Marte siempre cautivó la imaginación humana. Y más allá de su superficie polvorienta, de tonos rojizos y marcada por montañas colosales, cañones interminables y huellas de agua pasada, lo que más intriga a los científicos no está en su superficie sino bajo ella.
Un equipo internacional de especialistas reveló en un estudio científico publicado ayer en la revista Science, que en el manto marciano se esconden fragmentos gigantescos de la antigua corteza primitiva del planeta, restos que sobrevivieron desde hace 4.500 millones de años.
Son fósiles geológicos atrapados en las profundidades, preservados en estado casi intacto desde los primeros tiempos de Marte.
Lo sorprendente es que esta reliquia interna se formó en medio de un escenario violento, donde impactos colosales y océanos de magma modelaron el destino del planeta.
El hallazgo fue posible gracias a los datos obtenidos por el módulo InSight de la NASA, que entre 2018 y 2022 escuchó los ruidos del planeta como si fueran latidos cósmicos.
Sus instrumentos detectaron cientos de martemotos y meteoritos estrellándose contra la superficie, lo que permitió trazar un mapa sin precedentes del interior marciano.
A partir de ese registro acústico, los científicos pudieron reconstruir cómo es realmente el interior del planeta rojo y, sobre todo, cómo evolucionó en sus primeros millones de años de existencia.
Una cápsula del tiempo planetaria
Marte se diferencia de la Tierra en un aspecto crucial: su corteza es de una sola pieza. Nuestro planeta, en cambio, está fragmentado en placas tectónicas que se mueven, se hunden unas bajo otras y reciclan el material interno constantemente.
Esa dinámica borró gran parte de los rastros de la Tierra primitiva. Marte, sin embargo, funcionó como una cápsula del tiempo. Su corteza sólida y estancada selló las huellas del pasado y las conservó intactas en el manto.
Cuando los investigadores analizaron las ondas sísmicas que viajaron por las entrañas marcianas descubrieron algo inesperado: los pulsos revelaban la presencia de fragmentos de hasta 4 kilómetros de diámetro, rodeados de otros más pequeños, que permanecían atrapados bajo la corteza. Estos bloques se originaron durante un período de choques cósmicos en el que grandes trozos de roca impactaban contra los planetas en formación.
Ese caos inicial también afectó a la Tierra, donde un impacto gigantesco desprendió material que luego formó la Luna. En Marte, los efectos fueron similares. Según los científicos, los golpes colosales fundieron buena parte del planeta joven y crearon océanos de magma que al enfriarse cristalizaron. Los restos de ese proceso son los fragmentos que hoy se detectan en el manto.
Como explicó Constantinos Charalambous, del Imperial College de Londres, líder del estudio: “Estos impactos colosales liberaron suficiente energía como para fundir grandes partes del joven planeta y formar vastos océanos de magma”.
La diferencia entre ambos mundos es que, mientras en la Tierra los movimientos tectónicos habrían borrado cualquier rastro de ese material primitivo, en Marte la quietud geológica lo mantuvo inalterado. De hecho, los especialistas consideran que el planeta rojo es un archivo viviente de lo que ocurrió en los primeros cien millones de años del sistema solar.
Charalambous lo resume así: “El hecho de que aún podamos detectar sus rastros después de cuatro mil quinientos millones de años demuestra la lentitud con la que se agitó el interior de Marte desde entonces”.
Esa lentitud convierte al planeta en un caso único. Permite asomarse a un estado evolutivo muy primitivo que ya no existe en la Tierra. Gracias a ese contraste, los científicos no solo descifran la historia marciana, sino que también obtienen pistas para comprender a otros planetas rocosos como Mercurio o Venus, cuyos interiores aún son un misterio.
Un planeta de una sola placa
El segundo gran aporte del estudio es que confirma la naturaleza particular del interior marciano. Marte no cuenta con placas en movimiento como la Tierra. Su manto experimentó una convección inicial caótica, marcada por choques e impactos, pero luego esa agitación se congeló. Con el tiempo, el planeta se enfrió y la dinámica interna se volvió extremadamente lenta.
Los registros sísmicos del InSight mostraron que las ondas que viajaban a través del manto llegaban con retrasos, un fenómeno que se intensificaba con la distancia. Este patrón revelaba la presencia de heterogeneidades kilométricas, restos de aquella agitación inicial que quedaron atrapados como cicatrices inmóviles.
Los especialistas lo describieron así: “El interior de un planeta es una cápsula del tiempo que preserva pistas sobre su historia temprana. Reportamos el descubrimiento de heterogeneidades a escala kilométrica en el manto marciano, detectadas sísmicamente mediante una pronunciada distorsión del frente de onda de la energía proveniente de martemotos de sondeo profundo”.
