la corrupción en sistema y el crimen en política pública. Negarlo es tan absurdo como decir que el narco no existe en México o que las FARC nunca existieron en Colombia.
La pregunta política de fondo es incómoda: ¿por qué algunos necesitan negar una red que hasta sus antiguos jefes reconocen en los estrados judiciales? Tal vez porque admitir su existencia implica aceptar que en Venezuela no gobierna un Estado normal, sino una estructura criminal con bandera y asiento en Naciones Unidas.
El desafío pendiente
El Cartel de los Soles es la raíz del crimen organizado en América Latina, y su epicentro está en Venezuela. Por eso, la presión inédita que hoy ejerce Estados Unidos —y que ya acompañan varios países de la región— no puede quedarse en lo simbólico. Debe conjugarse con una fuerza aún más poderosa: la presión interna de los propios venezolanos, que son quienes más sufren las consecuencias de vivir bajo un Estado mafioso.
Solo de esa combinación —la acción internacional decidida y la valentía ciudadana dentro de Venezuela— podrá nacer una verdadera oportunidad de cambio. El desafío no es únicamente derrotar a un cartel: es desmontar un sistema político que hizo del crimen organizado su razón de ser.