Juan Forn vuelve en un libro sobre su pasión literaria.

Fotos de sus manuscritos, anotaciones, frases, algunas reflexiones y, tal vez lo principal, un prólogo de Malena, la hija de Juan Forn. Esas son las novedades de la edición que hace ahora Godot de Cómo me hice viernes, el libro donde el escritor y editor, que murió en 2021, repasa su pasión literaria.

Cómo me hice viernes salió originalmente en 2018, por la editorial Documenta. El título alude a las contratapas que Forn escribía en el diario argentino Página/12.

El escritor murió en Villa Gesell, donde vivía, a los 61 años. Aquí el prólogo de su hija.

Magoya

Te velamos el 21 de junio de 2021. Hacía frío, pleno invierno en Gesell, el día estaba despejado, había mucha luz y la playa estaba espectacular para caminar, como a vos te gustaba. Lo hicimos en el Pipach, ese centro cultural abandonado con grandes ventanales y una terraza que mira al mar con la pintura corroída por la sal.

Llegué con Ludmila y Jose. Yo me había puesto una camisa de lino blanca que era tuya, con un jean ancho abajo, pero cuando nos bajamos del auto en la rotonda que mira al mar decidí que ese pantalón no me quedaba bien y Jose se ofreció a cambiármelo. Así que con el viento frío y frente a tode le que estuviera pasando por una de las playas principales de Gesell nos quedamos en bombacha e intercambiamos pantalones.

Anotaciones de Juan Forn incluidas en el libro.

Cuando entré vi que había candelabros y cruces plateadas decorando el salón vacío. El cajón estaba pegado a la pared mirando a la puerta de entrada. Todo estaba mal, así que lo cambiamos.

Te pusimos mirando a la pared de enfrente, con el mar de fondo que se veía en los ventanales, y pegamos fotos sobre la ventana (una especie de recorrido por tu vida), te pusimos tus anteojos, el libro que estabas leyendo y unas flores de porro en el pecho.

El secretario de Cultura estaba muy preocupado por la falta de flores en Villa Gesell, se acercó respetuosamente a pedirme disculpas por no haber traído la corona de flores tradicional que se utiliza en los velorios, e inocentemente contesté: “Pero mi papá no es Gilda” (mi única concepción de una corona de flores es la que se usa en la cabeza).

Juan Forn (Foto: Alejandra López)

Jose y Ludmila fueron a buscar flores por la playa, dicen que se reían y lloraban mientras las juntaban. Las pusieron cuidadosamente en el cajón, enganchadas en el borde de encaje blanco que lo cubría. No hubo otras flores en todo el velorio y, si me permitís aclarar, fueron las más lindas.

Vinieron las Solá y Ezequiel (que ahora es Tequiana, no llegaste a enterarte) y trajeron el cuadro con la escena de la Divina comedia, tu banquito donde dejabas los libros por leer y un par de cosas tuyas.

Mamá trajo las fotos, dijo que no se animó a verlas, así que las eligieron sus amigas.

Gloria no se animaba a entrar, todes insistieron y en algún momento entró. En el medio del revuelo, el llanto y demás, Gloria siente algo en la pierna, se asusta y grita. Era una bombacha que le había quedado enganchada cuando se estaba cambiando a la mañana.

Me paseé entre todes les presentes con un frasco de tu porro con el discurso de: “¿Querés un poco del último porro de mi papá?”. En un momento sentí que alguien me tocaba el hombro y lo veo al Turco, un mastodonte armenio, campeón de jiu jitsu con ojos vidriosos y voz de niño diciéndome: “¿Me das un poquito del porro de mi amigo?”.

También se me acerca Toni, con ojos pícaros, y me consulta suavemente: “¿Y si lo llevamos al mar? La imagen fue clara, Toni dirigiendo a tus amigues mientras pasean el cajón por la orilla del mar y vos te vas bamboleando mientras sonreís, porque a mí nadie me puede discutir que tu semblante era el de una persona en paz con una semisonrisa preciosa. Calculo que alguna negativa balbuceé porque el deseo de Toni contrariaba cualquier lógica, pero entre nosotres dos, pienso que hubiera estado buenísimo.

Morena se acerca al cajón, digna hija de Toni, y con su síndrome de Down que a veces no la deja comprender las cosas de la misma manera que nosotres. Te mira y dice: “Dale, Juan, despertate, boludo”. Ante la clara negativa de despertarte, Toni se apura en comentar que estás en el cielo, que no podés escuchar. More lo mira como si fuera idiota y contraataca: “¿Cómo va a estar en el cielo si está acá?”, a lo que Toni aclara: “Es que el alma ya está arriba pero el cuerpo tarda un poco más en irse, es siempre así”. More se desespera y no entiende, a lo que Toni, ansioso y también cansado, explota: “¡More! Como un cohete, sale volando como un cohete”. Morena, con ojos pacíficos y lógica inagotable, lanza: “Y si es un cohete, ¿dónde están los botones?”.

