La neurología moderna combina herramientas digitales de alta precisión con el arte clínico tradicional que prioriza la observación y el vínculo humano (crédito Freepik)

La medicina vive un momento de transición silenciosa y profunda. Mientras la atención pública se concentra en enfermedades como el cáncer o las infecciones emergentes, los trastornos neurológicos avanzan con un impacto sostenido que reconfigura los sistemas de salud.

Organismos de referencia como los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) y la Universidad Johns Hopkins advierten que los casos de enfermedades cerebrovasculares, deterioro cognitivo y trastornos neurodegenerativos aumentan a medida que envejece la población mundial.

La Organización Mundial de la Salud (OMS)calcula que millones de personas conviven con alguna enfermedad neurológica crónica. Según la OMS, los trastornos neurológicos afectan a más de mil millones de personas en el mundo e incluyen patologías como epilepsia, enfermedad de Alzheimer y otras demencias, migrañas, enfermedad de Parkinson, accidentes cerebrovasculares, infecciones neurológicas y lesiones traumáticas cerebrales.

La confianza en estudios de alta complejidad crece aunque persiste la necesidad de integrar esos datos con la historia personal de cada paciente
(crédito Freepik)

Además, el nuevo informe global de la OMS publicado en diciembre de 2024 señaló que: los trastornos neurológicos se convirtieron en la principal causa de discapacidad a nivel mundial y provocaron 9 millones de muertes en 2019.

La entidad sanitaria mundial también alerta del aumento de los accidentes cerebrovasculares, que siguen entre las principales causas de muerte y discapacidad. La OMS y los datos del Institute for Health Metrics and Evaluation (IHME) indican que: se producen alrededor de 12,2 millones de accidentes cerebrovasculares nuevos cada año y que el ACV causa unos 6,5 millones de muertes anuales

Este panorama global, donde más de 1.000 millones de personas conviven hoy con enfermedades neurológicas, expone una paradoja: nunca hubo tanta tecnología para estudiar el cerebro y, sin embargo, los avances terapéuticos concretos todavía son limitados. En ese contexto, la neurología atraviesa un momento decisivo.

Cada gesto o silencio del cuerpo expresa información clave para comprender la enfermedad neurológica(Imagen Ilustrativa Infobae)

Los casos neurológicos aumentan y la razón es que ambos factores influyen: la edad promedio de la población ha aumentado significativamente, pero la calidad de vida no ha mejorado en forma proporcional. Por esto, mayor longevidad con mala calidad de vida actúan en sinergia explicando un aumento de patologías neurológicas. Vivimos más años y eso es una buena noticia para la biología humana pero mala para la estadística: si uno vive lo suficiente, entra en una zona de riesgo para todas las enfermedades del cerebro. El envejecimiento es el principal factor de riesgo para las enfermedades neurodegenerativas como la enfermedad de Alzheimer y el Parkinson”, explicó a Infobae el médico neurólogo Conrado Estol.

Y agregó: “La mala calidad de vida generada por la vida moderna no favorece la salud cerebral. La alimentación con ultraprocesados, una creciente polución ambiental, el sedentarismo fomentado por las pantallas, el estrés crónico y el aislamiento social crean el caldo de cultivo perfecto. El cerebro es un órgano de extrema precisión, pero lo tratamos como si sólo fuese un repuesto reemplazable. Hoy existe otro fenómeno global que contribuye a esta problemática: la desestigmatización. Por un lado esto es bueno porque más personas se animan a pedir ayuda y llegan a un diagnóstico médico certero. Antes, muchos de los problemas neurológicos no eran reconocidos o se escondían bajo la alfombra. El resultado es que hay un aumento de diagnósticos y de casos reales con ambas curvas en ascenso”.

Las consultas neurológicas mantienen la importancia del examen físico porque la relación entre médico y paciente ofrece datos que ninguna máquina capta (Imagen Ilustrativa Infobae)

El doctor Guillermo Díaz Livadiotis, médico neurólogo (M.N. 99873), titular de la materia Neurología de la carrera de Medicina de la sede Santo Tomé de Fundación Barceló precisó a Infobae que vivimos una época marcada por algoritmos, neuroimágenes de altísima resolución e inteligencia artificial capaz de modelar emociones, y donde la neurología parece vivir una revolución tecnológica sin precedentes. Sin embargo, también enfrenta una tensión profunda: cómo integrar ese progreso sin perder la esencia humanista que dio origen a la especialidad.

Hoy, en pleno siglo XXI, el campo avanza a una velocidad que desafía incluso a los propios profesionales. La inteligencia artificial permite analizar miles de imágenes por segundo y anticipar diagnósticos que antes dependían exclusivamente del ojo humano. Las técnicas de neuroimagen funcional muestran la actividad cerebral en tiempo real. La genómica brinda información sobre riesgos futuros antes de que aparezcan los primeros síntomas. Y los interfaces cerebro-computadora prometen restaurar funciones perdidas o ampliar capacidades humanas”, precisó el experto.

La revolución tecnológica ofrece neuroimágenes funcionales y análisis genómicos que aceleran diagnósticos pero plantean desafíos éticos y humanos (crédito Freepik)

Y aclaró que este conjunto de herramientas redefine el trabajo del neurólogo, ya que lo vuelve más preciso, más rápido, más predecible. Pero al mismo tiempo plantea una pregunta que incomoda: ¿qué lugar ocupa hoy el arte clínico? ¿Qué queda del examen físico como diálogo entre médico y paciente? ¿Qué pasa con el tiempo dedicado a escuchar y observar, ese proceso artesanal que antes consideraba indispensable?

“En muchos consultorios, la pantalla parece haber desplazado a la persona. Los estudios se acumulan y, entre datos y algoritmos, a veces se desvanece lo esencial: la historia humana detrás del síntoma. La tecnología ilumina, pero también corre el riesgo de opacar la presencia que históricamente definió al neurólogo”, destacó Díaz Livadiotis.

El peso creciente de las enfermedades neurológicas

Los neurólogos enfrentan un aumento sostenido de demencias y enfermedades neurodegenerativas impulsado por el envejecimiento global de la población
(Imagen Ilustrativa Infobae)

Mayo Clinic describe a la neurología como una especialidad que aborda trastornos del cerebro, la médula espinal, los nervios periféricos y los músculos, y subraya que muchos de ellos no cuentan con cura definitiva.

Entre las patologías más prevalentes se encuentran la enfermedad de Alzheimer, el Parkinson, la esclerosis múltiple, la epilepsia y las neuropatías.

Hoy, en el Día del Neurólogo, la profesión toma más protagonismo que nunca. “Una tarea fundamental del neurólogo es detectar lo que no se ve. La mayoría de las enfermedades neurológicas tienen señales muy tempranas, pero que pueden ser sutiles: cambios en el sueño, alteraciones de la marcha, trastornos del olfato, una limitación cognitiva leve y síntomas inespecíficos como el mareo. El neurólogo es el especialista que puede diferenciarlos de un exceso de estrés o de una vida moderna con redes sociales que difunden información errónea que puede afectar negativamente a una persona. El neurólogo entrenado puede reconocer los síntomas durante la ventana de oportunidad que permite cambiar el rumbo”, remarcó el especialista Estol.

El uso de inteligencia artificial permite anticipar alteraciones del sistema nervioso aunque requiere interpretación clínica para evitar errores (DRAGOS CONDREA)

“También el neurólogo puede identificar y tratar factores de riesgo modificables que disminuyen las probabilidades de aparición de una enfermedad neurológica. Y aunque el paciente no lo note y no sea científicamente glamoroso, aquí está el verdadero beneficio basado en la prevención: controlar la presión arterial y la glucosa en sangre, estimular a llevar una vida físicamente activa con ejercicio, fomentar el cero tabaco y un consumo moderado de alcohol, enfatizar el rol clave de un sueño suficiente en cantidad y reparador en calidad, destacar el valor de los vínculos sociales reales -no solo con emojis-, manejar el estrés con meditación y favorecer una nutrición que siga la dieta mediterránea”, agregó el experto.

Para Estol, se podrían disminuir la mitad de las demencias del mundo, y muchas otras enfermedades, con solo seguir los consejos previos. “Pero sabemos lo difícil que es lograr que la gente siga estas recomendaciones. Además, el neurólogo trabaja en equipo con psiquiatras, psicólogos, clínicos y otros especialistas. La neurología y salud mental modernas son una actividad que solo se puede hacer en equipo cada vez más sincronizados”, indicó.

El avance de la neurociencia exige formar profesionales capaces de combinar tecnología de punta con empatía juicio clínico y mirada humanista. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Para Díaz Liviadotis, la práctica neurológica recuerda cada día que ninguna máquina puede consolar en un diagnóstico difícil o acompañar en el deterioro progresivo que generan muchas enfermedades. Sostuvo que los neurólogos trabajan con trastornos que afectan la identidad, la memoria, la capacidad de comunicarse o de moverse. Frente a esa vulnerabilidad, el vínculo humano es tan importante como cualquier imagen o biomarcador.

Un temblor puede describirse técnicamente, pero su impacto emocional solo aparece cuando el médico escucha la historia completa. Una alteración en la marcha puede medirse con sensores, pero comprender cómo transforma la vida cotidiana requiere tiempo y sensibilidad. Por eso, el neurólogo es, en esencia, un intérprete del sufrimiento humano. Un traductor entre la biología y la biografía. Los desafíos actuales hacen que ese rol sea más necesario que nunca. El envejecimiento global multiplica los casos de demencias y enfermedades neurodegenerativas. Muchas regiones enfrentan desigualdades profundas en el acceso a la atención neurológica. Y la digitalización masiva de datos clínicos plantea nuevos dilemas éticos sobre privacidad, autonomía y equidad”, afirmó el médico neurólogo.

