
La natación en agua fría se ha transformado en un fenómeno que gana adeptos alrededor del mundo. La escena es familiar para muchos entusiastas: el sol apenas asoma, una niebla ligera cubre el lago, y mientras la mayoría permanece lejos de esas aguas gélidas, un pequeño grupo en traje de baño se aventura a sumergirse, incluso cuando el termómetro ronda los 10 grados.
S i bien el primer contacto deja sin aliento, rápidamente el cuerpo responde y, tras unos minutos nadando, la sensación de bienestar se multiplica. Este acto, que puede parecer extremo, reúne cada vez a más personas.
El auge de la natación en aguas frías no es casualidad. En Inglaterra, más de 6,8 millones de personas nadan regularmente al aire libre, ya sea en ríos, lagos o piscinas descubiertas. Quienes la practican con frecuencia relatan mejoras en su ánimo y bienestar general, experiencias que solían ser meramente anecdóticas pero que hoy encuentran respaldo en la investigación científica.
Un estudio reciente de Swim England afirma que la inmersión regular en agua fría puede reducir la fatiga, mejorar la calidad del sueño y atenuar síntomas de depresión.
Asimismo, en un experimento, publicado en National Library of Medicine (NIH), 36 personas que participaron durante cuatro meses en un programa de natación invernal reportaron menos estrés, más vigor, mejor memoria y un estado anímico elevado, en comparación con quienes no nadaron y solo realizaron ejercicio ocasional al aire libre.

La ciencia explora cómo estos beneficios no son efímeros ni imaginarios. Un estudio publicado en Lifestyle Medicine, afirma que incluso una sola inmersión, como permanecer 20 minutos en agua del mar a 13,6 °C, puede disminuir el estado de ánimo negativo y aumentar el vigor y la autoestima.
Según investigadores, estas reacciones se deben en parte a los mecanismos fisiológicos que el agua fría activa en el organismo. El frío extremo desencadena una “respuesta al choque”, una estrategia evolutiva que inunda el cerebro de adrenalina, dopamina y cortisol, incrementando el estado de alerta, la sensación de energía y el umbral de tolerancia al dolor. Esta reacción, similar a la euforia posterior al ejercicio intenso, ayuda a explicar por qué algunos encuentran calma y claridad mental después de nadar en aguas heladas.
El cuerpo, expuesto regularmente a estas temperaturas, aprende a regular su respuesta al estrés. Un estudio demostró que, tras 12 semanas de nado en agua fría tres veces semanales, los participantes liberaban menos cortisol, principal hormona del estrés, que al inicio, reflejando una adaptación beneficiosa.
Disminuir la presencia crónica de estas hormonas se asocia con menores niveles de inflamación y un envejecimiento más lento, lo cual abre el camino a posibles beneficios neuroprotectores y a una mejor gestión de la ansiedad.

Los efectos no son solo químicos o físicos. Superar la incomodidad y el temor inicial al agua fría —que incluso los nadadores experimentados perciben como un reto en los días más crudos— fomenta la sensación de dominio personal y autoeficacia, ingredientes clave para la salud mental.
Además, las interacciones sociales que se dan en torno a la natación al aire libre refuerzan el sentido de comunidad, un factor que las terapias para la depresión suelen buscar. Cuando esta práctica se usa como complemento a medicamentos convencionales, las mejoras en los síntomas depresivos tienden a ser más notorias que con fármacos solos.
Los investigadores están empezando a examinar directamente los efectos de nadar en agua fría en el cerebro. Por ejemplo, Ala Yankouskaya, de la Universidad de Bournemouth en Poole, Reino Unido, y sus colegas escanearon el cerebro de 33 personas que no suelen nadar en agua fría antes y después de un baño de cuerpo entero de 5 minutos en agua a 20 °C. Esta fue la primera vez que los investigadores obtuvieron información en tiempo real sobre cómo interactúan las redes cerebrales tras la exposición al agua fría.

Descubrieron cambios beneficiosos en la conectividad entre varias regiones importantes del cerebro, en particular la corteza prefrontal medial y el lóbulo parietal, áreas asociadas con el control emocional, la atención y toma de decisiones. La actividad en estas áreas suele verse alterada en personas con depresión y ansiedad, lo que podría explicar por qué la natación en agua fría puede actuar como una herramienta terapéutica.
No obstante, no todo son beneficios sin compromiso. Existen riesgos comprobados: la exposición sin preparación puede causar hipotermia, inhalaciones bruscas peligrosas, accidentes cardiovasculares en casos extremos y, rara vez, episodios de amnesia transitoria, más frecuentes en personas mayores. Por ello, las autoridades recomiendan nadar siempre acompañado, usar equipo de seguridad como flotadores y gorros vistosos y conocer bien los procedimientos para prevenir y manejar incidentes.
Un último frente de exploración es el potencial de integrar la exposición al frío con el calor intenso, como el de las saunas, lo que al parecer podría amplificar los beneficios cerebrales al alterar los ritmos de ondas cerebrales. Esta combinación, aunque aún está por estudiarse a fondo, promete ser el próximo paso en la búsqueda de bienestar mental a través de intervenciones naturales.