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Tristan Corbière, el más endiablado de los poetas malditos

Tristan Corbière, el más endiablado de los poetas malditos (Crédito: Letras en Línea)

Joven pero avejentado. El cuerpo deforme por el reumatismo crónico y una tuberculosis galopante. La tristeza de un amor imposible y el sabor a fracaso por no haber cosechado lectores. Tristan Corbière empieza a morir en las calles de París. Fue su madre quien lo rescató de ese vagabundeo estéril y lo llevó a su Bretaña natal, a la antigua mansión familiar de Morlaix. Su última voluntad fue llenar la habitación de brezo, la planta con el olor de su infancia. Murió el primero de marzo de 1875. Tenía 29 años.

Desdeñoso por excelencia

Cuando Paul Verlaine publicó Los poetas malditos en 1884, Corbière llevaba muerto nueve años. Era un rumor que se iba apagando en los círculos literarios de Francia. El libro se leyó como una suerte de rescate, de resurrección, de venganza. Primero circuló en la revista literaria Lutèce, como un perfil, un artículo. Al año siguiente el editor Léon Vanier lo publicó en un libro. El título viene de un poema de Baudelaire (“Bendición”, Las flores del mal, 1857) donde una madre maldice haber parido un hijo poeta.

Ese libro inicial es muy breve, apenas unas 36 páginas, y cuenta con tres nombres: Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé y Corbière, que es quien abre el volumen. En 1888 la edición se amplía en nombres (también en volumen: incluye poemas enteros adentro): suma a Marceline Desbordes-Valmore, a Auguste Villiers de L’Isle-Adam y a un tal Pauvre Lelian, anagrama del propio Verlaine. “Tristan Corbière era un bretón, un marino y el desdeñoso por excelencia, caudal triple”, comienza el libro.

Para Verlaine, Tristan Corbière era un hombre de severas contradicciones: no tenía nada de “práctica católica”, pero era un “creyente endiablado”. Dice que “despreciaba el Éxito y la Gloria”, y pone ambas palabras con mayúsculas para acentuar su falta de respeto contra aquellas formas del prestigio. Verlaine elige el poema “El fin” para cerrar el texto dedicado a Corbière. Es una escena de tormenta y naufragio escalonada en versos y alegorías. Forma parte de su único libro, Los amores amarillos, publicado en 1873.

La portada del libro

Abocado a la improductividad

A contra pelo del malditismo, su infancia, esa gran zona inaugural, aparece cálida. Tal vez demasiado. Su padre, un marino de renombre que luchó en las guerras napoleónicas, que fue capitán de barco y escritor —autor de varias novelas—, es una huella fuerte. Tal es así que Los amores amarillos está dedicado a él: “Al autor de El negrero”. Se dedicó al mar, fue director de una empresa marítima de transporte, y cedió la pluma a la descendencia, como quien le deja al hijo la otra herencia: la de seguir la vocación inútil.

Aquel mundo de la navegación está presente en su poemas. “Ser marino, no hay nada para un hombre mejor”, aunque “aprender este oficio es algo duro”, escribe. Habla de “los cuervos marinos, tus poetas / inspirados de grandes huracanes, / vendrán aquí a cantar con la marea…“ ”La que manda es el agua”, dice y le reza a “Nuestra Señora de las Olas”. Subrayado aparte, su poema “El fin”. Por eso Jules Laforgue lo llamó el “bohemio del océano”. Por eso Léon Bloy lo definió como “un tiburón en el burdel”.

En la temprana sátira infantil “Oda al sombrero”, donde le escribe “al tonto de Lamare, el más cruel de todos mis profesores”, está todo: el humor, el desparpajo, la ironía, la venganza. Estudiaba en el Liceo Imperial de Saint-Brieuc. Sus notas eran bajas; sus aptitudes, mediocres. Y entonces, el quiebre: en 1860 le diagnostican un reumatismo agudo. El dolor aumenta, su cuerpo se contorsiona. Abandona los estudios, se instala en la casa familiar de vacaciones, en Roscoff, y se abocado a la improductividad.

Son días de gloria para una mente así. Dibuja, pinta, escribe y construye su propio personaje. Cambia su Édouard-Joachim natal por Tristan. Se dice que anda por las calles de aquel pueblo pesquero con atuendos coloridos y excéntricos. Camina desgarbado, flaquísimo, barbudo, endiablado. Los locales le ponen un apodo: Ankou, el Espectro de la Muerte. Y así, como un día está, al otro no. Con su amigo, el pintor Jean-Louis llamón, recorre Italia. Escribe varios poemas; los fecha en lejanas ciudades del mundo.

En la primavera de 1871 conoce a una mujer. Rubia de ojos azules, actriz. Su nombre es Armida-Josefina Cuchiani, pero en los teatros es Herminie; ella se hace llamar Madame la Comtesse. Entra al hotel Le Gad del brazo de un conde, un tal Rodolphe de Rattine. Él está herido, apenas camina—una herida de guerra, dicen—; ella, radiante. Corbière se acerca, seduce, se acopla a esa pareja de amantes y los sigue en una travesía que incluye más ciudades, un nuevo viaje. Él está enamorado; la nombra Marcelle.

Tristan Corbière en uniforme escolar, entre 1861 y 1862 (Crédito: Wikipedia)

Auge y caída

Una única obra. Alrededor, los tentáculos de su biografía. En agosto de 1873, los editores Glady, especializados en literatura pornográfica, publican Los amores amarillos. Un negocio mal planteado: baja reputación y un precio que duplica cualquier poemario. “Es el período más mundano de Corbière, se las da de dandi, viste con rebuscada elegancia sin acabar de creer en lo que está haciendo”, escribe Carlos Pujol en el prólogo de la primera edición en español (Pre-Textos, 2005).