Mayo Clinic subraya que el abordaje moderno de los trastornos neurológicos requiere equipos multidisciplinarios donde intervienen rehabilitadores, psiquiatras, fisiatras, terapistas ocupacionales, psicólogos y especialistas en dolor. Ese cambio refleja una realidad clínica: la mayoría de los pacientes no enfrenta un evento puntual, sino un proceso largo que impacta en la autonomía, el movimiento, el lenguaje o la memoria.

El microscopio de Ramón y Cajal reveló la arquitectura viva del sistema nervioso y dio inicio a una etapa decisiva en la comprensión del cerebro (Imagen Ilustrativa Infobae)

Para los CDC, otro punto crítico es la prevención. El organismo recuerda que hasta el 80% de los accidentes cerebrovasculares se relacionan con factores modificables como hipertensión, diabetes, sedentarismo y tabaquismo. Aun así, la prevención neurológica no recibe la misma atención que otras áreas, en parte porque sus beneficios suelen verse a largo plazo. El neurólogo queda entonces en la posición de insistir sobre hábitos que exceden su consultorio pero que definen la evolución del paciente.

Johns Hopkins agrega otro desafío silencioso: la frontera cada vez más difusa entre neurología y psiquiatría. Trastornos como el dolor crónico, las somatizaciones, las epilepsias psicógenas y las alteraciones del sueño requieren una mirada integrada que todavía no se refleja de manera sistemática en la formación médica. A esto se suma la llegada de nuevas subespecialidades como la neurogenética, la neuromodulación y la neuroinmunología, que avanzan más rápido que la disponibilidad de especialistas.

La digitalización también transforma la práctica. La telemedicina permitió sostener la atención en los últimos años, pero no resuelve la falta de especialistas en regiones rurales ni reemplaza el examen neurológico presencial. Al mismo tiempo, la inteligencia artificial y la neuroimagen avanzada generan cantidades inéditas de información que requieren interpretación crítica. Los expertos coinciden en que la tecnología puede mejorar el diagnóstico, pero no sustituye el juicio clínico ni la relación humana.

La neurología enfrenta desigualdades de acceso diagnóstico y requiere estrategias que garanticen atención de calidad en contextos diversos (Imagen Ilustrativa Infobae)

La presión asistencial tiene consecuencias. Diversos centros académicos señalan el riesgo de agotamiento profesional entre neurólogos, especialmente en áreas de alta complejidad como cuidados intensivos neurológicos, epilepsia refractaria y enfermedades neurodegenerativas avanzadas. La necesidad de comunicar malas noticias de forma repetida, gestionar tratamientos costosos y trabajar con pacientes de largo seguimiento exige habilidades emocionales que no siempre forman parte de la formación tradicional.

“La neurología está viviendo la mayor revolución de su historia. Por primera vez tenemos terapias que modifican el curso de enfermedades neurodegenerativas. Antes solo podíamos acompañar al paciente. Vemos avances en el tratamiento de la epilepsia, la esclerosis múltiple, miastenia gravis, del accidente cerebrovascular y comienza a vislumbrarse un nuevo paradigma en el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer”, apuntó Estol.

Y concluyó: “Pero el mayor desafío no es tecnológico sino cultural. Debemos lograr que la población entienda que el cerebro no es un “gran misterio”, que la neuroplasticidad explica cambios -incluso en la estructura cerebral- que la persona puede iniciar y lograr, y que el cerebro es un órgano que cambia positivamente con la incorporación de hábitos de vida saludable. No podemos elegir nuestros genes, pero sí nuestro pronóstico. Si tuviera que dejar un mensaje, sería “el cerebro es el órgano que nos permite disfrutar de la vida: cuidémoslo como corresponde”.

La práctica neurológica combina ciencia sensibilidad y acompañamiento porque comprender el cerebro implica también comprender la experiencia humana - (Imagen Ilustrativa Infobae)

La neurología enfrenta hoy uno de los retos más grandes desde su nacimiento como disciplina moderna. El cerebro continúa siendo el territorio más complejo de la medicina y, aunque las herramientas diagnósticas avanzaron como nunca, los tratamientos todavía no acompañan ese ritmo.

Las instituciones de referencia y los expertos coinciden en un mensaje central: el futuro dependerá tanto de la investigación como de la capacidad de adaptar los sistemas de salud a una realidad que ya llegó. El desafío no es solo científico, sino social, ético y humano.