
El levantamiento cívico militar peronista de 1956 contra la Revolución Libertadora tuvo varios protagonistas que desempeñaron un rol clave en la lucha contra la proscripción y la persecución que sufría el justicialismo. Entre ellos se destacan el sindicalista textil Andrés Framini y el general Raúl Tanco, dos líderes que actuaron en contra de la dictadura militar y que quedaron relegados por el devenir de la historia.
Framini
Dirigente del gremio textil y figura destacada de la resistencia peronista, Andrés Framini abrazó el justicialismo desde sus orígenes. Participó de la histórica movilización del 17 de octubre de 1945 y se incorporó desde su creación a la Asociación Obrera Textil (AOT), organización de la que fue elegido secretario general en 1952. Al producirse el golpe de Estado de septiembre de 1955, integraba el Consejo Directivo de la CGT.
Tras el derrocamiento de Perón, el gobierno encabezado por el general Eduardo Lonardi intentó inicialmente mantener una relación de diálogo con el movimiento obrero a través del ministro de Trabajo, Luis Cerruti Costa. En ese contexto, y luego de la renuncia de los miembros del Consejo Directivo de la CGT, Framini y Luis Natalini fueron designados para conducir la central sindical.
Sin embargo, aquella etapa de entendimiento fue breve. El reemplazo en la presidencia de Lonardi por Pedro Eugenio Aramburu, marcó el inicio de una política mucho más dura hacia el sindicalismo peronista. Frente a esta situación, la CGT convocó a un paro por tiempo indeterminado a partir del 15 de noviembre de 1955. La respuesta oficial fue declarar ilegal la medida e intervenir la organización, profundizando el enfrentamiento entre el gobierno y el movimiento obrero. En los meses siguientes, la persecución se intensificó y la resistencia peronista comenzó a tomar forma.

En la fría noche del 9 de junio, entre las diez y las once, Andrés Framini esperaba en una esquina de Avellaneda que lo pasaran a buscar. Llevaba un sobre todo, una pistola calibre 45 y municiones. Había llegado junto a Arturo Rodríguez, quien continuó hacia el centro para cumplir con otro objetivo. Solo y cada vez más inquieto, permaneció durante largo rato frente a un almacén, temiendo ser denunciado o detenido.
Finalmente, el auto llegó y lo trasladó al comando, donde prepararon la proclama. “El 9 de junio fue una de las noches más tristes de mi vida, junto con la caída de Perón”, recordaría años más tarde.
Cuando confirmaron el fracaso del levantamiento y la imposibilidad de continuar, los integrantes del grupo se despidieron. Para entonces ya regía la ley marcial. A las seis de la mañana, Rodríguez logró comunicarse con Framini para avisarle que había sido detenido y advertirle que se pusiera a salvo.
Framini decidió refugiarse en la casa de sus padres, en Villa Caraza, donde recibía la visita de su esposa. “Me disfracé: me quité los bigotes, los anteojos, me puse un sombrero y un saco, y salí caminando de la mano de mi mujer”. Así logró cruzar a la Capital Federal, donde permaneció oculto en la casa de una familia amiga durante dos días, hasta la derogación de la ley marcial. Luego, un amigo lo trasladó a una estancia cercana a Pehuajó, donde se refugió solo, lejos de su familia y sus compañeros. “Me estaba volviendo loco y no aguanté más de un mes. Me tomé el tren y volví a Buenos Aires”. A la semana siguiente fue detenido y permaneció en la cárcel durante varios meses.

