
La carrera tecnológica en marcha entre los Estados Unidos y China para dominar primero la Inteligencia Artificial (IA) es probablemente la disputa existencial más importante de la historia. Como durante la “Segunda Guerra” con el desarrollo nuclear y como durante la “Guerra Fría” con la carrera espacial la disputa tecnológica es, nuevamente, entre democracia y dictadura. Estados Unidos necesitó de socios claves para imponerse al totalitarismo nazi y al totalitarismo sovietico. También necesitará de socios claves para imponerse al totalitarismo post-maoista.
Una parte central de la ventaja de las democracias sobre las dictaduras es la capacidad de construir cadenas de valor a lo largo del ecosistema de la IA basadas no solo en la eficiencia productiva sino en la eficiencia que genera la confianza horizontal entre pares. En cambio, el grupo de dictaduras que lidera China solo puede construir lazos de imposición verticales. Como sostiene el canciller de Taiwán, Lin Chia-lung, el desafío existential por el predominio en la IA supone la imperiosa necesidad de consolidar una “cadena global de valores democráticos”. Este concepto es imprescindible: la vida en democracia no es solo un espacio comunitario entre iguales donde florece la libertad sino es una sofisticada interacción entre agentes económicos que prosperan a través de un intercambio de información que para ser eficiente necesita de la existencia de derechos de propiedad claramente delimitados. Delimitar derechos de propiedad en una cadena global tan compleja como la que involucra al ecosistema de la IA supone un desafío que ha devenido en oportunidad dado que las democracias liberales y capitalistas pueden prevalecer porque intercambian bienes, insumos e información de manera más transparente y horizontal.
La complejidad de la cadena global de suministros tecnológicos y la sofisticación de los nuevos productos no tiene antecedentes en la historia humana. En un proceso tan delicado, la democracia, el estado de derecho y la consecuente clara delimitación de los derechos de propiedad es una condición necesaria no suficiente para una producción eficiente, transparente y donde los “checks and balances” actúen adecuadamente para impedir que déspotas y perversos obtengan (al igual que durante la carrera nuclear) capacidades de destrucción que amenacen la supervivencia de los humanos en el planeta.
Este complejísimo ecosistema se compone de un conjunto acotado de países que albergan, a su vez, empresas extraordinarias: Estados Unidos (por ejemplo, Nvidia, Microsoft, Tesla, SpaceX, Amazon, Google, INTEL, ADM, Oracle), Taiwán (TSMC, Foxconn, Pegatron, Mediatek, Quanta Computer, Wistron, Wiwynn, Accton), Japón (Tokyo Electron, Fuji Automatic Numerical Control (FANUC), Nikon), Países Bajos (ASML), Alemania (Carl Zeiss, EDA) y Corea (Samsung, SK Hynix). Nuevamente, es un entramado complejísimo donde la confianza, la escala y la transparencia son imprescindibles.
Taiwán tiene una importancia estratégica clave en los sectores de los semiconductores y de la inteligencia artificial. Es una democracia liberal donde impera el estado de derecho y esto ha contribuido a consolidar un espacio geográfico donde la innovación y la productividad se encuentran entre las más altas del mundo. Así, el país ocupa una posición decisiva que puede inclinar la balanza en la competencia existencial por el dominio de la Inteligencia Artificial (IA). Ante este escenario, Lin Chia-lung remarca que “Taiwán ocupa el núcleo de la cadena global de suministro de IA y de tecnologías confiables. Controla las capacidades más avanzadas de manufactura y empaquetado, produce alrededor del 90 % de los servidores de IA del mundo, el 60 % de los semiconductores y más del 90 % de los chips más avanzados. En otras palabras, el liderazgo estadounidense en diseño de chips solo puede consolidarse a través de Taiwán”. Esto nos lleva al siguiente punto: occidente no sólo debe defender a Taiwán porque es justo y políticamente imprescindible sino que debe defender a Taiwán por un interés propio que tiene que ver con asegurar la permanencia de sociedades abiertas prósperas en el mediano-largo plazo. Abandonar a una pacífica democracia ejemplar de 23 millones de habitantes frente a una agresiva dictadura de 1300 millones no solo sería profundamente inmoral sino económicamente irracional.
El cambio de era que representa la disrupción de la IA puede ser ejemplificado en el rol reciente jugado por dos empresas americanas claves: Apple y Anthropic. Mientras Apple se enriqueció enorme e irresponsablemente con sus negocios e inversiones en China, Anthropic acaba de publicar un ensayo extraordinario sobre la imperiosa necesidad de que los modelos de frontera de la IA permanezcan bajo el control de las democracias liberales y las sociedades abiertas (“2028: Two scenarios for global AI leadership”). El libro de referencia sobre la irresponsable estrategia de Apple y su CEO, Tim Cook, fue escrito por Patrick Mcgee y es “Apple in China: the Capture of the World’s Greatest Company”).
