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Una monja en Tinder

No fue fácil volver a cruzar los límites. Era una transgresión catastrófica. La pérdida de control definitiva. ¿O ya lo había perdido y solo no me daba cuenta? (Imagen Ilustrativa Infobae)

¿Cómo es posible que a los cincuenta años me haya vuelto una prostituta? Quizás no sería tan grave si no fuera porque soy monja de clausura hace tres décadas.

La caja de Pandora se abrió hace cuatro años. Una de las hermanas, enfermera de profesión, nos propuso que hiciéramos ejercicios de expresión corporal para mejorar nuestra movilidad. Yo que había enterrado el cuerpo bajo la fe, empecé a moverme. Y algo en mi interior empezó a moverse conmigo.

Al principio pensé que me estaba volviendo loca. Sentía que lloraba por dentro, que algo quería salir, gritar, tocar. Tenía pesadillas con mi infancia, con los gritos de mi padre, con mi madre encerrada en el baño. Me angustiaba mucho la pérdida de control. Me resultaba aterrador. ¿Dónde terminaría esto? Acostumbrada a aguantar, pude resistir esa sensación hasta que las cosas parecieron acomodarse. En realidad, lo único que se acomodó es que empecé a naturalizar vivir con las emociones a flor de piel, incluso descubrir una sensualidad que había sepultado durante tantos años en un esfuerzo imposible.

Volví a masturbarme como cuando era más joven. Ese espacio íntimo y secreto, en el que podía expresarme a pesar de la culpa, tomó otra dimensión. Esta vez, las fantasías que tenía me maravillaban y me angustiaban por igual.

Como yo era una de las únicas dos monjas del convento que manejaba, estaba obligada a hacer muchas tareas con el auto, lo cual me daba considerables márgenes de libertad. Un día crucé mis límites y fui a un locutorio a navegar por internet. Después de un rato de mirar pornografía terminé en una página de citas. La adrenalina y la angustia me invadieron. Y ahí estaba yo, tratando de frenar esos impulsos. Como alguien que trata de contener un volcán.

Esa vez solo creé un perfil con otro nombre y no subí ninguna foto mía, que por otra parte no tenía. Pasaron dos largos días hasta que tuve que volver a salir con el auto para hacer trámites, y entonces aproveché a parar en otro locutorio lejos del convento. Rápidamente me encontré conversando con varios hombres a la vez. Nunca oculté que era religiosa, lo cual producía varios efectos: sorpresa, morbo, incluso tranquilidad, porque no era una amenaza para los casados. También supongo que para el típico macho cazador, acostarse con una monja debía ser un trofeo exótico.

No fue fácil volver a cruzar los límites. Era una transgresión catastrófica. La pérdida de control definitiva. ¿O ya lo había perdido y solo no me daba cuenta? La sensación de que no manejaba nada, que la vida podía zamarrearme de un lado al otro sin que yo pudiera intervenir para detenerlo.

Hacía más de treinta años que nadie me tocaba sin querer hacerme daño. Sentía un miedo atroz y al mismo tiempo, mucha necesidad de explorar, de vivir. Antes de concretar mi primera cita dejé clavados a tres hombres distintos porque finalmente no me animaba. Por eso, el primer encuentro que tuve fue muy movilizador. Él fue paciente, amoroso, y yo sentí que flotaba entre las nubes. Era la primera vez en mi vida que un hombre me trataba con cuidado.

No sé cómo se fue creando una rutina entre nosotros, hasta que empezamos a vernos regularmente una vez por semana. Él era viudo y se enamoró tan rápido como yo.

Pretendía que dejara los hábitos y nos fuéramos a vivir juntos. Era atendible, tenía más de sesenta años y no quería perder tiempo, pero para mí eso era imposible. ¿Cómo iba a tirar a la basura toda una vida consagrada por una calentura ocasional? El idilio duró poco, enseguida nos separamos, y con el corazón roto volví a la aplicación de citas. Mi única precaución era no estar con hombres casados, aunque varios me mintieron, haciéndome sentir peor. ¿Cómo era posible que una monja que había hecho un juramento de castidad tuviese sexo con hombres, que para colmo eran casados?

Aunque en general lo pasaba bien, volver a mi cuarto en el convento era muy difícil. Me sentía totalmente vacía. Miraba mi vida como una película desconocida. Me costaba mucho pensar, las emociones me llevaban puesta.