Unos quinientos ejemplares salen a la venta pero no cosechan lectores. (La primera reedición será casi veinte años después, en 1891, con el rescate de Verlaine.) De pronto, el torbellino fatal: la imposibilidad del amor con su Marcelle, los sentidos poemas que pasan desapercibidos y la salud que empeora a cada hora. Colapsa. Lo encuentran en la calle de París completamente desfigurado. Su madre, entonces, lo rescata, o intenta rescatarlo. No hay mucho para hacer, dicen los doctores. Tal vez acompañarlo.

Legible el balbuceo

No hay tanto escrito sobre Corbière, pero los que leyeron dejaron unos cuantos párrafos. Luis Chitarroni le dedicó una “silueta” en el número de marzo de 1990 de la Revista Babel. “Aprendió a versificar, pero olvidó esas dificultades cuando descubrió su tartamudez poética, su balbuceo, una dicción tan apta para la lírica francesa como la glosa de un díptero al vuelo de un gerifalte”, y señala lo despatarrado de esa cadencia poética. “La mano maestra del poeta bretón consistió en hacer legible el balbuceo».

Verlaine remarcaba ese exceso: “Sus versos viven, ríen, lloran poco, se mofan a las mil maravillas y se chancean aún mejor”. La burla, el humor, el drama. Carlos Pujol, el traductor de la edición de Pre-Textos, asegura en el mencionado prólogo que Corbière “rompió sistemáticamente todos los moldes de la perfección, del saber hacer versos, e inventó una poesía troceada, con jirones de frases hechas, gritos, argot, retruécanos y citas caricaturescas”. De su apariencia, dice: “parecía un pobre diablo”.

“Alma en pena, alma de mar en pena‚ el poeta-errante va también errado, mal-muriendo en vida y mal-viviendo su muerte, a menos que sea la propia escritura poética la que corrobore su existencia”, escribió Sonia M. Yebara en un artículo dentro de un volumen titulado Visiones contemporáneas de la literatura francesa, de la Universidad Nacional de Córdoba, del año 2002. El texto destaca la errancia en su vida y en su obra. “¿Acaso hay algún lugar -mar, tierra, cielo- en el que el poeta podría no sentirse un paria?”

La cubierta del libro 'Los poetas malditos' de Paul Verlaine muestra una obra de arte con los poetas Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, editado por Manuel Martínez-Forega y publicado por Pregunta. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Ir más allá de lo que es uno mismo hasta morirse

Las traducciones siempre son un problema pero hay uno que aparece mucho en la poesía: mantener la rima. Para que la rima siga existiendo en el nuevo idioma es necesario cambiar las palabras, incluso el sentido de algunos versos. En la traducción que hizo Mauricio Bacarisse Casulá de Los poetas malditos en 1921 leemos algo que Corbière no dice de forma exacta. Estamos en el poema “El fin”: “Analizad el término zozobrar… Vuestra «Muerte» / es muy poquita cosa bajo el temporal fuerte”.

En su traducción de 2005, Pujol, por su parte, prefirió sacarle la rima. Se pierde musicalidad pero se gana transparencia. En esta edición, aquellos versos de “El fin” dicen: “Zozobrar… ¡qué palabra! Vuestra muerte en la tierra / es de tal palidez… Y tan fútil a bordo / bajo la fuerte ráfaga…” Al poner cada experimento bajo el calor de su época, vemos cómo para Bacarisse la muerte es “muy poquita cosa” frente al temporal y para Pujol, algo “tan fútil”. Cada cual a su modo. Ambos captan la idea, la imagen.

Para Gabriel Celaya hay dos tipos de poetas: los perfectistas, amantes del sentido estético, las imágenes vívidas y la “belleza absoluta”, y los temporalistas, interesados en el lenguaje coloquial, las ironías de la calle y sus atmósferas políticas. Uno podría ubicar a Corbière en el segundo grupo —Jarrell destaca sus “exclamaciones asombrosamente coloquiales e idiomáticas”—, pero lo que hace en poemas como “El fin” nos obliga a replantear esa hipótesis. Su excentricidad, como el mar, rompe la etiqueta.

Simbolista o no, lo que sobresale es su cinismo. El color amarillo es la punta de esa lanza. “No queráis ofrecerme ningún trono, / que yo solo me frío y me jeringo / riéndome en mi salsa amarillenta / tal ful como yo mismo, y desdeñoso”, escribe en “Bohemia ful”. En francés, se usa la expresión “reír amarillo”, una alusión a la risa forzada o fingida. “Y me río lo mismo que una loca, / y se me erizan todos los cabellos / cuando tu tierna carne se me pega / al leproso pellejo que me cubre”, concluye ese poema.

El amarillo es también enfermedad, decadencia física, asquerosidad, como la camelia “machacada, deshecha”. Una forma del desprecio, de desfigurar lo solemne, lo perfecto, lo racional. Ese cinismo trajo soledad, y esa soledad, aunque tardía, distinción. El crítico Randall Jarrell lo describe como “una roca contra todas las corrientes del mundo”. “Vivir a latigazos, que nos lleven / en un coche hasta el juez; siempre la misma / canción que se repite, ir más allá / de lo que es uno mismo hasta morirse”, escribió el poeta.