Tanco
El general Raúl Tanco tenía una extensa carrera en la institución armada y, tras la caída de Perón, solicitó su retiro, consciente de lo que vendría después: persecución, proscripción y represión. Había participado en la creación de la Gendarmería Nacional, fundado y dirigido la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral y, en septiembre de 1955, se desempeñaba como director de la Escuela Superior de Guerra. Además, había trabajado durante tres años junto al general Perón, primero en el Ministerio de Guerra y luego en la Secretaría de Trabajo y Previsión.
Tanco y el general Juan José Valle —quien luego sería fusilado— habían compartido funciones en el Ministerio del Ejército. “Con Valle habíamos congeniado siempre; existía una afinidad especial entre nosotros”, evocaría más tarde Tanco. Tras el golpe de septiembre de 1955, encabezado por Pedro Eugenio Aramburu, ambos fueron detenidos y trasladados al barco Washington. Fue allí donde comenzaron a organizar el movimiento revolucionario con el objetivo de poner fin a la dictadura.
“Conversamos con el general Valle sobre todo lo que se había hecho por el país, que estaba siendo destruido por el nuevo régimen”, recordó Tanco en sus memorias. “No nos entraba en la cabeza que las Fuerzas Armadas hubieran provocado la caída de Perón”. Luego de ser trasladado desde el barco, Tanco continuó detenido en su casa de General Guido, en la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, esa situación no duraría mucho tiempo.
Un llamado de Valle para encontrarse en Avellaneda lo llevó a planificar su escape, que concretó en enero de 1956. En ese encuentro, ambos se pusieron al día sobre el estado de situación, y Valle le aseguró que todo estaba listo para avanzar con el levantamiento. En esa reunión también se definieron los roles de militares y civiles dentro del movimiento. Mientras algunos sostenían la necesidad de una conducción compartida, el segundo jefe de la rebelión planteó que la conducción militar debía quedar exclusivamente en manos de los militares por razones de seguridad. En cambio, la conducción política sí sería compartida con los civiles. También existían discrepancias en torno a la estrategia: mientras algunos proponían mantener el movimiento en la clandestinidad, otros consideraban fundamental darle mayor difusión. Tanco adhería a esta última postura.
El plan consistía en presionar a los cuarteles para que las tropas se sumaran al levantamiento. Una vez logrado esto, se procedería a detener a los jefes de las unidades militares, que serían reemplazados por nuevos mandos designados por el movimiento revolucionario. En distintos puntos del país, tanto militares como civiles, se preparaban para una sublevación que buscaba derrocar a la Revolución Libertadora, un escenario que más tarde quedaría reflejado en la película Operación Masacre, basada en el libro de Rodolfo Walsh.

El día del levantamiento
Hace 70 años, el 9 de junio de 1956, el general Raúl Tanco se encontraba reunido en la casa de Jorge Daniel Paladino, en Avellaneda, quien años más tarde se convertiría en secretario general del Movimiento Peronista y delegado personal del General Perón. Allí compartía el encuentro con un grupo de dirigentes y militantes, entre ellos el general Juan José Valle y Andrés Framini, mientras aguardaban noticias sobre la toma de una radio instalada en una escuela de la zona, desde donde debía difundirse la proclama revolucionaria.
Cuando llegó la hora señalada, surgieron graves inconvenientes en las comunicaciones. Mientras algunos grupos iniciaban la lucha, otros permanecieron a la espera de la contraseña y no actuaron. Había fallado un principio fundamental del plan: la acción simultánea de las fuerzas comprometidas. Consciente de que la sublevación corría el riesgo de ser derrotada por partes, Valle ordenó suspender el levantamiento allí donde aún fuera posible.
Sin embargo, la orden no llegó a todos los sectores. Mientras en algunos puntos se combatía, en otros todavía se esperaba. Unidades enteras habían sido comprometidas, pero quedaron sin instrucciones. Al mismo tiempo, importantes grupos de civiles no lograron poner en marcha sus acciones y las fuerzas de seguridad comenzaron a desplegarse.
Los encargados de instalar la radio —el coronel Yrigoyen, el capitán Costales y varios civiles— fueron sorprendidos y detenidos. Las fallas en las comunicaciones hicieron imposible cualquier intento de reorganización o reencuentro. “Por fin, conscientes de que habíamos fracasado, se da por finalizado el movimiento, cuando faltaba poco para la salida del sol”, recordaría años después Tanco.
Abatidos por el desenlace y profundamente conmovidos por la suerte corrida por muchos de sus compañeros, los principales dirigentes se despidieron con un abrazo y decidieron separarse, iniciando cada uno su propio camino hacia la clandestinidad.