Paso seguido, en la carrera por un uso responsable de la IA es crucial que se profundice la relación y confianza construida desde la posguerra entre los Estados Unidos, Taiwán, Japón, Corea, Israel y la Unión Europea (principalmente los Países Bajos y Alemania). Es secundaria e incluso peligrosa la búsqueda de un “acuerdo marco” entre los Estados Unidos y China. No es cierto que ser responsable signifique reconocer y aceptar que las dos principales economías y fuerzas militares globales deban sentarse en una mesa como iguales para generar reglas previsibles. Eso sería como reconocerle a Berlín en la década del 40´ legitimidad para sentarse en una mesa de negociaciones para el control y uso responsable de la tecnología nuclear. Eso hubiese sido un oxímoron. Impulsar una mesa entre Washington y Beijing para controlar la IA es otro oxímoron. Anthropic y Taipéi lo entienden y eso es clave. Otros referentes importantes de las democracias liberales parecen a veces no entenderlo.
El trabajo publicado por Anthropic representa un punto de quiebre para una nueva geopolítica. Anthropic es un actor clave de una nueva sociedad civil que impulsa explícitamente una acción directa contra las tiranías por parte del gobierno americano en particular y de las democracias occidentales en general. Si prestamos atención al artículo, es un cambio cualitativo extraordinario, incluso un cambio de época: hasta hace pocos años la principal empresa americana, Apple, era un agresivo e irresponsable lobbista pro-Beijing; hoy la empresa americana más disruptiva, Anthropic, toma una posición radical contra el peligro existencial que representa para la humanidad la posibilidad que una dictadura totalitaria empoderada acceda primero a la vanguardia tecnológica de la IA.
Un artículo del “The New York Times” del 1 de junio pasado refleja bien esta cuestión. Su título es “China Aims AI at Predicting Who Could Pose a Political Risk” (“China apunta a la IA para predecir quién podría representar un riesgo político”). Allí se remarca que “…según investigadores de la Universidad de Vanderbilt, la firma Geedge Networks (ligada al estado chino) está trabajando en nuevos productos que utilizan inteligencia artificial para examinar los datos de ubicación y el uso de Internet para predecir quién podría hacer o decir algo crítico con el gobierno. Esta tecnología, si se perfecciona, daría a los gobiernos autoritarios una herramienta poderosa para usar contra enemigos percibidos. La idea de que un gobierno autoritario utilice inteligencia artificial para reprimir la disidencia es bastante preocupante. Pero el uso de AI para predecir el disenso mucho antes de que una persona se haya expresado, supone un escenario de pesadilla“.
Las democracias se complementan entre sí. Las dictaduras también. En medio de una competencia existencial, las democracias liberales no deben priorizar generar mecanismos de confianza con las dictaduras sino con las otras decisivas democracias liberales. En este sentido, el error conceptual del gobierno de los Estados Unidos que surge de la última cumbre en Beijing es importante. Así, la llegada disruptiva de la IA tiene una evidente similitud con lo sucedido en el crepúsculo de la segunda guerra mundial. Es decir, es una carrera decisiva entre democracias y dictaduras. Si bien la suma de las democracias que se encuentran en la vanguardia de esta disrupción tecnológica (como mencionamos, esencialmente los Estados Unidos, Japón, Taiwán, Países Bajos, Alemania, Corea e Israel) es cualitativa y cuantitativamente más poderosa que la coalición de regímenes represivos liderada por China (junto Rusia, Irán, Pakistán y, entre otros, Corea del Norte), nos acercamos a un punto de quiebre donde parece ser imprescindible comprender la dimensión de la alianza tácita en ciernes entre lo que representa Taipei y lo que simboliza Anthropic.
La carrera tecnológica en marcha para dominar la IA es, repetimos, la disputa existencial más importante de la historia junto a la carrera por acceder primero a la fabricación de armas nucleares. Como aquella carrera graficada en el “Manhattan Project”, la actual es una disputa existencial entre democracias y dictaduras. Estados Unidos puede liderar una constelación de democracias y China liderará un conjunto de dictaduras y regímenes represivos. Al igual que en la carrera nuclear, quien llegue primero definirá las reglas del orden global en las próximas décadas. Esto es una cuestión imposible de subestimar.
Pedro Isern es director ejecutivo de CESCOS, Uruguay