Juan Forn, un editor y escritor querido. (Martín Rosenzveig)

Olimpia estaba destrozada, abrazaba a su nieta con fuerza y se lamentaba: “Ay, mi patroncito” (así te decía siempre, muy a tu pesar), y le cuestionaba a Guille: “¿Por qué no se murió usted?”. Y sí, si lo pensás un poco tiene lógica, Guille es más grande, tiene grandes problemas de salud, y si vamos a ser totalmente sinceres, creo que todes pensábamos que entre ustedes dos Guille se moría primero. Yo me reía para mis adentros pensando en la impunidad que da el dolor, y cómo nadie le cuestionaría a Olimpia decir lo que estaba diciendo, ni siquiera Guille. Qué te voy a decir, las consecuencias de compartir empleada doméstica. Ella tenía su favorito.

Cuando salí a la terraza a fumarme un pucho (sí, ahora fumo, calculo que no tendrás muchas objeciones, de todos modos no tenés manera de compartirlas conmigo), veo a dos personas filmando desde la costanera con un palo de selfie. Salí como una tromba. Furiosa, les dije: “Esto es un velorio privado, no pueden filmar”, se apuraron en aclararme que eran del canal de Villa Gesell, que no querían molestar. Poseída por el espíritu cabrón que te caracterizaba, les tiré una sarta de reprimendas sobre la moral y el respeto ante la muerte ajena. Mientras les pobres periodistas se iban deshaciendo en disculpas y guardaban sus cosas en el auto para irse, les freno en seco: “¿Y ahora a dónde van? Ya vinieron hasta acá, y ahora vas a filmar a toda la gente que quería a mi papá y lo vino a despedir. Ah, y guardá ese palo de selfie de mierda y traé un equipo como la gente”. Me siguieron cuidadosamente e hicieron unas pequeñas tomas de tu gente acompañándote.

Alrededor del mediodía enfilamos al Náutico, el restaurante que queda frente al Pipach, mirando al mar. Estaba lleno, como si fuera un día cualquiera de temporada alta, pero es invierno, y todos tus afectos ocupan las mesas. Guille está sentado en su mesa de siempre, la primera a la izquierda, cerca de la cocina y con vista al mar. Lo acompaña Juancho, exalumno tuyo de taller, hoy jefe máximo de una de las editoriales más grandes del país. Habían tenido alguna discusión boluda que los tuvo alejados un tiempo, pero casualmente unos meses antes de que te murieras, volvieron a acercarse. Me senté con ellos como si fuera una de las innumerables veces que vos te sentaste ahí, en su mesa, a cenar y charlar con Guille. Al cabo de un rato, Juancho observa que mis amigues, que están en otra mesa, me están mirando. Me dice: “Andá, andá con tu generación”.

En mi mesa están todes acompañándome. Luis, el dueño de Náutico, me acerca, sin que lo pida, lo que más nos gustaba comer ahí: langostinos rebozados. Y cuando pido un gin-tonic manda a la moza con la botella a servirme, y me dice: “Decime hasta dónde”. Confundida, la miro a Jose: “¿Podés decidir vos?”. Ella le dice a la moza: “Hasta ahí”; y yo agrego: “Un poquito más”. Y es así como con un copón de 80 % gin y 20 % tónica terminé en pedo en tu velorio.

Después de comer, enfilamos de vuelta al Pipach. Yo llevaba un vaso de plástico con lo que me quedaba del gin matador, y cuando estaba sentada esperando que se me pasara la borrachera, se acerca una joven periodista bellísima y me pregunta si tengo unos minutos para hablar; la habían mandado desde la Ciudad de Buenos Aires a cubrir el evento y le faltaba hablar conmigo. Así que fumando, entre risas y llanto, le conté de vos, cómo habíamos organizado este desopilante velorio. Días después, sacó la bendita nota, que quedó hermosa.

Mamá se paseaba por todos lados fumando porro sin parar, acompañada de su nueva pareja (que ahora no es tan nueva, pero en ese momento sí) y lo miraba mientras fumaba y le decía: “Me vas a tener que disculpar, mi amor”. Está más suelta y divertida, te gustaría esta nueva versión de ella.

El de la casa velatoria me avisa que ya se tienen que llevar el cajón, así que recomienda una última ronda para despedirse del difunto (no te enojes conmigo, él te dijo así). Todes pasaron a hablarte y despedirte. Cuando llegó mi turno, me di cuenta de que no tenía nada más para decirte, nada que no te hubiera dicho en las otras instancias en las que había estado junto a tu cuerpo inerte, hasta que me bajó. Papá, nunca te dije pero… tengo piercings en los pezones.

Y así como si nada, era hora de llevarte a la camioneta. Toni y tus amigues enfilan a llevar las manijas del cajón, a lo que objeto: “No, vamos las chicas”. Mamá, María, Jose, tu hermana Eugenia y yo. En el momento en el que intento levantar la manija me doy cuenta de que es pesadísimo, no tenía idea de que era tan difícil llevar un cajón. Te subimos a la camioneta y todes aplaudieron, chiflaron y te despidieron. Y sobre todo el bullicio, un grito con la voz de Morena, inconfundible: ¡Magoya!, su código en común, el título que le querías poner originalmente a tu colección Rara Avis.

Magoya, pa, ahora estás en paz.