El adiós y el asilo
Ese 10 de junio, Valle y Tanco se vieron por última vez. “Luego supe que él había estado en el velatorio de los restos de Cortínez, quien había sido fusilado”, recordaría más tarde Tanco. “Yo me calcé una pistola y dos cargadores y comencé a deambular. A mí no me iban a poner en el paredón como a mis compañeros”.
Días después, decidió presentarse ante el embajador de Haití en su residencia privada para solicitar asilo. “Creo que primero dudó de mi identidad. Me hizo pasar a una biblioteca, donde le entregué el arma que llevaba, y allí me dejó encerrado”, relató el general. Cuatro horas más tarde, el embajador regresó y le presentó al resto de los asilados, en su mayoría coroneles que llevaban allí casi una semana. A la mañana siguiente, a las ocho, elevó a la Cancillería argentina un pedido de audiencia, que le fue concedido para las 17 de ese mismo día. Durante ese encuentro, informó al canciller que Tanco se encontraba en la embajada.
El canciller se comunicó de inmediato con la Presidencia para transmitir la novedad. Según recordaría Tanco, la reunión duró unos veinte minutos. Tras ello, el embajador haitiano Jean Brerre se dirigió al Plaza Hotel. Sin embargo, esa misma tarde, mientras el embajador se encontraba reunido con otros diplomáticos y Tanco leía en la biblioteca de la residencia El derecho de asilo, el coronel Juan Constantino Quaranta irrumpió en la embajada junto a unos veinte hombres armados.
—¿Usted es Tanco? —le preguntaron.
—Sí —respondió.
—Entonces, síganos.
“Comprendí que no podía elegir. Todos los que estábamos asilados comenzamos a bajar las escaleras de la residencia”, evocaría luego Tanco. “Nos llevaron hasta la esquina, donde vi los tres coches en los que habían llegado. La intención era fusilarnos allí mismo y huir en esos vehículos”.
En ese momento, un colectivo que pasaba por la calle debió detenerse porque los asilados le bloqueaban el paso, y los pasajeros comenzaron a observar la escena. Ante esa situación, Quaranta —jefe del operativo y miembro del Tribunal de Honor— ordenó hacer descender a los pasajeros y trasladar a los detenidos al Regimiento de Palermo.

“Cuando llegamos, separaron a mis compañeros y a mí me encerraron en una pieza muy pequeña, custodiado por dos hombres armados. A los pocos minutos vino un mayor, me quitó mis pertenencias y las colocó en un sobre en el que escribió: ‘Del ex general Tanco’”.
Mientras tanto, la esposa del embajador, que había permanecido en la residencia, intentó localizarlo sin éxito. Ante la urgencia, informó lo sucedido al secretario de la embajada, quien de inmediato se dirigió al Plaza Hotel y puso al embajador al tanto de lo ocurrido. Este aprovechó la reunión que mantenía con otros representantes diplomáticos para denunciar el secuestro. Los embajadores, en solidaridad, presentaron de inmediato sus quejas ante el canciller argentino, señalando la violación de la soberanía de un país americano.
“Recuerdo que en ese entonces Aramburu debía asistir a la primera reunión de presidentes americanos en Panamá. Creo que eso influyó decisivamente para que ordenaran mi devolución. Temía perder su imagen ‘libertadora’ en el contexto internacional”.
Esa misma noche, el propio embajador de Haití fue a buscarlo al regimiento. “Subí a su coche y, mientras regresábamos a la residencia, me dijo:
—Hoy es un gran día para las Américas.
—¿Por qué? —le pregunté.
—Porque un país pobre y negro como Haití ha hecho prevalecer el derecho sobre la fuerza frente a uno poderoso como la Argentina”.
“Aquel día, la oligarquía buscó cobrarse el 17 de octubre y dar una lección de sangre a los oficiales del Ejército, que no deben asociarse a la chusma ni asumir su defensa”, señalaría Tanco años después poco antes de su muerte el 27 de junio de 1977.