Los resultados sugieren que el manto marciano tiene una viscosidad muy alta y se deforma principalmente por un mecanismo de deslizamiento por dislocación. En palabras más simples, se trata de un interior rígido, poco sensible a los cambios de temperatura y con una mezcla extremadamente limitada. Esa rigidez explica por qué los fragmentos primitivos pudieron sobrevivir durante miles de millones de años sin desintegrarse.
La Tierra, en contraste, es un planeta tectónicamente activo. Sus placas reciclan la corteza y el manto en un ciclo continuo que borra casi todo rastro de los primeros tiempos. El planeta rojo, en cambio, se mantuvo inmóvil, preservando una estructura interna desordenada, llena de heterogeneidades, como si fuera un testimonio congelado de la evolución más temprana de un mundo rocoso.
Este contraste resulta clave para los estudios de habitabilidad. Como señalaron los investigadores: “Esta evolución tiene implicaciones clave para comprender las condiciones previas para la habitabilidad de los cuerpos rocosos en nuestro Sistema Solar y más allá”. En otras palabras, al descifrar cómo se formaron y se conservaron los interiores de Marte, se pueden establecer parámetros para pensar en la historia de planetas similares, incluso aquellos que orbitan otras estrellas.
El descubrimiento también ayuda a explicar por qué Marte nunca desarrolló un campo magnético global como el terrestre. La ausencia de ese escudo dejó su superficie expuesta a la radiación cósmica, lo que redujo las posibilidades de que la vida prosperara en su suelo. El magnetismo de la Tierra, generado por el movimiento de su núcleo y su manto, fue clave para proteger la atmósfera y permitir la evolución de organismos vivos. Marte, en cambio, permaneció geológicamente pasivo y se convirtió en un planeta frío, árido y vulnerable.
En paralelo a estos avances, los investigadores repasaron otras características de Marte que ayudan a dimensionar el hallazgo. El planeta, cuarto en distancia al Sol, es rocoso y metálico, con un tono rojizo debido al óxido de hierro de su superficie. Su día dura apenas 40 minutos más que el de la Tierra y sus estaciones están marcadas por la inclinación de su eje. Sin embargo, su año se extiende a 687 días terrestres.
Marte es un mundo extremo: su atmósfera delgada, compuesta en su mayoría por dióxido de carbono, apenas retiene el calor, lo que genera temperaturas medias de -65 °C y tormentas de polvo que envuelven continentes enteros.
Alberga el Monte Olimpo, el volcán más grande del sistema solar, y el sistema de cañones Valles Marineris, que supera en tamaño a cualquier formación terrestre. También cuenta con casquetes polares y agua congelada en el subsuelo. Incluso hay evidencias de salmueras líquidas en algunas laderas, aunque aún se debate si podrían sostener vida microbiana.
Sus dos lunas, Fobos y Deimos, completan el retrato de un planeta que, pese a su aparente calma actual, esconde en su interior una memoria de cataclismos formativos. La misión InSight, ya concluida, permitió abrir esa ventana inédita. Cada martemoto detectado fue como una linterna que iluminaba pasadizos ocultos. Lo que se encontró no solo resuelve enigmas de Marte, sino que también plantea nuevas preguntas sobre el origen de la vida en mundos rocosos.
El descubrimiento de fragmentos ancestrales en el manto marciano confirma que los planetas no siguen un único camino evolutivo. La Tierra se transformó en un organismo geológico activo, con tectónica, volcanes y un campo magnético que protegió su atmósfera y permitió el surgimiento de la vida. Marte, en cambio, quedó congelado en el tiempo. Su interior es el reflejo de una infancia violenta que nunca fue borrada. Esa quietud, paradójicamente, es lo que hoy nos permite asomarnos a un pasado remoto que en nuestro propio planeta ya no existe.
En definitiva, el planeta rojo se convirtió en un archivo cósmico de los orígenes del sistema solar. Al estudiarlo, no solo comprendemos mejor cómo se formó Marte, sino también cómo podría haberse desarrollado la Tierra si su destino hubiera sido distinto.
Es posible que los fragmentos atrapados en su manto sean la clave para entender los primeros capítulos de los mundos rocosos, tanto en nuestro vecindario planetario como en sistemas lejanos.
Y esa mirada hacia adentro, hacia lo oculto, demuestra que a veces el mayor espectáculo del universo no se encuentra en el cielo estrellado, sino en las profundidades de un planeta que sigue guardando sus secretos.