Una niña pasa junto a una imagen de Hassan Nasrallah, quien fue abatido durante bombardeos israelíes en Beirut el año pasado (REUTERS/Mohamed Abd El Ghany/Foto de archivo)

Una de las primeras constataciones de la presencia activa de Hezbolá en Latinoamérica, la obtuvo la DEA en 2008 cuando un narco colombiano que estaba siendo vigilado se encontró con un dirigente del grupo terrorista libanés. Con esas primeras evidencias se creó el Proyecto Casandra, una investigación de fondo que duró 8 años y que consiguió revelar la transformación de Hezbolá en un cártel criminal global que, con el tráfico de drogas en la región, llegaría a generar mil millones de dólares anuales.

Cabe recordar que a pesar del trabajo riguroso de la DEA, el proyecto acabó bruscamente bajo la administración de Obama, que interrumpió la investigación e impidió la captura de efectivos de Hezbolá para no comprometer el acuerdo nuclear con Irán de 2015. Así lo denunciaron diversos miembros de la DEA en una entrevista a Político en 2017, que provocó una investigación de la fiscalía, ahora reactivada bajo el mandato de Trump.

Desde entonces, la información acumulada sobre la presencia en Latinoamérica de Hezbolá y las fuerzas Quds (la división de operaciones exteriores de la Guardia Revolucionaria), ha demostrado la enorme dimensión de su entramado criminal, y su implantación en todo el continente. En términos geográficos, “Hezbolá y Quds dominaban completamente el eje bolivariano hasta la captura de Maduro, con Venezuela como centro de operaciones, Bolivia, como territorio amigo, y la Triple Frontera (Argentina, Paraguay, Uruguay) como base de dominio criminal”. Pero también han creado alianzas con redes criminales en Brasil, donde trabajan intensamente con el Primer Comando Capital, una de las mayores organizaciones criminales brasileñas, a las que Hezbolá ha suministrado armas de alto calibre, y con las que ha colaborado en la logística del narcotráfico. En México también se han identificado intentos de infiltración de Hezbolá en la ruta del narco en la frontera con Estados Unidos, y en Ecuador Hezbolá entrena y colabora con grandes cárteles como “Los Lobos”, los temidos “Los Choneros” y “Los Tiguerones”, según denuncia del propio presidente Novoa, que ha designado Hezbolá, Hamás y la Guardia Revolucionaria como grupos terroristas. Otra zona de influencia es la región franca de Iquique y la Zofri en Chile, donde, según la inteligencia norteamericana, Hezbolá ha creado un centro neurálgico desde donde operan células financieras para el lavado de dinero y la recaudación de fondos. En Colombia, las alianzas se han producido principalmente con “la Oficina del Envigado”, especializada en lavado de capitales, y el grupo armado colombiano Ejército de Liberación Nacional (ELN).

De Venezuela a Chile, pasando por Brasil, Nicaragua, Uruguay, Colombia y Ecuador, y con dominio absoluto en la Triple Frontera, la presencia de las fuerzas Quds operando desde las redes diplomáticas y desde los operativos de Hezbolá, son un actor central del narcoterrorismo global y una de las amenazas más serias para el continente. No se sabe el número exacto de activos que poseen, porque no funcionan como ejércitos, sino por redes clandestinas, simpatizantes de grupos criminales y células locales, y además, dados los años de implantación, muchos de estos contingentes se han inserido en la sociedad, plenamente naturalizados gracias a los documentos cedidos por los regímenes bolivarianos. Pero sin conocer la cifra precisa, “el número de activos simpatizantes se cuenta por miles”.

Además, desde la caída del régimen pro-chiita en Siria y del hostigamiento israelí contra Hezbolá en el Líbano, miembros y varios centenares de comandantes de campo y sus familias han huido hacia las zonas que el grupo terrorista domina en Sudamérica. Ello ha significado un reforzamiento de sus redes regionales.

Sus actividades criminales van desde las propias del narcotráfico hasta la minería ilegal, los criptoactivos y el lavado de capitales, además de atracos, secuestros de personas y tráfico de materiales, y es tanta su actividad en el continente, que genera el 30% del presupuesto anual de Hezbolá. También es importante su intensa actividad en redes, webs y espacios mediáticos, desde donde intentan influir en grupos de izquierdas, alimentando el antiamericanismo y un feroz antisemitismo. Dado el enorme potencial económico y logístico de las Quds y Hezbolá en América Latina, la pregunta es obligada: ¿hay riesgos reales y próximos de atentados terroristas, sobre todo desde el inicio de la guerra en Irán?

Atentado a la AMIA en Buenos Aires, 1994 (Archivo)

Desde la perspectiva del gran atentado al estilo de la bomba en la Amia argentina, no parece que sea el momento más propicio, sobre todo porque requeriría una planificación y logística que el régimen iraní no puede ofrecer en estos momentos, enteramente dedicado a la guerra por su existencia. Pero, en cambio, ha aumentado considerablemente el riesgo de actos de violencia sectaria o atentados más improvisados. Tanto Israel como Estados Unidos han avisado al respecto, y países como Argentina han elevado al máximo su alerta antiterrorista. En este punto, los objetivos más sensibles son las sedes diplomáticas de Israel y Estados Unidos, las comunidades e instituciones judías y el riesgo de actos violentos en actos multitudinarios, y ciberataques a infraestructuras críticas.

La guerra de Irán está a miles de kilómetros del continente, pero su sacudida en Latinoamérica es inmediata y tiene un carácter ambivalente: “por un lado, la guerra debilita enormemente al entramado de Quds y Hezbolá, que puede quedarse sin cabeza, si el régimen iraní no sobrevive; por el otro, la necesidad de demostrar fortaleza ante la adversidad, y la rabia por vengar la ofensiva en Oriente Medio, puede acelerar la tentación del terrorismo”. Sea como sea, las fuerzas Quds están seriamente implantadas en el hemisferio occidental, tienen capacidad, recursos, logística, alianzas, influencia y movilidad. Ellos son los arquitectos de la guerra asimétrica contra Occidente: facilitan el armamento y la financiación a Hezbolá, que es quien ejecuta sus acciones criminales.

Mientras el régimen iraní perdure, serán un riesgo global, y para Latinoamérica son un riesgo inminente y tan cercano, que parece invisible.

Por ello, “la caída del régimen es tan vital para la estabilidad y la seguridad de Oriente Medio, como lo es para el continente americano”. Debe ser el final de un largo capítulo de criminalidad que empezó en 1979 en Teherán y en Caracas tuvo su réplica en los inicios del 2000. “Un capítulo —escribió Shay Salamon, presidente de Combat Antisemitism Movement— definido por el miedo, los funerales y las sirenas de noche”.

El capítulo final de una ideología del mal, perversa, fanática, corrupta y, como todas ellas, asesina.

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