A medida que pasó el tiempo se me hizo inevitable sentir que tarde o temprano tendría que dejar la congregación. Era una idea que me ponía al borde del abismo. Tenía que salir de ahí, pero ¿de qué iba a vivir? No tenía herencia, una jubilación mínima que no alcanzaba ni para pagar un alquiler.

En esos meses de tanta confusión decidí hacer terapia. Conseguir un terapeuta no fue sencillo porque quería evitar los errores del pasado, cuando mis guías espirituales habían sido sacerdotes. De algunos me enamoré; otros me manipularon sutilmente para que siguiera siendo monja. Esta vez quería alguien neutral, que no tuviera nada que ver con la congregación, alguien que pudiera ayudarme de verdad y que no manipulara la situación para retenerme.

A través de una buena clienta que nos compraba dulces en el convento conseguí una terapeuta que fue decisiva en ese momento de mi vida. Era mujer, lo cual llegado el caso era más fácil de justificar ante mis compañeras. Además, enterada de que yo era monja de clausura no me quiso cobrar, y se lo agradecí infinitamente, porque lo que hubiera podido pagarle era mínimo.

Bastaron unos pocos encuentros —alguno presencial y otros telefónicos—, para empezar a ver no solo los motivos de mis transgresiones, sino las verdaderas razones de mi vocación religiosa.

Crecí en una casa donde nunca supe en qué estado iba a encontrar a mi padre. Si entraba callado, había que esconderse. Si entraba insultando, había que esconderse mejor. Mi madre vivía como un fantasma, juntando los pedazos cada mañana, pidiéndonos perdón con la mirada por algo que ella tampoco había elegido. Mi hermano mayor se fue a los diecisiete y no volvió nunca más. Yo me quedé sola con ellos hasta los diecinueve.

No me pegaba todos los días. Era peor: nunca se sabía cuándo. Aprendí a no ocupar espacio, a no hacer ruido, a no tener opiniones, a no traer amigas, a no necesitar nada. Aprendí que querer algo era peligroso, porque te lo podían sacar de cualquier forma. Tuve dos novios en la adolescencia y los dos me hicieron acordar a mi padre por motivos distintos: uno gritaba, el otro tomaba. Como si hubiera tenido un radar para encontrar lo único que conocía.

Cuando entré por primera vez al convento a los veinte años, lo que sentí fue silencio. Un silencio que no era amenaza. Nadie iba a romper una puerta de una patada. Nadie iba a llegar borracho a las tres de la mañana. Las hermanas hablaban bajito, se movían sin sobresaltos. Pensé que eso era Dios. Tardé treinta años en darme cuenta de que era, simplemente, el alivio de no tener miedo.

Me hice monja para no tener que volver a elegir a un hombre. Para no replicar la casa de mi madre. Para no tener hijos que pasaran por lo que pasamos nosotros. Encerrarme fue la única forma que se me ocurrió de estar a salvo.

¿Cómo tardé tanto en darme cuenta de que no había elegido a Dios sino huido de mi padre? ¿Cómo no pude ver que debajo de mi explosión a los cincuenta años no había deseo sexual sino una necesidad enorme de que alguien, por una vez, me abrazara sin pedirme nada a cambio? Mi evasión había generado una bomba de tiempo.

A la terapeuta le planteé varias veces que tengo dos opciones: quedarme en la congregación y morirme de un cáncer, o arriesgarme a vivir a pesar del terror que siento.

Estuve más de treinta años escondida en el único lugar donde nadie podía lastimarme. Toda la vida. Pero no toda mi vida. Todavía me quedan años por vivir, y estoy decidida a hacerlo. No tengo un plan maestro. No sé cómo se hace para empezar de nuevo a esta edad, sin red, sin certezas, sin saber siquiera dónde voy a dormir. Pero sé que no puedo seguir así. Ya no.

Porque una vez que vemos algo, ya no podemos hacer como si no supiéramos. No hay vuelta atrás. Yo comprendí esto con la cabeza, pero sobre todo con el cuerpo, y no puedo hacer como si nada. El costo sería demasiado alto.

Es un salto al vacío y me da pánico. Pero hay cosas que no se resuelven pensando ni analizando otra vez los pros y contras, que es una forma indulgente de procrastinar.

Tampoco se resolverán orando.

Me aterra el afuera: ser pobre, vieja, quedarme sola. Pero más me aterra seguir muriéndome un poco cada día en este lugar que ya no es mi refugio, sino mi tumba.

No sé si la vida me espera con los brazos abiertos. Pero sé que por primera vez, yo sí.

* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli